El enemigo de Vox es la realidad

Ayer muchos vimos el cartel de Vox en la estación del Cercanías. Fondo verde ejército, el Pirulí y Rocio Monasterio mirando al horizonte escoltada por un Abascal a los micros. Nada de nuevo; dos fachas muy fachas hacen campaña bajo el eslogan «Protege Madrid». Pero ¿de quién? ¿De los comunistas? ¿De los menores inmigrantes que llegan solos a España? ¿De los colectivos LGTBI? Mamporreros del enésimo mantra neoliberal contra el Estado y a muerte con la privatización vuelven a demostrar una capacidad innata para alentar el miedo. Como siempre, el enemigo al que señalan posee dos caras. Una permanece oculta detrás del muro, invisible, promesa incumplida. La otra, vista desde lo alto, tiene la forma de un espantapájaros.

Sucede lo mismo en las escuelas. Los abusones se ensañan con los más pequeños, demuestran su fuerza en contraste con la pasividad —el resto, como en el tren, solo mira— para lidiar con el día a día. Así y desprovistos de argumentos, tratan de desviar la atención hacia los otros, a poder ser sin derecho a réplica e ignorando la peor de las certidumbres: el enemigo que buscan está en ellos. Parece que hablamos de la guerra. Pero no. ¡Más madera, esto es la política!

Frente al cartel del odio detecté algún gesto contrariado, poco asco en general. Sin embargo, ninguno nos paramos a intentar descubrir el truco, la mentira concentrada en dos palabras y una candidata que hace del odio su bandera. Decía Borges que «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos». La realidad sigue sacando partido de la ficción, y eso es, ademas de inmoral, muy sucio.

Ilustración: http://sergioingravalle.de/

El meteorito y Javier Ortega Smith

Una tormenta cósmica se inició hace 4.600 millones de años y, tras escampar, pequeñas partículas suspendidas en el vacío y atraídas por la fuerza electrostática terminaron formando, de entre todas las combinaciones posibles, un grano de arena que, tras un largo proceso, se uniría a otros muchos hasta originar una roca de 510,1 millones de kilómetros cuadrados llamada Tierra.

4.533 millones de años después, en otra galaxia, más allá de la estrella Icarus y a infinitud de vidas y nebulosas de ese destello marcado en la memoria del tiempo, un meteorito viajando a 42 kilómetros por segundo impactó en una superficie esférica rotando sobre sí misma a 40.000 kilómetros por hora en la órbita del sol. El menhir en cuestión, una bestia pétrea muy cabreada, terminó en el Yucatán, arrasando con el mundo tal y como lo conocieron los dinosaurios, esculpiendo una tsunami de azufre que, tras evaporarse, sumió al planeta en un noche de luna, tan oscura que devoró todo, Tyrannosaurus Rex y ancestros de Jordi Hurtado incluidos. Unos metros más a la derecha, en Playa del Carmen o frente al chiringuito de Tulum y el ser humano hubiera sido un simple proyecto frustrado… con la excepción del presentador inmortal.

Después llegarían los homínidos, la rueda cuesta arriba, lluvias de cuchillos, los templarios, la peste bubónica y el chandal, varios ‘cracks’ bursátiles, dos guerras mundiales y muchas intestinas, y en una noche de lo más decepcionante, el espermatozoide vago de Victor Manuel Fernández-Arias, uno entre 15 millones repartidos en un milímetro de semen, atravesaría el óvulo mustio de Ana María Smith-Molina —originaria de Malos Aires—, “dando luz” a Javier Ortega Smith, antepasado (¡español!) del ‘Australopithecus facha‘ y probablemente el mayor accidente (por probabilidades) en la historia de la humanidad. Y además calva por detrás. ¿Dónde está el meteorito cuando se le necesita?