Y tú, ¿de qué etapa eres?

Todo nace al salir del vientre de la madre. Aquella habitación de hospital, las visitas y las flores, el primer traslado en coche a casa, la infancia. De un golpe, los granos y el espejo, el ansia por conocer provincia y mundo, las primeras noches con amigos, las resacas, la imposición de decidir qué es lo que queremos hacer sin tener ni puta idea de quiénes somos. Erasmus, condones, títulos y orlas, la búsqueda de un trabajo, cierta sensación de agobio, una pareja. Quizás niños, canas, algunos miles de euros en la cuenta y la maldición del tiempo perdido. Adultos. ¿Qué queda? Nada más que dejar de reaccionar ante la aparente falta de novedades. Surgen las etapas: ¿Pilates? ¿Bicicleta y traje de ciclista? ¿Crossfit? ¿Cerámica? ¿Pádel? Aquí no se libra ni Dios.

Nunca pensamos que podría sucedernos a nosotros. Observábamos a madre desde el otro lado. Se ponía un chándal y se iba a yoga, regresaba a casa y mojaba el pincel en la acuarela. Padre replicaba la inacción con cientos de kilómetros campo a través en una bicicleta, ¡las rodillas, Javi, las rodillas! Nosotros no caeríamos en esa trampa, encontraríamos la forma de vivir sin perder fuelle. No fue así. Hace meses me uní a un grupo de pádel. Fui solo un día porque disfruté mucho con hombres desesperados por llenar el tiempo con algo novedoso. Pero hay tantas cosas viejas que desconocemos…

Estas etapas absurdas incluyen microdosis y volar drones desde el jardín, limpiar con vinagre, pedir torreznos contra el ayuno intermitente, bordado y diseño de bisutería, quizás pasar por todas a la vez e incluir la lectura del Tarot, la producción de licor casero y un interés desmedido por el sexo sin penetración o directamente eliminarlo porque cansa. En definitiva, quemar etapas suple la falta de colágeno y convierte el envejecimiento en una consecuencia de ver el mundo desde lejos, de creer que podemos conocernos mejor con una sucesión de actividades programadas. Así dejamos de sufrir por el pasado, así nos reímos del miedo.

Ilustración: Alex Colville

¿Quién coño es Íñigo Quintero?

«Mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir», decía aquel espadachín con bigote y ganas de vengarse. Pues bien, los tiempos siguen matando, las princesas pasan por la academia militar y las canciones —120.000 al día— resultan cada vez más intrascendentes, no porque sean malas, sino porque no nos da la vida. Si antes formaban parte de la banda sonora de los cursis, ahora ocupan dos o tres segundos, se hacen líquidas en la pantalla y a otra cosa. Menos mal que, de vez en cuando, aparecen músicos capaces de revertir la tendencia y crean la suya a base de algoritmos y euros. Se llama Íñigo Quintero, escribe canciones mediocres y lo peta con una particularidad: nadie sabe quién coño es. Y eso es la hostia.

Dogma de la modernidad: el famoso debe mostrar todas las facetas de su vida. Así, eliminando el misterio, humanizándose, obtiene una audiencia que ve en la música la excusa perfecta para conocer a gente y formar parte de algo más grande, más informe, menos raro. Para encontrarse a sí mismas, las audiencias necesitan referentes que se desnuden, que digan lo que comen, que a ratos están mal, que van de compras, que pasan de maquillaje, gordos, naturales, guardianes entre el centeno mecido por la fama. Al final, el artista es su audiencia (a la que no soporta, pero a la que necesita) y la audiencia quiere hasta los repertorios. En otras palabras, solo cuenta lo que el artista muestra; adiós a lo que el artista hace o calla. En cuanto a las canciones, ¿lo qué?

Íñigo Quintero se viste con sudaderas con capucha, pasa de hacer entrevistas y podría ser un candidato ideal para el equipo de esgrima. Está en todas las listas y los números, arrasa a Bad Bunny y toca el piano con dos dedos. El talento lo reparte Dios y la fama es una cosa fieramente humana. Con las canciones debería ser suficiente, sobre todos si están bien escritas, y en eso está este chico. Yo escuché el hit, lloré un poco y luego me entraron ganas de matar. Es bonito hablar de música. Lo triste es aceptar que las canciones son mudas. Y odio cuando estoy lleno de este veneno. Y oigo truenos si no estás.

