Pide que el camino sea largo

Precisamente ahora, con la velocidad del afán diario, lejos del ritmo de las plantas, ha llegado el momento de pedir que el camino sea largo. Sea el que sea. Nada de nacer, perder un diente y besar al santo muerto. Más bien todo lo contrario. Acumular paciencia frente a éxito, alumbrar la noche con farolillos de papel, mirar el campo sabiendo que lo previsto casi nunca llega. Entonces el verde de la cebada domina el primer plano, el amarillo da sombra y, al fondo, más allá del horizonte, un cielo del color que quieras. La calma tiene esas cosas, convierte el futuro en muchos nombres.

Por supuesto, nada de lo anterior sería posible sin haberlo comprobado en las arrugas de los amigos, viejos. Error, verano, error de nuevo, cuatro estaciones que son una muy larga. Lo inevitable manda, de ahí que conquistar el mundo se parezca más a tomar la fortaleza de uno mismo… a poder ser sin cocodrilos en el foso. Sí, todos esperamos algo, claro, sin embargo, conseguirlo antes que nadie o a deshoras conlleva ciertas dosis de decepción, algo parecido a entonar el cumpleaños feliz en un entierro.

De ahí la necesidad de ir despacio o muy despacio, incluso frenar cuando el resto aprieta a fondo. En esa intersección es fácil comprobar que el movimiento poco tiene que ver con el progreso, que correr deprisa sirve para cansarse y perder el agua que cargan nuestras manos. Estar en el momento y lugar adecuados imita el ir tirando, ver envejecer el mundo ahí a lo lejos, perseverar en la espera y agradecer sin retroceder ni adelantar. Que sea largo. Así verás flores llover y nunca será tarde. Nunca.

Ilustración: Guy Billout

Recuperar la vida

Nos insisten con eso de vivir el y en el presente, plegaria de superación que conocemos de oídas. Bueno, quizás los niños la recitan cuando les sangran las rodillas o asisten al vuelo de un pájaro mudo, ese policía que dirige el tráfico. Sin embargo, descontado el tiempo en los años y el dolor de un cuerpo en continuo movimiento, terminamos olvidándolo. Es así, el presente no le pertenece a nadie. Hay una luz al levantarnos que nos lo emborrona, se hace un caldo de huesos e ilusiones, nos empuja al nicho de las postales y los sueños de futuro para cursis y privilegiados. Maldita y necesaria esperanza. Y uno insiste, aunque sea en otros.

Envejecer es hacer ruido, y es precisamente el ruido el que desvela la memoria del presente, silencio, shhh. Sí, aquí y ahora y como nunca. No lo vi(vi)mos. Estuvimos a otras cosas, las nuestras, mintiendo, siendo otros dentro de uno, durmiendo de lado, escuchando a Phoebe Bridgers y odiándola por genio, pintando la casa de sol. Parece que tuviera que ocurrir una desgracia, una pérdida seguida de otra, más pelos sobre la almohada, para levantar la cabeza. Recordatorio de la nevera: «Todo es presencia». Cierra bien, haz el favor.

En esa ausencia de lo que nos ocurre mientras respiramos, se retoma. El mundo no ha cambiado tanto desde que nos conformamos con pasar de largo. El presente, ¿qué?, tiene que existir a pesar de nuestro desinterés por la realidad y sus cosas. Soy, estoy en el comienzo del verano, miro las noches por detrás de la cortina, templadas, velos desprovistos de palabras, todo enigma, un antes y un después sin brillo, el de mis ojos. Estoy, no he vuelto, vivo.

Ilustración: Guy Billout