Mal de muchos, consuelo es

Pocos hijos son conscientes de que una de las razones por las que la gran mayoría termina superando la muerte de sus padres es que su ausencia, en realidad, aligera la responsabilidad de tener que prosperar, nos ahorra el deber de convertirnos a todo precio en el vástago modelo o en la imagen cocinada en la cabeza de nuestros mayores estando aún vivos. Así, en esa soledad del corredor de fondo, el recuerdo antes de la pérdida siempre acompaña y, sin embargo, aligera el trayecto, mitiga, nos sacude para ser capaces de rendir cuentas con nosotros mismos. Y sólo con nosotros.

En periodos de pandemia sucede algo parecido e inversamente proporcional. El simple hecho de saber que se trata de un mal de todos —aunque afecte con particular virulencia a los más pobres— provoca en nosotros una cierta sensación de alivio, como si saber que el planeta tierra anda jodido a tiempo real y en cualquier uso horario actuara como bálsamo tras un exceso de exposición vital al peor de los escenarios posibles. Somos así, sensibles a la desgracia. Sobre todo cuando nos fuerza a regresar a una situación que creíamos superada hace tiempo.

Poco a poco, a medida que la mascarilla y el gel se emparentan con las llaves de casa y el Prozac, dejamos de exigirle frutos al avenir, precisamente porque si por definición no existe, ahora menos. El Antonio Machado menos tópico decía aquello de «¡Hombres de España, ni el pasado ha muerto ni está el mañana —ni el ayer— escrito». Nunca el infinito había sonado tan actual en boca de un poeta muerto. Y así nos consolamos un poco.

Ilustración: Geoff McFetridge

Los que no se manifiestan en un Mercedes

Estábamos a punto de conseguirlo. Por fin éramos capaces de devolver el préstamo, vivir en un tercero con luz por las mañanas, incluso podíamos viajar por todo el planeta y compartirlo con el mundo, como si de pronto vivir de acuerdo a nuestros principios no fuera aquel plan inalcanzable y sí una certidumbre pequeña, pero firme… hasta el 16 de marzo de 2020. Ese día, y por primera vez, fuimos conscientes de que el porvenir se fundía en negro ante la primera generación que vive peor que sus padres.

Estamos hartos de luchar, de comenzar de nuevo, de mudarnos a un piso de estudiantes en el que no nos cabe el ficus, de reinventarnos una, otra, una vez más. Porque las fuerzas menguan y además, ahora que padecemos la violencia de un sistema que funciona para la minoría, tenemos que aguantar a Nadal y los nostálgicos del Mercedes descapotable reclamando una vieja normalidad que es un cadáver entre estadísticas a la baja.

A pesar de todo y como siempre fue y será, levantaremos la mirada y echaremos a andar manteniendo las distancias, lejos de Nuñez de Balboa y el desequilibrio camuflado en odas a la libertad libre; reclamaremos otra manera de crecer en la que reponedores y máquinas expendedoras son compañeros de fatigas; alternando ‘telesalud’ y médicos a domicilio, campos verdes y pantallas de móvil, lo público y lo táctil, la bici y la electricidad de Tesla. A veces retroceder también es un gran paso, a veces ser rebelde tiene causa… y además se hace presente cada día.

Ilustración: elisacanali.com

Generación C(oronavirus)

Viene siendo una costumbre de la posmodernidad el que cada cierto tiempo se bautice a las cepas poblacionales con alguna etiqueta absurda. ‘Baby Boomers‘ (1946-57), ‘Generación X‘ (1965-79), ‘Millenials‘ (1980-99) o ‘Generación Z‘ (nacidos dentro de Instagram), todas se caracterizan por ciertos patrones de conducta, desde el reaccionario-reflexivo con bastón a la inmediatez y el ‘switch’ de los adolescentes en chandal. Ha tenido que llegar un enemigo invisible para que, en cuestión de dos meses, se acuñe un término nuevo: Generación C… de coronavirus, claro.

Y es que, de repente, cuando comenzábamos a “prosperar” y llegar con menos cinco euros a fin de mes, justo en mitad de la grabación de un disco o disfrutando de ese merecido ascenso lejos del bar, nos criogenizan por culpa de un murciélago al pil pil. Así es como el impulso se convierte en ‘stand by’ y todos nos quedamos en casa preguntándonos cómo vamos a recuperar el tiempo perdido, precisamente la única variable que se detiene recordando.

