A los músicos no les importa la música

Todos los sectores relajan la raja, taxis incluidos. El botellón vuelve al alza y por miles. Cines, teatros, barras en bares… Sin embargo, España continúa a la cabeza de las cuatro restricciones: mascarilla, distancia, aforo y horario en las salas de conciertos. De poco sirve señalar a propietarios, promotores y personal. Su comportamiento ha sido ejemplar a lo largo de un año y medio en el que los sueldos se han reducido a la mitad y el trabajo se ha multiplicado por tres y medio. Esta vez tampoco puede culparse a los políticos. Nos queda la “industria” avara, esa de los contratos 360, los técnicos que se manifiestan y, por último, los músicos dedicados a sus cuentas de Instagram. Si estos últimos regalan las canciones, ¿por qué deberían preocuparse por la supervivencia de las salas?

Sucede que los músicos, en general, ni siquiera piensan en términos musicales cuando se trata de su propia música. Fluctúan entre aspiraciones de fama, seguir la tendencia y mirar hacia fuera cuando el impulso se genera en interiores, el de su contorno humano y la sala en la que desvelarlo. Ese acto, en principio ignorado por la mayoría, es el que define el oficio y también el último recurso al que aferrarse. Quizás por esa razón queda apartado. Mejor alimentar a la bestia que los escupirá tarde o temprano.

Y no se trata de un comportamiento “pandémico”. Siempre fue así. La diferencia estriba en que aquí y ahora el sueldo base sale de tocar, pero no en festivales micológicos, sino en esas salas que dan una identidad a la ciudad y al barrio, último reducto para congregar cualquier combinación de escalas, compases y formas de ver el mundo. Si triste es el destino de los músicos aún más trágico el presente de las salas. Despertemos, nos quitamos la comida de la boca, y además lo publicamos.

Ilustración: Anthony Gerace

#nosomosmusica

Vaya por delante que #somosmusica —iniciativa lanzada para dotar de visibilidad a uno de los colectivos más afectados por la pandemia— es muy loable, incluso necesaria. Sin embargo, y dado que todos —músicos, melómanos y anhedónicos— estamos viviendo una vuelta al negro color esperanza, convendría mostrar la realidad en la que se encuentra varada la industria musical española, trinchera del «finge hasta que lo logres», del pentagrama escrito en do precario.

Y la realidad es que no hay industria. Simplemente existe un contexto difuso en el que diversos oficios (invisibles) confluyen en un espacio-tiempo con melodías de fondo. Como casi siempre son tres multinacionales las que obtienen el grueso de los beneficios —su fondo de catálogo produce monstruos y bukakes de euros— y cuatro agencias de management “imponen” a sus grupos en festivales a base de cupones descuento. El resto somos clase trabajadora sin un no por respuesta, peones de una profesión a la contra, entusiastas de lo itinerante convertido en plato de comida.

Industria (f. s): Actividad económica y técnica que consiste en transformar las materias primas hasta convertirlas en productos adecuados para satisfacer las necesidades del hombre. Pues bien; cuanto más cerca de convertirse en producto está la música, más se aleja del propósito por el que fue creada. ¿Qué somos entonces? Mientras encontramos la respuesta, recuperemos a Zappa: «La información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es verdad. La verdad no es la belleza. La belleza no es el amor. El amor no es la música. La música es lo mejor».