Aprendiendo a recordar a Almudena

Nunca vi a Almudena Grandes. Ni siquiera le pedí que firmara la primera página. Tampoco asistiré a su funeral, punto y aparte, probablemente uno de los más tristes para tantos buenos amigos tan bien alimentados. No, no supe donde nació hasta que ojeé su biografía, ahora una esquela de domingo helado. Simplemente disfrutaba de sus artículos, un diario íntimo en un periódico. Supongo que, de alguna manera un poco extraña, logré conocerla sin darme cuenta, como si leer a una gran escritora implicara descubrir por primera vez aspectos de uno mismo, esa arena que descubre el mar en su descenso. A veces, lo más cercano es invisible, y la literatura achica el agua.

Porque aunque ella no lo sepa —ya nunca lo sabrá ni le importa—, «Las edades de Lulú» supuso mi primera aproximación al sexo y su carne, al deseo en un coche con las ventanillas empañadas y al intercambio de saliva, es decir, a la vida fieramente humana hecha ficción. Tenía once años. Así esperaba a quedarme solo en casa, cogía el libro de la estantería y lo abría por las páginas marcadas, las mismas que hoy releo sabiendo que su autora ya no late. El efecto sigue siendo el mismo, quizás porque yo ya soy otro. Extraña forma de tenerla más presente hablando en primera persona.

Así comienza la difícil tarea de aprender a recordar a las que ya no están, a Inés, a Malena, a Viernes, a Manolita y a Lulú. Hay tantas y sólo una Almudena. Descansen todas en paz, vivan en esos párrafos que ni el tiempo borra.

Santos inocentes way of life

Aprovechando que ayer fue San Jordi es un buen momento para realizar un ejercicio de escritura creativa. Se titula «Los santos inocentes way of life«, en honor al clásico de Miguel Delibes. Tan solo hace falta inhalar la nube de veneno desplazada desde los horizontes urbanos a las redes sociales y añadirle un poco de imaginación, adaptando sus personajes prototípicos a esta modernidad mal entendida. Intercambiamos boinas por ‘twits’, encinares por fibra y ‘milanas bonitas’ por desesperación y, violá, un nuevo clásico para el olvido con un toque americano.

Paco «el Bajo» somos la gran mayoría, trabajadores amordazados por el «lo que usted mande», confinados entre la deriva y una excepción que parece venirle grande a cualquiera, incluso a don Pedro, administrador del cortijo. Azarías, inocente que se orinaba en las manos en la novela, estaría interpretado por Paco Rabal y en cuanto al señorito Iván se postulan varios candidatos, algunos compungidos frente al espejo, otros envueltos en harapos rojo y gualda y aquellos que disparan a los pájaros en pleno vuelo.

Por cuestiones ajenas a la ficción, en esta nueva historia el señorito no muere ahorcado, sino que sale ileso, con la conciencia intacta y sus valores bursátiles al alza. Mientras tanto, el resto, un poco menos risueños y algo más viejos, vuelve a recorrer el cortijo, se frota los ojos por culpa de la claridad extrema y levanta la cabeza. De pronto, «un apretado bando de zuritas bate el aire rasando la copa de la encina en que se ocultaba». Sí, yo tampoco soy capaz de entender este final.