Los jubilados, además de tener un pequeño colchón en el banco y recibir en masa los embistes de la enfermedad, comparten un común denominador: haber construido el futuro que se hace presente un 21 de abril de 2020, el mismo que a fuerza de guerras, pandemias, burbujas y crisis adquiere la forma de una madeja de nervios y desvelos. Ahora tres generaciones confluyen en una, precisamente porque las estaciones ya no son lo que solían ser. Nos queda creer en la belleza de los sueños.

¿Qué harás después de esto?

Lo invisible nos ha despojado de lo superfluo. De pronto, caminamos desnudos, desde la salida del sol hasta el alzamiento de la luna, y nuestro día a día no es más que una solución acuosa en la que se disuelven varias ingestas de comida casera, tres botellas de vino y esa videollamada a casa de tus padres. Somos un experimento masivo; la placa de Petri es nuestra casa —conectada con el mundo 24/7— y su contenido un microorganismo de anhelos sin máscara.

A la pregunta «¿y tú qué vas a hacer cuando esto acabe?» todos los encuestados respondieron sin dudarlo, casi con prisa, anticipándose a un instante que fluctúa entre paisajes, pero cuyo es perfume es imitación de la vida en libertad. «Yo iré a ver el mar… sola» dijo Elena; «creo que me pondré las zapatillas de correr y bailaré toda la noche» suspiró Aida; «pedo de farlopa y birras» escribió en mayúsculas Mateo; «¡qué pereza salir de casa!» respondió Antonio con ese gesto suyo tan característico, entre peninsular e isleño.

Pensar en estas cosas con las UCIs en temporada alta puede sonar a blasfemia. Sin embargo, emancipados a puerta cerrada de todo inútil, la vida despliega su brillo de estrella vespertina entre las cenizas de un cuerpo inerte. Se acabaron los caprichos, la droga cortada, los grupos de música mediocres y los brindis. El futuro es una noche de agosto atravesando Madrid en bicicleta. Y la sangre huele a tequila, y el aire es una caricia, y la calle traspasa nuestro fino tejido de algodón… Todo llegará.

¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.

¿Sirve para algo ir a la universidad?

De todas las injusticias a las que nos somete el paso del tiempo, con sus cambios de talla, injertos y consiguiente pérdida de colágeno, ir a la universidad ocupa un lugar preponderante. Y es que en esta decisión —”impuesta” entre el inoportuno acné y el onanismo descontrolado— confluyen varias razones que la hacen particularmente polémica. Por un lado, la educación entendida como bien de inversión, herencia de un tiempo lejano en el que obtener un título universitario era sinónimo de conocimiento… además de la mejor manera de limpiar la conciencia de nuestros padres, incómodos acompañantes en la foto de graduación. ¿Y qué decir de una estructura académica en la que los mejores estudiantes trabajan —debidamente remunerados— para otros más vagos y en la que los del aprobado justito suelen ser, por lo general, los mayores (em)perdedores? ¿No será mejor invertir ese dinero en viajar y estudiar français à Bordeaux, english in Brighton, 大阪市で日本語を勉強しています.

La cuestión de fondo está íntimamente relacionada con la forma porque, ¿cómo es posible justificar años de estudio cuando es posible obtener la raíz cuadrada de 27.254.214 en el iPhone? Algunos argüirán que colgar un diploma en la pared proporciona esa estructura mental tan necesaria en la vida, disciplina, además de cierta ventaja frente al resto de competidores. Sin embargo, cada vez es más difícil encontrar a parados sin formación universitaria. Basta con echar un vistazo y comprobar que Elon Musk, Ozzy Osbourne, Mark Zuckerberg, Mozart o Paquirrín fueron malos estudiantes… y ahí están, decorando el mundo.

Seamos claros; a casi nadie le gusta madrugar, coger el tren en hora punta e invertir miles de horas sentado en un pupitre para diestros sabiendo que lo mejor del día siempre sucede en la cantina. Quizás la clave del aprendizaje, tanto vital como académico, sea poner en duda las herramientas del pasado como principales garantes de futuro y tener siempre presentes las palabras de Lorimer: «Las universidades no crean tontos, solamente los desarrollan».