Esos que miran el mar

Esos que miran el mar… tienen que ser amigos míos. Llegan antes, extienden la toalla y se desplazan poco o muy despacio. Delante, un mundo plano, cementerio de mareas vivas y ballenas. Así atraviesan el calor, sentados o con los pies sobre la arena, absortos en ese intercambio típico de los arqueólogos. Yo los miro, así que soy ese que mira a los que sueñan de espaldas al verano, es decir, a los que viven. Tiene algo el océano que iguala, convierte las quemaduras en alimento para barcos. Ellos que miran, que quieren descifrar el tiempo… y el mar a lo suyo.

A veces, los que miran al mar se levantan con desgana. También fuman. Una vez, uno se acercó a la orilla. Apenas movía la cabeza. Brazos pegados al borde de un bañador rojo. Ojos en la diana del horizonte, raya al medio entre el cielo y la cumbre, ola o charca sin orilla al otro lado. Porque en el mar nos cabe todo, incluso lo que no se ve, de ahí que algunos encuentren rumbos en la superficie, conchas, caminos. Si hay algo que represente la juventud perdida es el océano. Por eso insistimos: nunca estamos solos en ese infinito azul.

Los castellanos tememos al mar, de eso no hay duda. Es por culpa del barbecho y los cerdos, de las tardes en las que todo deja de moverse. En cambio, los que miran al mar insisten en el milagro de la multiplicación de los peces y las horas. Ellos en con su afán diario, yo observándolos queriendo ser un poco ellos, al menos de cuello para arriba. Hay un deseo en cada mirada, entre mis ojos húmedos, un anhelo de volver para contarlo. La eternidad era esto, de ahí que ellos insistan cada día.

Ilustración: Hiroshi Nagai

El verano de Madrid

Sí, Madrid como género literario, estival, que se quita la ropa en sus aceras sin prisa, bajo un sol de cerilla y rascador. A lo lejos, un último estribillo silencioso. Hace falta valor para quedarse, evitar la vida como tránsito de tierra, mar y aire. También para mirar el cielo, dormir poco frente a la ventana, resistirse a ser como los otros, veraneantes que no viajan cuando quieren, sino cuando les dejan. Porque eso nos enseña la ciudad en la estación del oro: el agujerito dura treinta días. Después se cierra, regresarán los entierros y el maquillaje en el retrovisor del coche, cierta gloria que hoy se parece a un hueso de cereza en la palma de la mano.

Hace pocas horas que Madrid dejó de acoger a todo el mundo. De gran urbe a pueblo a secas, cemento. Ahora el madrileño habla idiomas con lenguas de otra parte, viste con colores caqui y camina por la sombra, todo para ser contado en historias que duran el tiempo que la espuma moja los pies de un bañista al otro lado. La gravedad pesa lo justo, el equilibrio se transforma ante la ausencia de pasos y el murmullo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Madrid en el verano? De la nada, pero es nuestra.

No me queda claro eso de ser por fin nosotros en una ciudad que imita a los desiertos. Ni rastro del chotis, los claveles ni esos cristales llenos de luz como pintada. Mi portero riega la finca unos metros más abajo. Entonces pego la cabeza a las vías de tren que atraviesan mi jardín imaginario, percibo el latido de una criatura en su barbecho. Dentro de poco volverán las ganas. Madrid de rompeolas, Madrid sin fugitivos, Madrid de huesos nadando en la piscina. El resto… no pasaría nada si no vuelven. Pero siempre encuentran el camino a casa, siempre.

Ilustración: Guy Billout

Veranear

Viene el verano siempre con dos sombras. Una la que mancha las aceras, la otra es la de un lapso en la comisura de este calendario. Porque lo esperado termina por pasarse, moja los pies de la estación ingrávida. Entonces uno se aferra a la noche con sus días disueltos en mareas, frente al ventilador, aspas, sed, desvelo. Si hay que morir que sea ahora, con la luz de la nevera como guía, con las ganas de vivir intactas. Veranear, verbo intransitivo que implica vacación, el único momento donde el rico y el pobre se parecen. Mientras tanto, las niñas seguirán enamoradas del socorrista. La luna, en cambio, confunde hogueras con luciérnagas. Puro estío.

En el verano podemos secarnos al aire, vuelta y vuelo, dormir cerca del rumor del mar. Hay un campamento en alguna parte, un fuego. Imposible resistirse a no sacar la mano por la ventanilla. Nada de despertarse muy temprano para conducir más frescos. Mismo atasco, un océano de plástico, el interior a dieciocho grados. Tras la curva, la promesa que no acaba. ¡No te acabes! Pero acaba.

Cada año lo espero de la misma forma, en pantalones largos. Las ganas intactas, las faldas más cortas. Y llega la tarde cayéndose algo ebria por delante de nosotros. De este intervalo quedarán los libros que ocuparon la maleta, el ruido de los niños jugando en la otra orilla, la siesta interrumpida por los truenos. Ahora que te has ido, alguien debería escribir una canción de invierno. Por eso el verano atiende mis súplicas y regresa. Si no existiera se inventaría solo, con cada vuelta completa alrededor de todo, con cada vuelta completa alrededor de nada, sólo tiempo al tiempo. Y nunca es nuestro.

Ilustración: Guy Billout

¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

La ciudad y el mar

En el punto de intersección entre la mente y el mar hay un silencio. Al borde de la orilla, el salitre impregna los pulmones y, como si se tratara de un truco de magia, desinflama la cabeza. Es una primera toma de contacto con este verano tirando a gris aunque no llueva, mitad simulacro, mitad promesa incumplida, pero es suficiente para apaciguar a nuestros caballos salvajes, a la incertidumbre como norma, a los destellos sobre la piel de un año aciago. Los niños en la orilla apenas levantan la voz; los mayores tampoco se atreven a respirar muy alto. Así vivimos, cuando nos dejan, con el afán del día a día.

Entrar en el agua implica rememorar el bautismo del último hombre en la tierra. Hundimos primero la cabeza seguida del cuerpo y, brazada tras frenada, el resto de miembros se deslizan en ese medio acuoso con reminiscencias de madre. Entre ola y espuma nos da por imitar a los muertos, escapar cerrando los párpados, mantener a flote esta caja torácica de aire, también de algas. Así completamos agosto, un tiempo entre dos orillas: una de coral, otra de castillos de arena.

Mientras tanto, la ciudad se borra de la memoria al tiempo que otro velero decide confiar en el rumor del mar. Desierto de agua, ola de corrientes, cuna de todo lo perdido, perfume de niñez y carnes blandas. ¡Cantemos al color del Mediterraneo, entendamos que el final del mar solo hay silencio! De nosotros, de lágrimas nunca derramadas, del ansia por desaparecer en él completamente. Hay un refugio en cada gota.

Ilustración: Tanaka Kiseki