Y, de repente, un día, deja de doler

Hay algo inevitable en el dolor. Tarde o temprano nos elige, convierte al huésped y sus sueños en rehenes. Va de la cabeza al estómago, de las persianas a las noches largas. Respirar tiene más mérito cuando el pasado confluye por error en este instante, un pasado que será mañana. Imposible librarse de su aliento. Dolor sinónimo de duelo: la pérdida del otro, la muerte de una parte de uno que se pudre sola. Todas las circunstancias son distintas; todos los dolores se parecen, dejan rastro, amputan partes invisibles imposibles de recuperar. También alumbran maneras de seguir viviendo, de vivir en el buen sentido del daño.

Hay mañanas en las que es imposible levantarse. Las contantes vitales, intactas. Dentro, solo hay muerte. ¿Cómo pensar en un mundo de peces de colores y cielo si todo lo que existe nos recuerda a un páramo? La realidad fue cosa de pares, con sus paseos de ciudad y sus costumbres de pueblo, con la certidumbre de que la ausencia no cabe en un abrazo. El dolor contagia a las cosas más hermosas, les devuelve su consistencia de niños con hambre, de cristal, de insomnio. Sin embargo, nadie quiere renunciar al placer para evitar el dolor. Por las heridas se cuela la luz, por el grito podemos encontrar una salida al laberinto.

Poco a poco. El dolor mengua. Por fin somos capaces de reconocer el dolor en los amigos. Tiene el dolor algo de venda, de ahí que el primer lugar de donde desaparece sea la mirada. El dolor se diluye entre dos lágrimas y un vino. Entonces, sucede algo muy extraño: dejamos de pensarlo, nos da tregua. Regresa el sentido del gusto, también las ganas de hacer cosas y conocer a gente un rato. Recaemos. La llaga palpita los días de sol y de tormenta. Al atravesar el umbral del dolor tenemos acceso a otros vestíbulos. La sonrisa se llena de jardines quemados que vuelven a ser marrones, luego verdes. El dolor nos acompañará a la cama bajo tierra. Y, de repente, un día, deja de doler. Lo juro.

Ilustración: David Shrigley

La ridícula idea de no volver a verle

No hay nada más extraño que despedirse de alguien a quien quieres. Decir adiós o permitir que el daño sea irreparable, un daño que deja respirar apenas, que envuelve el tiempo en carne viva y prescinde de palabras. A ese dolor podemos encomendarnos una sola vez. Más de una vez se considera plagio. A veces, la única forma da atajar la enfermedad implica cortar un miembro fuera del cuerpo y dentro de nuestra cabeza, con una cadencia y un latido que creímos nuestro y para siempre. Entonces nace la ridícula idea de no volver a verle, la única manera de poder salvarnos.

La decisión de no volver a verle surge de la necesidad de abandonar la realidad como amenaza. Mucho peor perderle que perderse a uno mismo, nos dicen, pero no lo vemos. Entonces llega el momento, de noche. La oscuridad nos permite encontrar ese valor del que carecemos. Si vamos a morir un poco que sea bajo la luz de la luna y los satélites. Seremos árboles que mueren y nadie escucha. Mataríamos por volver a verle. Nos desangra mirarle una vez más entre los ojos, ese lunar del cuello.

La idea de una vida sin el otro resulta tan ridícula que seríamos capaces de volver a intentarlo… para volver a equivocarnos. Queda la duda, los futuros imposibles y su recuerdo. No volver a verle estaba descartado y, sin embargo, ocurre. La despedida deja su perfil en la ventana del autobús, en el quejido del tren y los felpudos. Después llegan los días, los meses y los años raros. La ridícula idea de no volver a verle se destiñe bajo las gotas de lluvia y un sol oblicuo. El dolor se hace tan cotidiano como el pan con mantequilla. La vida consiste en despedirse. Y todo pasa y queda, como los lunes pasan.

