Andrés Suárez y el “roma”

Hace tiempo, en una galaxia muy cercana, la palabra cantautor se asociaba a grandes nombres de la canción (sin etiquetas): Brassens, Joan Manuel Serrat, Krahe, Townes Van Zandt, Caetano Veloso… La lista es larga, y la memoria tiende a fabricar mitos y puentes para devolvernos a una época que, curiosamente, coincide con esa gran mentira que es el «Indie español», supuesta escena al margen de los 40 Principales compuesta por “grupitos independientes” cuya distribución recae en las mismas multinacionales-monstruo de siempre.

La cuestión es que entre tatuajes, camisas de estampados ASOS y una cierta vacuidad sonora, los cantautores han sido relegados a las trincheras del Libertad 8 y las casas de la cultura, lugares con olor a canela en rama donde es posible disfrutar de un músico presente en cada uno de sus versos, a veces enredado en las cuerdas de una guitarra coja. Y de entre todos ellos, érase un hombre a una cabellera pegada, una pegada superlativa: Andrés Suárez.

Porque lo de este gallego —el neno le delata— es una cosa extraña, “gamela cativa” que llega a puerto al atardecer, un gran guitarrista de pecho caliente amparado tras la cadencia plagal — con la tercera en el bajo— que de pronto, en medio de la canción, se descompone en fragmentos de silencio, casi susurros, en los que dar cobijo a media estrella, quizás a una dama que pinta en el sur, por qué no a lo malo en el aire… sin olvidar el mar, ruido de olas dulces detrás de las montañas. Y cuando quiere vivir canta Moraima, y cuando quiere soñar despierta al palíndromo de Roma, y sus conciertos son el único lugar en el que las parejas comienzan a cantar muy juntos para terminar besándose en la boca. Por fin ser cantautor no es un insulto, por fin ser Andrés es también Suárez.

Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras “manifestaciones” que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto “mal” que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.