¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

La ciudad y el mar

En el punto de intersección entre la mente y el mar hay un silencio. Al borde de la orilla, el salitre impregna los pulmones y, como si se tratara de un truco de magia, desinflama la cabeza. Es una primera toma de contacto con este verano tirando a gris aunque no llueva, mitad simulacro, mitad promesa incumplida, pero es suficiente para apaciguar a nuestros caballos salvajes, a la incertidumbre como norma, a los destellos sobre la piel de un año aciago. Los niños en la orilla apenas levantan la voz; los mayores tampoco se atreven a respirar muy alto. Así vivimos, cuando nos dejan, con el afán del día a día.

Entrar en el agua implica rememorar el bautismo del último hombre en la tierra. Hundimos primero la cabeza seguida del cuerpo y, brazada tras frenada, el resto de miembros se deslizan en ese medio acuoso con reminiscencias de madre. Entre ola y espuma nos da por imitar a los muertos, escapar cerrando los párpados, mantener a flote esta caja torácica de aire, también de algas. Así completamos agosto, un tiempo entre dos orillas: una de coral, otra de castillos de arena.

Mientras tanto, la ciudad se borra de la memoria al tiempo que otro velero decide confiar en el rumor del mar. Desierto de agua, ola de corrientes, cuna de todo lo perdido, perfume de niñez y carnes blandas. ¡Cantemos al color del Mediterraneo, entendamos que el final del mar solo hay silencio! De nosotros, de lágrimas nunca derramadas, del ansia por desaparecer en él completamente. Hay un refugio en cada gota.

Ilustración: Tanaka Kiseki