Ilustración: Miki Kim

Sobre el interés en las relaciones

Todos queremos sentirnos útiles, hacer el bien entre tanta porquería, ser hombro, latido y hasta báscula. Si servimos para algo más que para nosotros mismos o nuestros fines, entonces el mundo parece menos amenazador, más redondo dentro de nuestra pupila. Hasta que, una mañana o una noche —durante el día normalmente se trabaja—, nos sentimos utilizados. Fuimos un rato bajo las sábanas, saliva en un banco del parque, ese medio para un fin consentido. No contábamos con el desinterés de la otra parte. Ni siquiera se dignó a escribirnos un mensaje o dar señales de vida en cuarenta y seis horas. Y eso duele.

Comienza un proceso en el que el «nosotros» del principio (dos adultos volviendo al instituto) desaparece dejando un «yo» desamparado. Así, el servicio mutuo imita al intercambio y éste a una mercancía. El horizonte brilla menos, es un trozo de carne colgado del techo. Nos muerde el perro de la rabia. El infierno eran los demás y uno no ha hecho nada para merecerlo. La otra persona nos cae fatal, peor, aj. Imposible comprender cómo perdimos un tiempo que hubiéramos empleado en ver series. Ahora esa persona es un recuerdo crónico de mala hostia. Gracias.

Estamos tan acostumbrados al premio y al castigo que se nos escapa la estrecha relación entre el enamoramiento y el interés. Podemos resumirlo en una frase: nos pillamos de nosotros mismos en presencia de otra persona. Cuando esa persona desaparece somos incapaces de soportar nuestro comportamiento, nuestra elección, otro error de una infinita lista de errores pasados y futuros. La solución no está en regalarse flores, ni en sacarse a bailar. Ni siquiera en hablar con uno mismo durante horas. Eso son vendajes. Bienvenidos sean. La solución está en los otros. Y eso duele todavía más.

Ilustración: Andrey Kasay

De nuestras cicatrices

Somos un cúmulo de cicatrices visibles e invisibles. Porque sin cicatrices no hay dolor, un dolor procedente de la felicidad que escarba piel y tiempo. Si la piel nos define como humanos, con sus grietas y pozos cada vez más secos, el recuerdo va dejando marcas. A veces con forma de escalpelos. Otras con forma de resbalón o por la noche, «estaba a oscuras». Las peores son las que van por dentro, las que se ven por fuera. Los ojos nunca mienten. La luna, el sol y la ausencia. Resulta extraño comprobar cómo las cicatrices reclaman su condición de herida primigenia. Resulta inevitable. De ahí esta risa huérfana.

La felicidad no deja rastro. Todo lo que marca viene de los otros y está en uno. Así pintamos tatuajes sin color sobre la dermis, los mismos en todos con otras formas y otros gestos. Cicatrices en las muñecas, cicatrices en la barbilla, cicatrices debajo del ombligo, cicatrices en ninguna parte, cicatrices en este cielo atravesado por aviones. Dejamos de vivir para ir tirando de ellas y con ellas. Tal es el ciclo del ser humano herido. Rotura, grito al aire, desangrado, a veces sobreviene la muerte. En el mejor de los casos, costra, cura de tiempo, reconstrucción de la zona de guerra. Cicatriz. Y aceptamos.

Todas las cicatrices vienen con historia. Es más, son las únicas fotografías resistentes al paso de los años. La cicatriz no crece, aunque palpita cuando llueve y es verano. A nadie se la ha ocurrido hablar de la epidemia de cicatrices que asola el mundo desde la era de los dinosaurios. Están por todas partes y en ellas nos reconocemos. Al besar, besamos una cicatriz, la de los labios que quieren olvidar el cuerpo por un rato. Al dormir, velamos las heridas. Una cicatriz es una pérdida que viene a nuestro encuentro. Nos han cosido a ellas. Hay que reclamarlas con orgullo: medallas con olor a piel vivida.

