La mentira y Dani Martín

Aunque a veces se nos olvide, son las historias las que mantienen nuestro interés por esa cosa llamada, vida, existencia o desperdicio. En su ausencia, los hombres de las cavernas habrían sido incapaces de sobrevivir a las embestidas de los tigres de dientes de sable, y a un tal Mozart no se le hubiera ocurrido musicar las rutinas del Don Juán —follador osado y muy dado al ¡qué largo me lo fiáis!— en su bufo “Don Giovanni“. Sin algo que contar el mundo no sería más que un hueco, una pausa entre dos siestas.

Ahora, con las “fake news” desbordándose por el borde del móvil e influyendo en el proceso democrático hasta niveles dignos del Joker transmutado en víctima, la fuerza de la narrativa se impone a los hechos, como si de alguna manera, en esa búsqueda de una verdad esquiva, la creencia en los mitos y las leyendas urbanas fuera la opción más fácil ante el exceso de información. Porque, ¿para qué molestarse en comprobar lo sucedido si es más fácil aceptar una mentira fabricada globalmente? ¿Quién quiere “comprar” certidumbre cuando el escepticismo se comparte con un simple clic?

Precisamente, Dani Martín —uno de los pocos cantantes patrios desprovistos de careta— habla de estas y otras cuestiones en su nueva canción, subproducto musical con un ciclo vital similar al de los bulos: aborta-nace, se repite y se repetirá una y mil veces, evoluciona adaptándose a su contexto social y, a diferencia de los rumores veraces que nunca protagonizan segundas partes, volverá abruptamente a todos los banners y cadenas en la fecha prevista para el lanzamiento del disco-embuste. Así se manufactura el consenso, así se propaga el miedo. Piénsalo, «pero que nadie se entere».

Es otra cosa

No deja de ser curioso que ciertas películas generen reacciones y opiniones tan antagónicas que uno no sepa muy bien qué opinión labrarse, o incluso si merece la pena pagar una entrada antes de zambullirse en una experiencia quizás extática, quizás decepcionante… comentada hasta en la cola exprés del Carrefour.

La polémica está servida y cada cierto tiempo, siempre fiel a su cita del viernes, afilamos nuestros cuchillos, visamos al Movierecord, dilatamos las pupilas y presenciamos un hecho tan irrebatible como unánime: algunas interpretaciones perdurarán siempre en la memoria, incluso cuando la idea de cine nos traslade a un portátil sobre la cama y un murciélago a nuestros pies hecho un ovillo. Porque puedes considerar que “Joker“, “Pozos de ambición“, “Capote“, o “Antes que anochezca” son un puto coñazo o incluso que están sobrevaloradas y, sin embargo, no existe la más mínima duda en lo relativo a Joaquin Phoenix, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman o Javier Bardem, verdaderos superdotados de un juego en el que el hombre desaparece para regresar a la superficie transmutado en personaje de celuloide, con rasgos humanos ahora convertidos en máscaras de realidad ficticia, ahora tristes, después más tristes todavía.

Y es en este punto, bajo una lluvia de golpes entre el alma y la columna vertebral, cuando planteamos una cuestión igual de irrelevante que esta polémica: si la palabra con la que nos referimos a todos ellos —podríamos incluir a Meryl Streep, Bette Davis y Nuria Espert— es actor, ¿cuál es la que deberíamos emplear para el resto de mortales que forman parte de tan mágico oficio?

Tampoco es payaso; es otra cosa. Y por fin estamos todos de acuerdo en algo.