Aquellos que no ceden ante la amargura

La gente vieja increpa a los repartidores que circulan por la acera, anda a otro ritmo, espera a que el semáforo se ponga en verde. Hay mucha gente joven que podría ser considerada vieja. Esa gente critica a otra gente, vieja o joven, se queja en sus notas de voz, arrastra una mala hostia que no corresponde a su edad. Se supone que la amargura llega cuando el mundo te rompe, cuando la nostalgia compensa la velocidad, como si el paso del tiempo fuera la ceniza de un cigarro que se fuma con muchas ganas hasta convertirse en un gargajo. Me pregunto cómo hacen algunos…

Los viejos han perdido sus cuerpos, también a las palomas que alimentaban con migas en el parque. Pertenecen a un mundo recordado, un fondo de armario. Se levantan de noche y hacen la cama en silencio, riegan las plantas, beben café de ayer. Están parados y lo primero que hacen es mirar el cielo, llueva, nieve o haga sol. A todos les sucedieron cosas terribles y, sin embargo, sonríen cuando les ves subir las escaleras. Algunos viejos también bailan, follan, leen periódicos, novelas, se emocionan con una canción en blanco y negro. Están contentos siendo lo que son, aunque no llegaran a nada de lo planeado. Estos viejos miran las cosas a la cara. Por detrás les llaman viejos. Me pregunto quiénes serán los amargados.

De entre todas las personas del mundo mis preferidas son los viejos que no ceden ante la amargura. Tiene que haber algo de mentira para afrontar con alegría la tarde y la perspectiva de un verano abrasador. Gente joven que morirá de vieja. Mientras llegamos a su edad, observo a un grupo de octogenarias sentadas en un Vip’s. Sus bocas llenas de carillas, su pelo blanco, sus manos pasándose el azucarero. Mi reflejo, detrás ellas en círculo. Todas se levantan de la mesa sabiendo que nadie les espera en casa. Quizás por esa razón sonríen. Hay una recompensa en estar vivas. Ellas lo saben. Y yo debo de estar haciéndome viejo.

Ilustración: David Hockney

Feliz cumpleaños, Brad

Brad Pitt, prueba viviente de que el tiempo pasa por todos menos menos por uno. Nosotros desgastándonos, cada vez más pequeños, intentando recuperar la ilusión siendo más niños que un niño gracias a los años. Brad, en cambio, se ríe de los jóvenes, demuestra que es posible ser guapo y tener suerte, pelo de sobra y una clavícula en la que me quedaría a vivir pagando lo que fuera necesario. Porque hoy, William Bradley Pitt, actor, humedad y arquitecto de suspiros cumple sesenta, sesenta putos años que convierten la edad de los perros en la única matemática del cuerpo de los hombres. Por cada año de este americano se mueren miles de cachorros.

De lejos, Brad aparenta treinta y uno. Tumbado, menos de cuarenta y cinco. Mientras él se quita décadas a los demás nos caen como una losa. Puedo verlo en amigos, en familiares, en sus caras de fruto seco y sus ojos desgastados de tanto mirar hacia el pasado. La edad se ensaña y, a pesar de los esfuerzos, la encajamos en un hueco que no le corresponde. La prueba la tenemos en Brad: seis hijos, dos divorcios y un castillo. Resultado: una mirada triste. Por eso vuelvo a él bajando del caballo. «Es un placer conocerla. Espero que usted y este feo de aquí sean muy felices juntos», decía. Después saluda a Julia Ormond tocando con los dedos el ala del sombrero. Y, entonces, mi vida cambia para siempre.

Porque la cara y el cuerpo cambian con el paso de los segundos, nada que ver con los meses o las estaciones. De los días cortos y los años largos a los días y los años cada vez más cortos, del reflejo que devuelve algo que no te gusta a un reflejo con el que debes conformarte. Así pasamos, sin saber muy bien qué ha pasado, pero con la certeza de que hoy, en alguna mansión de Los Ángeles, Brad Pitt se levanta de la cama, mira a su novia treinta años más joven y hace pis apretando muy fuerte la vejiga. Gracias a él sé que es posible enamorarse de otro hombre, imaginarlo andando por la playa con un bañador de palmeras frente a un atardecer muy rojo. Felicidades, Brad, nos diste más felicidad de la que tienes, nos haces sentirnos viejos sin quererlo.

De los viejos que se creen sabios

Es cierto que nadie quiere saber nada de los viejos. Es más, los viejos odian ser viejos. Porque envejecer implica hacer ruido, observar de lejos un punto azul que es el mundo, con los amigos muertos y cada noche pudiendo ser la última. Pero no todo es malo de viejo. Se cumplen años, algunos sueños, la calma iza el sol por las mañanas y por fin es posible asimilar cosas aprendidas hace tiempo. El problema de los viejos no es la falta de vida por delante o la poca variedad a la hora de vestirse. No. El problema de algunos viejos es creer saberlo todo por ser viejos.

Hay resentimiento en la vejez. Y lo sé porque envejezco sin ser viejo del todo. Los viejos van a la contra del futuro y recuerdan a los niños, sin dientes, sin pelo, sin colágeno. Gracias a la pérdida, ganan en certezas, reafirman sus convicciones y se llenan la boca de glorias pasadas y de lo bonito que fue el Madrid antiguo. Cierto, corrigen defectos de juventud, pero algunos sientan cátedra. No saben que, en realidad, son como los trofeos de caza que adornan las paredes.

A mí me gustan los viejos que juegan a la petanca sabiendo que la vida es esa bola en el aire que cae siempre en el lugar inesperado, que dudan porque somos curiosidad y dudas, que preguntan porque eso es lo que hacen los que saben. Esos viejos asumen su ignorancia, releen en lugar de leer y no tienen reparos en aceptar que su ciclo fue, aunque todavía sirvan para mucho. A esos viejos se les reconoce enseguida. Llevan en los ojos todo lo por vivir, una estela, la pasión del que muere como vino al mundo: sin saber nada.

Ilustración: Guy Billout

¡Viejos y jóvenes, uníos!

Lo recuerdo con dificultad. Yo diría que fue hace una semana. Vivíamos en un vórtice de frenesí individual perpetuo y el estado de alerta no era más que una palabra empleada en tiempos de guerra, con sus noches en las que algunos ignoraban las estrellas y se iban a la playa. Otros, en cambio, hacían acopio de papel higiénico. Yo hablaba por teléfono con mi madre y me contaba que seguía saliendo a comprar el pan y el periódico.

No podía entenderlo. Si el mundo se derrumbaba, ¿por qué los jubilados, con edades comprendidas entre los sesenta y cinco y los noventa y más allá, se resistían a variar sus costumbres, frenar de golpe el paseo diario y la partida con los colegas? Resulta que a los mayores no solo les cuesta más levantarse de la cama, sino que esquivan el cambio, se aferran a lo malo conocido, al mismo desayuno con pan blanco y al día a día convertido en extensión del dominio de lucha.

Los más jóvenes, si es que de verdad lo son, representan la metamorfosis semanal, la adaptación al medio hostil, la incertidumbre y la imaginación al poder, y ahora viven como los viejos, confinados y en pijama, echando partidas en grupo al Fortnite y olvidándose del Tinder porque en el tiempo de descuento lo de follar como que cuadra menos. Y lo veo claro: nunca los adolescentes se parecieron tanto a los octogenarios. Es en la mezcla de los dos donde se encuentra la esperanza.