Ilustración: Guy Billout

El otro lado del dolor

Cerró las ventanas hinchando los pulmones. Las cortinas fueron migas en el aire. Se apagó la calle Atocha al otro lado. Cualquier lugar puede ser el centro de la Tierra, una habitación cercada por una vela que convierte esquinas en arena, un colchón. Entonces me pidió que me tumbara. «Aquí, entre mis piernas. No, tonto, de espaldas». Obedecí. A veces, uno se pierde en la penumbra, en la piel del otro, reflejo de aspiraciones fieramente humanas. Sus dedos en mis sienes, el movimiento concéntrico, lento, sin despertar a los pájaros. Resulta que el dolor prolongado otorga dignidad, la de los viejos. Con ella, la idea de que solamente el placer nos hará felices cuenta mentiras.

Disfrute y fruición, búsquedas de euforia y material idílico… todo eso sirve si cerca, agazapado, hay un contraste. ¿Por qué deseamos lo que deseamos? Porque podemos perderlo, incluso algo peor: olvidarlo. Con la aflicción y el desgarro se construye el vínculo que nos une a la realidad, la de los días y su afán, más aún cuando la pena mengua y recompensa con momentos cotidianos con fondo y forma de milagro. Esos dedos fueron una ofrenda que pudo pasar desapercibida en circunstancias más favorables. No es el caso, sino el tacto.

La pena sin mitificar se parece a una meditación sin gurús cerca. Nos hace conscientes del hueco que ocupamos en el tiempo, de la falta y el latido. Si hemos sufrido reconocemos el otro lado, vivimos lejos de las pantallas, de ahí que apreciemos un rastro de hormigas o la voz de Sade cerca, muy cerca. Luego están ellos, los amigos que preguntan, una hermana, madre con voz de preocupada y mar al fondo, raíces a salvo del incendio. Vuelvo a esa habitación mirando el techo, o ella vuelve a mí observándome desde lo alto. Entonces agradezco con más fuerza el hecho de seguir, aquí y ahora, todavía. Será porque ya duele algo menos, será por esos dedos mientras el mundo gira, gira y gira.

Ilustración: Guy Billout

¿Quién no ha llorado por la pandemia?

Durante este último año, periodo de tiempo tuerto y vago, muchos de nosotros descubrimos un mundo que, o bien había pasado desapercibido, o directamente desterrábamos; hasta ahora. Así algunos se han dedicado a cocinar pan, otros han participado en webinars —probablemente la palabra más repetida junto a muerte y COVID— y la gran mayoría analizó el gotelé de las paredes para llegar a la conclusión de que la vida de las plantas es un viaje comparada con la de los humanos. Lo único que no hemos podido hacer es bailar bajo lámparas de espejos, bonanza de psicólogos, gimnasios y confesores. Sin embargo, hay algo que nos une a casi todos —quedan excluidos algunos heteros cis—: hemos llorado. Y mucho.

Ojo, que las lágrimas también van por dentro. Aquí de lo que se trata es de lamentar la pérdida a todos los niveles. Abuelos, padres, madres, hermanos, amigos cercanos o de oídas, el invierno, dos primaveras, un verano y el otoño, esos días antes de estos días. Incluso algunos han llorado por los negacionistas, quizás por pudor, quizás porque si las lágrimas brotaran nadie sería capaz de detenerlas. Por eso que ya nadie menta las sequías ni la lluvia, ni siquiera los del pueblo, y el rocío aparece en nuestros párpados.

Seguimos de pie a pesar del llanto, seguimos caminado con la vista húmeda. Porque hacerlo significa respirar con mascarilla y la rabia se confunde con la pena y la esperanza. De pronto, las canciones tristes adquieren un nuevo sentido y las alegres directamente se pasan de tristes. Resulta que todos los dolores son iguales, sin embargo, cada uno los duele a su manera. Decía Lorca aquello de «quiero llorar porque me da la gana». Después de hacerlo empieza una sonrisa.

Ilustración: anónimo