Vuelve la noche

Durante meses pernoctamos bajo un rayo de la aurora por decreto, traje de luz, con sus invenciones y palimpsestos desplegados en mañanas, luego el mediodía, la tarde cabizbaja y después nada. La noche quedó relegada a un guante, salvación casera del que sabe que soñar sólo se sueña con los ojos abiertos. Muchos encontraron una manera de llenar el tiempo con su circunstancia y descubrieron cisnes. Otros, en cambio, sintieron los miembros amputados, otearon cuervos en el aire, dijeron adiós a las quemaduras, el baile y la promesa de los días cortos. Así no se aprovechan las alboradas. Y menos mal.

Por fin vuelve la noche. Y con ella el movimiento, los pasos de dentro a fuera y no volver, las comidas a deshoras. Consuela saber que muchos velan, y además los vemos, viven. Todo bajo las farolas de siempre, esas que alumbraban su propio destello yermo hace apenas un verano. Y el campo urbano se cubre con colas de serpiente hambrientas esperando a las puertas de los clubes, en las aceras que también son almohada. Resulta que la oscuridad revive en el Madrid de las postales del alcohol y las drogas de la vanguardia menos narcótica. Nunca fue joven, tampoco quiso serlo, pero a oscuras la carne brilla alto, libre, pierde la edad.

Nadie espera que el horizonte se rompa y llene de colores el marco del paisaje. Queremos, quiero noche, sinónimo de biografía y lienzo en blanco. En las tinieblas pintamos de otra forma, menos vertical, aunque más puro porque el destino posee la forma de una cama. Nada de yacer, ¡soñar rendidos! Mientras, el mundo de siempre vuelve a sus ocupaciones. El nuestro cabe en una gasolinera y arde en calma, a la velocidad del tiempo que perdimos y ahora duerme.

Ilustración: Hiroshi Nagai

La vuelta a la normalidad olvidada

La fuerza de la costumbre es poderosa, tanto que incluso aquello que molesta, suda o pica se echa en falta cuando llega el momento de la despedida. Así, la mascarilla, ¡oh fiel aliada de los feos!, comienza a perder su influencia en la calle y los garitos. Se quedará entre nosotros un tiempo, lo justo para que se pase el susto que llevamos en el cuerpo, y luego tendrá una presencia testimonial en el carrete. De pronto, entrar en una sala de conciertos a cara de perro —un gesto repetido en el pasado con toda naturalidad y algo pedo— se parece a desnudarse en una piscina pública llena de madres hastiadas, padres fofos y niños a punto de ahogarse. Esta es mi impresión de un sábado noche a pelo en Madrid.

¡No me lo puedo creer! Con esta frase silenciosa van entrando, sin excepción, los asistentes. Hay miradas de extrañeza, alguno se pellizca fuerte, y a juzgar por la cara de felicidad del DJ podría tratarse de una ilusión óptica, un sueño bajo los satélites o directamente la muerte. Pero una agridulce porque resulta inevitable tocarse la barbilla y palparse una comisura, compartir el aliento con desconocidos (¿vacunados?) sin echar de menos algo. En fin, que de tanta precaución y lavado de manos ahora vamos por la noche como un conejo al que le dan las largas.

La sensación vuelve una y otra vez, ¡estoy en bolas! Venga, me pongo la mascarilla para ir al baño a hacer pis solo y me la quito para bailar el limbo rodeado de humanos con cara; tiro de ella para pedir en la barra y después la lanzo al aire porque hoy nos graduamos, superamos una prueba, nos rendimos a la evidencia de que la normalidad tampoco es que sea la repanocha. Eso sí, no huele a encía. A las cuatro, y como siempre, regreso a casa en bici con la mascarilla bien prieta, la lavo con ternura y la dejo secándose en el alféizar de la ventana. El cable está tan enredado que cuesta regresar a lo de antes. Mucho. Un lío.

Ilustración: Hopper con mascarilla