La vida son 120.000 euros

El dinero cuenta porque compra cosas, bebés, tiempo. Mientras, la Semana Santa discurre a la espera de la muerte y la resurrección de un hombre al que nadie conoció, como tampoco conocemos a las mujeres que alquilan su vientre por dinero. Entiendo que esas mujeres apartan la mirada de su hijo al dar a luz, que lo entregan a la matrona mirando hacia su cuenta. Hay que ganarse la vida, aunque sea dándosela a alguien que puede permitírsela. Dicen que Jesús lo hizo por amor. Las mujeres replican ese gesto por necesidad. Gracias a los euros se puede tener un hijo y no ser madre.

Mientras tanto, todo el mundo opina. Los feligreses siguen los pasos conmovidos. Ellos se sienten hijos de un padre de madera allí en lo alto, de una madre virgen, obras todos ellos de un espíritu que no puede ser santo. Los hombres se encargan de que así sea al comerciar con material humano. Y la Dolorosa se paga con billetes, sale un miércoles en portada. El mundo llora, un mundo de negro con peinetas. Los bebes siguen mamando.

Cuando sea niño querré tener una madre. Esa madre puede vivir lejos, en el cielo o en la tierra, puede trabajar limpiando suelos. Las madres lo son por el hecho de ser dignas, por querer a sus hijos más allá de la muerte. La vida es eso que no sabes que pasa y se gesta en nueve meses. Luego, la semana vaciará las calles y lloverá para que no queden rastros de sangre. Resulta que una vida cuesta 120.000 euros que solamente los ricos pueden permitirse. No bajarán los ángeles a enjuagar sus lágrimas. No bajarán.

Ilustración: http://www.joancornella.net

Sobre el secreto de la felicidad

Resulta que, a veces, las intuiciones más primarias, aquellas que forman parte indivisible de nuestra existencia, deben de ser clasificadas científicamente para ser tenidas en cuenta, si no por la mayoría, al menos por el grueso de los vivos. Y a eso se han dedicado unos «hippies» en la Universidad de Harvard durante los últimos setenta y cinco años. El experimento en cuestión, denominado «Estudio sobre el desarrollo adulto» y financiado mediante recursos privados, pretende determinar qué es lo que nos mantiene en forma y contentos a lo largo de toda una vida… y resulta que, ¡sorpresa!, no es ni el dinero ni la fama.

En 1944 y con este fin se crearon dos grupos —a día de hoy son sus nietos quienes lo perpetúan— que, a la larga, mostraron comportamientos sociales antagónicos. Uno, el más longevo, se caracterizó por mantener estrechos lazos con sus familiares, conservar a los mismos colegas crápulas de siempre y ser capaces de dormir siete horas del tirón, con los beneficios para la salud que implica beber y descansar en paz con uno mismo; el otro, propenso a la soledad y las relaciones abruptas, comenzó a flaquear a los cincuenta, ignorando que la interacción social, el amor y la confianza guardan, en definitiva, el secreto de la felicidad.

¿Por qué en 2019 seguimos empeñados en negar esta evidencia? Pues porque somos mortales y deseamos algo rápido e indoloro, un tiro que sane nuestros males al instante, justo lo contrario de la oferta de las relaciones, sinónimo de picar piedra, idas y movidas, abono y riego… el antiglamour, vamos. Cambiemos focos por paseos bajo la luna, Casios por citas de noche, batidos de comino por cerveza, correos por morreos. No hay tiempo que perder; no lo hay, de verdad que no, y menos para ser famosos o millonarios.

Tranquilo, por fin es viernes

Es inevitable ser español, español, español y no sentir cada mañana un ladrido entre las tripas, mezcla de desgarro y grito que te obliga a desdoblarte —cuando consigues echar a andar— en direcciones contrarias. Por un lado, vivir más fácilmente con ojos cerrados, entre campos de cerezas y dosis de 80 miligramos de inopia, quizás cerca del mar. Por el otro, hacer caso a tu instinto más primitivo y participar en la pelea.

Entre insultos, provocaciones y un intenso olor a podrido serás consciente de que todo se ha complicado, y el dinero ya no es un pedazo de papel, sino que hay depósitos CIALP y ventas al descubierto, un hombre calvo que ha ahorrado 112.000 millones de dólares y más de 2000 «héroes» apilando billones invisibles en el banco, gráficos Heikin Ashi, algoritmos y petabytes, métricas de vanidad, RSS, conciertos inolvidables en la memoria eufórica de Zahara y Nacho Cano, desfiles, procesiones, protestas pacíficas convertidas en atentados contra la democracia, sueños y pelotas de goma.

Mientras tanto, un general marchito y enterrado sobrevuela el cielo de Madrid al tiempo que Coque Malla canta aquello de «calles que susurran libertad», y te das cuenta que fue una gilipollez hacerte un selfie por el simple hecho de dar de comer a tus seguidores de Instagram, o que Vox desviara las subvenciones municipales que reciben sus grupos a cuentas del partido controladas por Ortega Smith, o la inminente crisis, la misma de siempre pero peor todavía, o la cicatriz de Joaquin Phoenix… Tranquilo; respira. Porque ahora España está en guerra consigo misma y América es el rehén de nuestras frases, y todos contra el mundo y los más listos creen que en Marte está la solución, en Marte… precisamente el dios de la guerra. Tranquilo, nada de eso importa porque por fin es viernes.