Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.

Yo acuso: carta al alcalde de Madrid

Estimado Sr. Alcalde:

Le escribo estas palabras con la esperanza, jamás debemos perderla, de que recapacite en lo relativo al desmantelamiento de Madrid Central, plan estrella de su sucesora en el cargo y cuyas bases, le recuerdo, se encuentran en la creación de las Áreas de Prioridad Residencial impulsadas por su partido en 2004 con el objetivo de restringir el tráfico en la capital. Hasta aquí una cuestión de memoria. Ahora continúo con el tiempo que nos ocupa.

Desde el 1 de julio, usted, en nombre de las siglas que le otorga el poder caprichoso de los pactos, y sin el apoyo de una parte de los madrileños plenamente conscientes de la necesidad de vivir en una ciudad que no desaparezca bajo la amenaza del dióxido de nitrógeno, el ozono y otras partículas causantes en el 2018 de 30.000 muertes en nuestro país, ha decidido establecer una moratoria de tres meses en la que no se multará a los coches que atraviesen el ya de por sí congestionado centro.

El calendario le respaldará porque coincide con los meses en los que el madrileño intercambia aceras por arena de playa, así que, previsiblemente, los niveles de contaminación disminuirán convirtiéndole en el ganador inesperado de una batalla que conduce a la derrota, la suya, la nuestra y la de todos los que están por llegar.

Yo le acuso, señor Almeida, de futuro homicidio involuntario de miles de personas, las mismas que consideran que la política está al servicio del hombre y nunca por encima de la vida.

Yo acuso a su partido, el Partido Popular, de homicidio por imprudencia grave al promover, por razones que casi nadie comprende, el uso del coche frente a la bicicleta, las piernas o el transporte público.

Ignoro si al formular estas acusaciones arrojo sobre mí el peso de los artículos 205 y 216 del Código Penal, pero me mueve una pasión, la del Madrid amarillento exento de humos, la de mi ciudad convertida, por fin, en ese lugar en el que vivir se parece más a construir que derribar, nunca bajo el mismo techo, siempre bajo el mismo horizonte.

Reciba usted un cordial saludo.