Ilustración: David Shrigley

Los hijos

Los hijos lo cambian todo. Lo veo en mis amigos, en su forma de moverse más cansada. Los hijos les trajeron una razón para estar vivos. En cambio, los que no tenemos hijos tenemos a los muertos. Me gusta ver a gente con hijos porque parecen otros, como si ser padre, madre o ambos fuera la única razón para levantarse por la noche, probar purés, limpiar cacas ajenas, dar paseos por el parque y volver a la rutina de ser padres. Los hijos detuvieron un tiempo que se acaba pronto, que pasó deprisa, cucharada a cucharada. Qué extraño ese cambio visto desde fuera, qué fuera estamos de ese mundo los que no tenemos hijos.

Luego, los hijos, buenos o malos, acaban odiando a padres malos, buenos, simplemente padres, que hicieron lo que no sabían hacer como pudieron. Los padres miran a sus hijos de la misma forma, también a los hijos de puta, pueden perdonarles cualquier cosa menos su muerte. Los hijos, en cambio, toman partido por la madre o por el padre, eligen bandos que, en realidad son uno. Tan parecidos, tan iguales. La madre da a luz una luz extraña porque calienta dentro. El hijo enterrará a la madre, al padre, y hará frío. Brazos de ternura, tiempo, amor supremo, los hijos son los padres, los padres son los hijos que no duermen.

Una vez me vi tener un hijo. Caminaba conmigo de la mano en una calle en cuesta. Al fondo, las copas de los árboles y el viento. Ese sueño fue el pensamiento de un hombre que es hijo, que tiene amigos padres y un padre que murió incumpliendo la promesa de no hacerlo. A madre la miro y veo a una mujer con hijos que no tuvieron hijos. Regreso. La madre, el padre, los padres hablan del futuro del niño, cuidan de un presente pasado en los vídeos y las fotos. El niño llora, ríe, llora, mejora los días de unos padres hartos de ser agradecidos padres. Los miro y me pregunto qué ha pasado. Solo espero que sus hijos perdonen a los padres como yo lo hago, como si todo fuera un sueño dentro de mis párpados.

Ilustración: Toku Bannai

España no es Madriz

Parecía inevitable. Los monstruos estaban al otro lado de la puerta, querían destruir las sospechas de progreso, aferrarse a un mundo extinto. Pero España no es Madriz, tampoco una fiesta. Aquí nadie gana. En todo caso, dejamos de perder un rato. Las victorias y las derrotas son rayos de la misma sombra. Ahora llegarán las acusaciones de fraude, que si el tren Valencia-Madrid, que qué asco de país. Mientras, olvidaremos que apostamos todo al rojo con la nariz tapada, conscientes de que la democracia consiste en esperar cada cuatro años y hacerlo en contra. Mañana, peor. Hoy nos conformamos con que no pasaron.

Madrid es de derechas. Al escribirlo no sé muy bien qué significa. Se supone que aquí todo el mundo es bienvenido, que uno se hace de Madrid por las ganas y sin nacer en hospitales públicos desmantelados. Están locos estos madrileños. Menos mal que catalalanes, vascos y gallegos compensan sus infulas de independencia. Quizás España sea cada vez más Europa y por fin se premie el mérito. Quizás lo de ayer fue solo un sueño. Una cosa: a los españoles no les gustan los fascistas. Mejor los cerdos.

Los que ayer pasaron de votar se equivocaron. Nunca vivirán en un país ni grande ni libre si prefieren dejar en manos de otros su destino. Madrid, entretanto, seguirá siendo una capital de provincias y España el país que nos merecemos, aunque nadie se merezca el perfil derecho de su peor cara. Los monstruos tienen el poder de ser eternos y seguirán acechando en playas y despachos. Nos queda esa sensación de garra suave, nos queda la sensación de la esperanza.

ilustración : Guy Billout

No eres clase media

El emperador desfilaba en cuadriga por las calles de Roma. No había nubes en el cielo. El populacho le recibía con gritos y desmayos. El emperador sudaba acompañado de su esclavo. El populacho tenía hambre, pero ver al emperador se la quitaba. El esclavo aceleraba el paso, se acercaba por la espalda de su amo. Entre el estruendo, le susurraba al oído: «Recuerda que eres un hombre». Más tarde, el esclavo terminaba siendo pasto para los leones. Pues bien, de cara a este domingo es importante repetirlo: «No eres clase media». Y poco tienen que ver las sartenes en todo esto.

