Y tú, estrella, ¿qué más quieres?

Tu materia, esa que cargas y titila, está hecha de estrellas. Dos, tres, mezcla de cientos que brillan en ojos y auroras, sueño al otro lado estando vivos. Con eso debería de bastarte. Tú, ingrediente forjado en el corazón de millones de años luz, oscuridad y vientres. El azar, la ciencia de los hombres con sus combinaciones de química y átomos, una explosión, todo eso te puso aquí, en lo olvidado y su presente, estructura que siente y se sostiene, explora y mira un Madrid sin bandera por un tiempo. Después desaparece. Fugaz el astro, fugaz tu rastro. Repito. Con eso debería de bastarte.

En cambio, aspiras a otros firmamentos, cable a cielo. Sucede al crecer mirándote los pies, aspiración de crucifijos en el aula, otro anuncio cubriendo una fachada. A veces se nos olvida. Desde una perspectiva cósmica no hay nada más precioso que esta vida, la nuestra, que imita a los diamantes sobre el terciopelo negro (perdón por la metáfora). Locos y nunca únicos, ¡hay demasiadas galaxias! También agradecidos, incluso en la pena y la muerte de un cometa, de los otros.

Sorprende comprobar que, siendo estrellas, cada uno elegirá la suya. Bien por ahí arriba, Betelgeuse, otro problema, más piedras preciosas entre la basura o la última tendencia. Da igual: los brazos no nos alcanzan, de ahí que perseguirlas se convierta en la peor manera de ignorar la noche antes del desayuno. Imitemos a Rimbaud y tendamos guirnaldas y cadenas de oro entre esferas, bailemos con la gravedad que empuja la materia. Y, de pronto, en nosotros nace el firmamento. ¿Qué más quieres, qué más, qué? Todo.

Ilustración: Guy Billout

Dabiz Muñoz y el hambre

Resulta que Dabiz Muñoz, ‘enfant terrible’ de la cocina de vanguardia y superviviente de un posible caso de coronavirus, ha experimentado la pérdida del gusto y el olfato. Este síntoma, molesto para cualquier aventurero del sabor, adquiere especial relevancia en un ninja de los fogones, siempre parapetado tras un cuchillo que corte, los dos sentidos extraviados (y alguno más), y esa combinación precisa de fe e instinto, ni muy líquida como una sopa ni muy espesa como una crema.

La cuestión es que al igual que 7.500 millones de bocas terráqueas —la enfermedad no entiende de estrellas ni umamis—, Dabiz echa la cuarentena en su cocina y de paso comparte algunas de las recetas más sabrosas de las últimas décadas, más aún si tenemos en cuenta que ahora no nos queda más remedio que ser cocineros y comensales, actores y directores de nuestro menú diario pasado por casa.

Y el móvil enfoca a un niño en la cáscara de un hombre, malabarista de oriente pasado por el filtro de La Elipa, cortando zanahorias y tomates grosso modo, con un set de palillos lacados, todo crujiente por fuera y jugosito por dentro, y el placer de cocinar para dos mientras los demás te miran se transforma en un kit de papilas gustativas bailando claqué. Son apenas cinco minutos de vídeo, tiempo suficiente para entender que si Dabiz fue capaz de perder el sentido del gusto y disfrutar, el mundo podrá recuperar el hambre. Gracias, chef.