Copos, copón

Pocos de los que coreaban el “A quién le importa” ayer en la Puerta del Sol habrán madrugado hoy para retirar la nieve acumulada frente a sus portales. Será porque lo que nos gusta es celebrar ante todo y ante todos, grabar vídeos a cámara lenta en los que desaparecer sin magia, recorrer en trineo de huskies la Gran Vía…, pero lo de ir más allá se nos hace un poco bola. Y es que lucir modelito de invierno en la ciudad no sólo marca tendencia, sino que implica obligación de cara a la galería, y la sorpresa ante un fenómeno tan atípico como hipnótico dura más de lo recomendable, tanto que terminamos olvidando que la esponja se hace hielo si el mercurio baja, y el hielo es hormigón sin dióxido de titanio y nadie puede curar si las vías permanecen sepultadas bajo un manto tan blanco como letal.

Así las cornisas se desprenden de sus gárgolas. También los árboles se pliegan ante tanto peso. Entre tanto, pocos son los que se dan cuenta de que andamos desamparados, no hay plan, nunca lo hubo. Por lo tanto, ante la llegada del frío y su cuchillo la única solución es salir a la calle y rascar con un recogedor o un palo de escoba, lo primero que tengas a mano, ¿alguien tiene una pala en el armario?, despejar los pasos con sal y agua caliente para descubrir que, en realidad, es la gente la que estropea la nevada. En el suelo encuentras pelos, rastros de agüita amarilla, historia, escoria y, a juzgar por la cara de los operarios del ayuntamiento, han dormido más bien poco. Como en la Cañada Real.

Lo mejor de esta Filomena —las tormentas siempre tienen nombre de mujer— es que tras su paso deja la sensación de lo poco que importa lo que de verdad importa. Tampoco se trata de amargarle la fiesta a nadie. Aquí cada uno que haga lo que quiera, que así ha sido hasta ahora. Sin embargo, el día en que Madrid se convirtió en Valdesquí sin telesilla quedó al descubierto la verdadera naturaleza humana en todos y cada uno de nosotros: la gente extraordinaria recorría kilómetros a pie para llegar a su trabajo, la gente corriente hablaba del tiempo y los mediocres pedían comida para llevar. El universo y la estupidez son infinitos, copón.

Ilustración: blinkart.co.uk

El DJ arrepentido que escupió Jäger al público

Para aquellos que no estén al corriente de lo que acontece en el sector de la congregación de masas en época de distanciamiento decirles que sucedió el 7 de julio. Fue en Kokun Ocean Club, un “chi(c)ringuito” torremolinense donde el enjuto de la dupla “Les Castizos” roció con enjuage bucal Jägermeister a una masa exorcizada por esa mezcla de electrónica, tatuajes de Naranjito y lo que va entre sexo y rock and roll. Ahora el DJ en cuestión —su compañero no figura en las hemerotecas— se muestra arrepentido y pide disculpas por un «acto pésimo que daña la imagen del ocio nocturno y de mis compañeros». Ahora también nos toca purgar la pena. A todos.

Como siempre, la cultura, también denominada ocio al sur de los Pirineos, no solo sufre los embistes de la política, sino que se dinamita desde dentro. Así es como, después de ser testigo presencial de las medidas de higiene desplegadas por todo el país para celebrar espectáculos seguros para músicos y público, veo en este DJ las dos caras del mismo vinilo: imbécil y arrepentido; aspirante a estrella y cometa con ojos de Candy Candy.

Y yo acuso y pregunto, ¿por qué ningún responsable de la sala detuvo la actuación? ¿Son los asistentes cómplices de un comportamiento psicópata? ¿Es que 30.000 muertos solo representan una ficción perteneciente al pasado? Así pasamos este verano virus. Unos cerrando los ojos, otros remando para llegar a septiembre, todos soñando con la invención de una vacuna. Y la estupidez seguirá campando a sus anchas hasta el fin de los tiempos.

Ilustración: Mrzyk & Moriceau