Porque la clase media ha dejado de existir, ya no interesa. Esto va de Suiza, de la tecnología y la gula, y los curritos interfieren en los planes de unos pocos. ¿A cuánta gente conoces con ahorros? Unos miles de euros en la cuenta no es ahorrar. Hay mucha gente con salarios fijos incapaz de dormir por la noche. Adiós a las vacaciones si se rompe la lavadora, a rivederci a la confianza en el futuro, hola a que las cosas vayan a peor. Sin embargo, cada vez hay más que creen ser clase media. Esos que lo creen votan a derechas, precisamente el león que se comía a nuestro esclavo.

La clase media trajo paz social, un vínculo en una sociedad de polos. A un lado, el bien, al otro, el dinero; entre medias, trabajadores con vacaciones en agosto y unos días para ver nevar, un huerto, hijos con estudios y el cielo como límite. Sin la clase media la temperatura sube, el conflicto pudre, el maltrato se hace crónico. El emperador quiere más esclavos, más leones y una cuadriga con más caballos negros. Votar a derechas implica optar por un modelo de cuatro o cinco frente al mundo y su retrete. Este domingo recuerda que no eres clase media, aunque alguna vez lo fueras. Tu voto es el susurro del esclavo. Y a veces, el emperador tiene miedo del pueblo.

Ilustración: Molly Bounds

Y Brad Pitt ganó Wimbledon

Es absolutamente irrelevante que Carlos Alcaraz ganara Wimbledon ayer con veinte años. La culpa es de Brad Pitt, el único terrícola capaz de burlar a la muerte dentro y fuera de una pista de tenis. Ahí estaba él con su pelo de adolescente, con su ropa de adolescente, con sus gafas de aviador adolescente, comiendo patatas fritas como forma de belleza eterna. Porque Brad representa la belleza antes y después de la belleza, una criatura a cinco años de jubilarse eclipsando cualquier épica, y más la de un chaval que da raquetazos a una bola que envejece más deprisa que nuestro creador de humedad universal.

La cuestión no es dilucidar si Brad se ha operado. Aquí de lo que se trata es de saber si los espectadores, en el caso de operarse, tendrían ese aspecto, un halo que atormenta al rubio americano y hace felices a los que suspiran. Y la bola iba y venía y los cuellos dejaron de moverse y Brad nos recordaba congelado que el embarazo es posible en cualquier género, que si uno con cuarenta años aparenta ser su padre, ¿qué nos deparará el futuro?

Las estrellas están compuestas de hidrógeno (71%) , helio (27%) y un pequeño porcentaje de elementos como el hierro y el cromo. Se olvidaron de incluir una genética que convierte a la humanidad en recogepelotas. Yo pagaría miles de euros por recolectar las migas de sus pies, por ser fecundado por una criatura capaz de burlar la decrepitud y convertirla en un deporte estático. Observad la fotografía. No os mordáis el labio. Inspirad y entended que el tiempo no es la cosa más valiosa. Lo más valioso es tener a Brad en nuestro tiempo, el único ganador de ese punto, de este set, de este partido. Brad, please, llévame pronto contigo.

Calor

Todas las cosas buenas vienen del calor. El frío sirve para vestir bien y no sentir las manos. Al calor hay que recibirlo contra el pecho, con las ganas de matar intactas, con la certeza de que las noches sirven para estar despiertos. Así los humanos imitan a las bestias, permanecen a la sombra la mayor parte del día. Será el miedo frente a lo invisible, ese rayo de sol que sirve para cocinar huevos, salchichas. Nada puede detenerlo. El calor asciende desde el cielo, transforma la ropa en algo redundante. Hay sudor, marcas de agua en esa página que son los cuerpos. Si de algo hay que morir que sea de calor, de fuego y la promesa de un mar que gana espacio a un azul triste sin nubes.

Todo el mundo habla mal del calor, pero todos lo desean en silencio. Las glaciaciones extinguieron a los dinosaurios. El calor acabará con este mundo. Si hay Dios tendrá que ser verano. La nieve también arde un 12 de julio. Lo saben los pocos valientes que caminan por la acera, también los pájaros. El calor enciende nuestros sueños, los hace arder en mil pedazos. El calor es sexo, ganas de no hacer nada excepto hacerlo. Calor, camina conmigo. Calor, quédate a dormir despierto.

