¿Por dónde nos metemos el presente?

Últimamente, y con esa sensación que tenemos todos de haber vuelto a la casilla de salida con el daño hecho bola, se detectan dos tendencias en relación a este tiempo raro. Por un lado aquellos que sueñan con la lluvia después de la ley seca, ojeadores del tiempo perdido con la agenda hasta arriba de conciertos, cenas y brindis, viajes y polvos pendientes. Son partidarios de la vida en su manifestación más primaveral, de retomar exactamente donde lo dejaron aquel 13 de marzo. Frente a ellos y suscritos a Netflix, Filmin, Spotify Premium y HBO, instalados en la comodidad de su casa-oficina-aula donde reciben clases de yoga online —sí, el espíritu también adquiere las formas del 5G—, un ejército de escépticos convencidos de que la arruga es tan profunda que vivimos veinte años en uno, y por lo tanto el día a día ha cambiado para siempre y para dentro. Ya nada será igual, incluso peor.

Entre ambas facciones, agazapado entre la esperanza y el miedo, nuestro presente. ¿El qué? Sí, el presente o ahora, bajón para la mayoría, conjunto de sucesos y acciones que acontecen en un momento cuya reputación ha caído hasta niveles inimaginables. Pues bien, y aunque parezca un cliché de gurú envuelto en aromas de incienso, es nuestra única certeza, sobre todo porque implica posibilidad. Y así, una minoría consigue amarrarlo, olvidarse del peso y la carga de las palabras, aunque sea un rato, y en ese rato no hay deseos, ni noticias, ni expectativas, tan sólo la vida en su manifestación más íntima.

Y sabemos que poco más está en nuestras manos, quizás soltar lastre, abandonar las cábalas y dejar de lanzar al espacio preguntas del tipo ¿dónde estás?, ¿qué día es?, ¿qué será de mí?, porque lo único que conseguimos es convertirlo en ruina, y ya viene arruinado de serie. Lo sé, una cosa es decirlo y otra hacerlo, sin embargo, al recuperar el presente apuntalamos el futuro, y también el pasado. Vivir aquí y ahora nunca fue tan duro, por eso merece la pena fracasar en el intento… y comerse un enorme helado de chocolate.

Ilustración: http://www.jeanjullien.com

Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price

En la piel de un ‘hater’

Voy a intentarlo. Levanto la voz hasta convertirla en metralla, elimino cualquier tipo de reflexión e impongo una mezcla de incertidumbre, falta de melanina y sobreexposición mediática —si es Twitter, mejor—. Por supuesto, cada dos palabras tres insultos. Aquí lo importante es instalarse más allá de la crítica, en un punto intermedio entre una nube de azufre y la maldad crónica; bloquear cualquier iniciativa; inyectar veneno; poner palos en una rueda moribunda; reivindicar el ser como forma máxima de indignación permanente. Tomo aire.

La culpa de todo es de este gobierno incompetente. ¡Sánchez hijo de puta! Primero nos encierran en casa. ¿Dónde están los test? ¡Después nos dicen que podemos salir por fases! Mentirosos compulsivos. El día del subnormal… ¡y sale a la calle acompañado de su mujer! ¿Illa Ministro de Sanidad?… ¡asesino! Qué asco dan. Mientras que Francia y Alemania dan respuestas a esta crisis, el gobierno de España nos lleva a la ruina. Fernando Simón tiene que dimitir y depilarse las cejas. Sánchez nos impone su nueva realidad. Lo sabían desde hace meses y no hicieron nada. Los recortes en Sanidad son un mito. Inútiles.

Pues bien; después de escupir todos estos exabruptos recopilados en Facebook y la prensa tengo que reconocer que me ha subido la temperatura corporal y mi corazón ha adquirido la forma de una granada de mano. Resulta que verbalizar el odio y la impotencia —sin olvidar que se han hecho mal muchas cosas muchas veces— solo demuestra un profundo complejo de inferioridad. Se hace más tendiendo la mano. Mucho más… ¡Comunistas!