Las despedidas

Hay algo de muerte en cada despedida. Uno se queda entre las flores, el otro ve cómo se alejan. Entre los dos, el recuerdo, un anhelo de volver a verse. Las palabras sirven de poco, de ahí que las manos imiten a las pajaritas de papel, que digan adiós por cortesía, que los ojos miren una última vez sin ganas. En cuanto al cuerpo, es el que recibe el peor golpe. Porque el cuerpo siente, pero no escucha, echa de menos la piel sobre los huesos, adopta la forma de un calor que fue extraño y ahora es casa. Adiós, palabra corta, palabra tan difícil de decir en alto.

Nadie nos enseña a despedirnos. Será porque ninguna despedida es definitiva mientras haya un poco de horizonte allá a lo lejos. De cerca, la vida va pasando. Puedes verla en la estación de Atocha, en esos aeropuertos tan modernos, bajo el dintel de una puerta que se cierra. Entonces, los amantes sienten el único silencio que da miedo. Shhh, el mundo calla. Luego cada uno sigue con sus cosas. Frente al espejo se derramará una lágrima. Las hojas amortiguan el sonido de los pasos.

Nunca añoramos a otra persona, nos empeñamos en recuperar la ausencia de lo vivido con ella. Es muy extraña la memoria del ventrículo, aún más la de las fotografías que nunca se tomaron, de la pena rellena de agradecimiento. Si hay despedida tuvo que haber amor, puede que algo más grande, que existe porque prescinde de palabras. Algunos salen de nuestra vida y, sin embargo, permanecen, cerca, al otro lado. Solamente así se entiende que nos dejen ir. Solamente.

Ilustración: Guy Billout

El llanto

Hay en cada llanto un grito. También una forma de trascender palabras, personas. Mientras la risa nos eleva, su antónimo (en principio) nos reafirma de una forma rara, como si lágrimas, oxígeno y vida fueran una misma cosa. Es más, puede que sea más beneficioso porque ahorra agujetas en el vientre. Nada que ver con la debilidad, todo lo contrario. Llorar implica concretar las fuerzas en la boca, regresar a uno mismo en su forma neonata, igual que la luz se crea tras la lluvia. Nada de llorar para mamar. Llorar para seguir riendo, llorar porque sucedió. «Llorarse» de uno mismo, ese placer tan poco reivindicado.

Mucho se ha escrito de la risa, casi nada de su pariente más cercano. Parece venir envuelto en la vergüenza: «si vas a lamentarte que sea a solas». De pronto, el corazón se mueve hasta los ojos que laten, que recuerdan al océano. Tras esa marejada, llega una calma a medias, la sensación de que todo ha sido un sueño. Toca levantarse, limpiarse la nariz por dentro y a otra cosa. Cierto, al llorar algo se deja atrás, también un poco de uno ya muerto.

Sorprende ver a gente llorar por la calle, casi tanto como ver hacer pis a un tonto en un portal. Reivindiquemos el lema de Lorca, aquel de llorar porque nos da la gana, como el que bebe agua o suda. Plañir como síntoma de salud. Después dormir. Hay que aprender a hacerlo no por los que ya no están, sino por los que estando se marcharon a otra parte. Llorar, precisamente porque el llanto, como las montañas, está aquí por algo y es nuestro.

Ilustración: Guy Billout

Hoy me dejó las llaves en la mesa

Hoy me dejó las llaves en la mesa… acompañadas de una nota. La nota decía cosas que no vienen a cuento, que me queda el arte y mucha vida. También a ella, a los dos por separado. Me quedé mirándolas de pie, la nota y las llaves, las llaves a un lado del margen, su firma al final de la misiva. La luz entraba en diagonal por la ventana, convertía la cocina en otro sueño, el mismo que vivimos juntos, el mismo que hoy ha terminado. Entonces lloré sobre la mesa, un llanto hueco, como de bestia que mira las estrellas. Es cierto, soñé un mundo con los ojos abiertos estando ella cerca. Y el mundo continuará girando dentro de sus párpados.

No fui capaz de colocar las llaves en su sitio, el llavero de pared junto a la puerta. Ahí están otros juegos viejos, incluso de otras llaves que abrían otras puertas. No fui capaz. Abrí un cajón que contenía un sobre. Dentro del sobre coloqué las llaves, todas menos la del buzón que necesito. Faltaba algo. Añadí la nota firmada con su letra buena, un nombre en cursivas claro. Cerré el sobre con saliva. Cerré el cajón mirando hacia otro lado. Regresé a la cocina. Volví a llorar sobre la mesa ya vacía.

He dejado pasar el rato, vagado por la casa en calzoncillos siguiendo el rastro de su pelo, el mío. Las despedidas son así, raras, tristes. He prometido guardar las llaves de recuerdo, darles otro uso, quizás fundirlas y enterrarlas donde mi padre está enterrado, que es una urna guardada en un cajón de pino. La ausencia abre ventanas, cierra otras cerca del ventrículo, cicatriza. Ahora tengo menos miedo de lo próximo, ahora quiero reír estando vivo. Tengo la llave.

Ilustración: Guy Billout