Este calor permite pensar mal, hacerlo como si todo dependiera de una ráfaga de aire. Pronto llegarán las tormentas de arena y polvo. Con ellas podremos darle forma a una estación incomprendida. Nada mejor que venerar el verano en la ciudad, lejos de las piscinas y los montes. Apaguemos el ventilador, encendamos una hoguera con los ojos y observemos el mundo arder al fondo. Seamos herejes esta noche, ardamos. Pero ardamos juntos, tan juntos que no quepa nada más que lumbre.

Ilustración: Jones The Painter

Estoy agotada

«Estoy agotada». Esta frase es el mantra de los viernes. También se escucha «no me da la vida». Distintas formas de quejarse para un mismo fenómeno. Y es que ahora se trabaja para trabajar más, autoexplotados o en régimen de esclavitud con sueldo y canas. Estamos por todas partes: consumidores, emperdedores y reproductores porque toca, todos a la búsqueda de una tranquilidad perdida por aquello de mejorar, mejorar y mejorar. Pero ¿qué se mejora? Queda claro que de piel y pelo mal y que nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto en vida. Algo no funciona cuando cargamos el peso del mundo sobre los hombros y el mundo gira y gira… a peor.

Quizás todo se trate de una estrategia para escapar de la felicidad. ¡Que levante la mano el que quiera ser feliz! Mientras, observamos la distancia creciente entre cómo deberían ser las cosas y cómo son en realidad. Y corremos y la vida se aleja por cansancio y aparecen nuevos desafíos y saltos en paracaídas. Nadie quiere cosas simples porque cansan. Llega la duda. Un abrazo, un café doble, una playa sin italianos cerca, otro abrazo, vacaciones en Roma, el sueño de la lotería o todo junto. Dios, qué agotamiento.

Este cansancio es más el grito de una decepción. Porque el que está cansado de verdad descansa, igual que el hambriento come cuando tiene hambre o el ciego dispara a las estrellas para apagar la luz. Pocas cosas quedan de aquello que esperábamos y, sin embargo, seguimos esperando algo distinto. Desencanto contra verdad, inercia contra un cambio al alcance de casi todos, grandes gestos contra la belleza de lo invisible. Es cierto, «la vida es una larga preparación para algo que nunca ocurre». Y a veces, sólo a veces, se nos ocurre vivirla plenamente.

Ilustración: Guy Billout

Amor sin San Valentín

Amar a veces cuesta. Nada tiene que ver con la otredad, sino con anticiparse a uno mismo, o sea, reconocerse en los márgenes de uñas y alma. Sin ese trabalenguas de anatomía previo, la experiencia de amar queda diluida en el querer, forma algo más pobre de conexión, libertad y respeto aplicable a la familia, los perros y las hortensias. La cosa es que amar nunca duele, por mucho que se empeñara el éxtasis de Santa Teresa, aunque alcanzar un grado medio de comprensión de lo que somos implica una vida entera, y a veces tampoco da. ¿Entonces cómo se sabe que amamos? Porque se hace saltándonos la ausencia, prescindiendo del tiempo y el plano.

Entonces llegan los humanos y comienzan los problemas. De repente, una palabra que contiene todas las acepciones del sentir se desmenuza como el pan del día: cariño, amor en público, amor hacia Dios o Billy Wilder, otro de cuchillo y sangre que nada tiene que ver con amar, el enamoramiento de los adolescentes y el amor que obvia la infidelidad. Sólo amamos de verdad cuando la imperfección mancha los labios del uno y el uno se mancha en el otro. Entonces dos o más miran un punto cardinal. Amanece.

El amor prescinde de declaraciones y San Valentín. Solamente necesita de cuidados y una pequeña dosis de humillación personal si preferimos amar sin estar solos. El que bien te quiere, es decir, te ama, nunca te hará llorar y si lo hace será sin querer. Y es que amar es el milagro que sucede cuando dejamos que el otro sea sin nosotros, sin finalidad ni destino. Quizás compartir una ventana, mi ventana, su ventana, una con vistas al mar. Más allá de las mareas, sabrás que amas a alguien cuando en silencio podréis contaros lo vivido y lo que está por vivir. El amor, ese misterio, el nuestro y sea cual sea la persona. Amen, amad, amaos.

Ilustración: https://robbailey.studio/

De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa