De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

D10S se va y la COVID-19 desaparece un rato

El fútbol es maravilloso. Y lo dice alguien al que no le gusta. Pero nada. De hecho, lo único que hago, y muy de vez en cuando, es mirar por encima vídeos en Youtube con las mejores jugadas de esos supuestos mejores jugadores del único deporte equiparable al sexo cuando es sucio, la droga sin corte y el poder envuelto en TNT. Y digo supuestos porque en el fútbol no hay certezas ni unanimidad. Ni siquiera en torno a Messi, el chico de los ojos pequeñitos pequeñitos gestado en el interior de un balón-placenta y que, con su marcha, desata un huracán mediático que arrasa con los tiroteos en Wisconsin, los incendios y la vuelta al cole. Al menos lo que dure la incertidumbre relativa a su nuevo destino y el del resto mundo.

Es de agradecer que durante unas horas los culés aúllen, el ministro de Cultura salga de la madriguera y ponga un tweet, casi todos menten a la madre de Bartomeu, Ramos destense los abdominales y la mayoría considere que este 2020 es aciago no por razones más que evidentes, sino porque La Pulga, D10S, El Messias —los tres son la misma persona reconvertida en Espíritu Santo— ha decidido cambiar de máscara. Así los genios crean la tierra y el cielo y todas las cosas que hay entre medias, y al séptimo día se van con la duda de haber podido hacerlo mejor en Italia o Inglaterra.

En todo caso, yo estoy encantado con este planeta fútbol libre de contagios e impermeable a la muerte. Gracias a su burbuja, Messi pudo recoger el relevo de la mano de Dios, convirtió las patadas en ajedrez de once, y antes de ayer, tras varios años de decepciones y tatuajes feísimos, detuvo el aliento de millones de aficionados con problemas para respirar. Qué curioso, el Barcelona pierde a Lionel Andrés, el único con capacidad de hacernos ganar al resto sin sudor. Cuando se canse deberían retirar el número 10 de todos los equipos de todos los deportes, justo al lado del 23.

Ilustración: Les Lee

Michael Jordan por los aires

Desde hace mes y medio no existe otro tema de conversación, o si existe termina estampado contra la troposfera, aquí abajo, en una realidad enmascarada a puerta cerrada. Sin embargo, hace dos días —por obra y suscripción de Netflix— volví a reencontrarme con el 23… veintitrés años después. Fue fascinante comprobar que sigue dominando la gravedad como nadie, marcando 63 puntos contra Larry Bird —el pájaro era otro, blanquito—, infrautilizando muñequeras en un aire que es placenta y que yo, el segoviano rubio que quería ser negro, no era más yo, sino un manojo de nervios ante la electricidad del baloncesto imitando al arte, al deporte asistiendo a la vida.

La verdad es que el Michael Jordan hombre es tal y como te lo esperas. Su escletórica ha enrojecido un par de tonos, se le nota algo botijo, bebe bourbon en ‘old fashioned’ y fuma Montecristos, y mantiene esa mirada del competidor que trabaja más duro que nadie para aspirar a todo y, a pesar de todo (bis), cree que podría haber hecho más (x2), ganar más (x3) partidos, saltar más (x4) y mejor, brindar más (x5) con Scottie, convertir durante más (x6) tiempo Chicago en el epicentro de un mundo con el aspecto de un balón Spalding. ¡Y cómo le queda la boina, por favor!

Sí, es un privilegio ver al mejor de todos los tiempos dando sentido a cuatro cuartos de quince minutos, pero lo que no tiene precio es escucharle repetir como un mantra aquello de «el talento gana partidos, el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos». Volviendo a la tierra; si queremos seguir bailando no nos vendría mal ponerlo en práctica. Palabra de Dios (aka Michael Jordan).