Cuando la muerte sepulta la actualidad

El río sube, los cuerpos son arrastrados por la corriente, y los afortunados, secos y desde la ventana de sus pisos altos, miran el mundo con otros ojos. Las tragedias cambian el paisaje, al menos mientras son noticia. Durante unos días, la actualidad esquiva el acoso o el fútbol, las conversaciones con los amigos recuperan un tono más pausado, como si la destrucción de las imágenes salpicara de barro los temas importantes, ahora pura anécdota. Como siempre, lo único que empaña este momento de introspección es la clase política que, con su oportunismo, mancha el silencio de las víctimas. Si no respetamos a los viejos, ¿cómo respetar a los muertos?

Qué necesario agachar la cabeza, remangarse la camisa y hundir las manos y las rodillas en ls mierda. También en un sentido práctico, sabiendo que a veces ayudar consiste en echarse a un lado. Hasta las peores tormentas terminan en alguna parte del cielo. Hoy el sol apareció por detrás de las nubes. Tal vez para revelar con más nitidez el daño, quizás para mostrarnos un camino bajo los escombros. Aprovechemos la vida aferrada al madero, el tiempo que nos lleva por delante. Ya se encargarán algunos de invocar la peor de las tormentas, la de los humanos podridos de intereses.

El efecto de la tragedia imita a la enfermedad, moldea el espacio, define las prioridades, nos da un propósito. Luego, con el afán diario, pasamos a otra cosa, olvidamos la letras de las canciones o el nombre de una flor. Nos quedan sus nombres escritos en las tumbas, una urna, fotografías en el disco duro, aquella tarde bajo los castaños, el sonido de su voz en la habitación de al lado, un hueco en la mesa. Nada de lo que una vez fue arrasado puede levantarse igual, de la misma forma que destruir lo que separa no es unir. Por una vez, por una sola vez, estemos unidos. Y cállense.

Ilustración: Alex Colville

Del peligro de la carretera

Terminaron el concierto tarde. En lugar de irse a descansar, decidieron conducir de noche. La carretera está llena de trampas. Cerca del destino se produjo un choque. Dos vehículos. Y un pitido. El resto es un sueño silencioso. Fue el 14 de agosto de 2016, pero el accidente del grupo Supersubmarina perdura en la memoria de muchos técnicos y músicos que deben desplazarse cada fin de semana. Viene con el trabajo. Te mueves, montas, se toca alto y la cerveza desaparece. Después se respetan las ocho horas de sueño. El grupo ha dejado una huella en la gente que no olvida. También un zarpazo en el asfalto de la carretera.

Pregúntale a cualquiera que conozca el oficio de girar. Durante muchos años se han cometido barbaridades. Un concierto siempre fue una celebración, aunque no venga nadie. También es un trabajo. Por eso la gente bebía y se drogaba, también los conductores de las furgonetas. Incluso los hay que iban de empalmada. Había que volver y si tienes poco público lo más rentable es recoger e irse. Los hoteles son carísimos. La carretera termina en una cama. Los miembros de Supersubmarina pueden cantarlo. Nino Bravo, Tino Casal, Cliff Burton, Marc Bolan, Duane Allman, no. Pero siguen vivos a nuestra manera.

Puede que el «quinto Beatle» sea la carretera. A ella se le han dedicado muchas canciones. En algunos de sus tramos hay flores secas y cruces. Las cosas han cambiado en esta pequeña industria. El conductor descansa sí o sí. De lo contrario, se saldrá más tarde. El público solamente ve el humo y las luces sobre el escenario. Detrás hay horas en una furgoneta, con los cascos y la armónica de Dylan. Amanece en ruta. Cuando la música deja de ser eso que hacías para divertirte con tus tres amigos suceden otras cosas. Algunas bonitas, otras mala suerte. Me alegro mucho de ver al Chino, a Juanca, a Pope y a Jaime con ganas de seguir viviendo. La música siempre nos palpita. En el arcén, en el silencio, con el viento de cara. Y no pide nada a cambio. Todo lo contrario que la carretera.

Ilustración: Ryo Takemasa

Aquellos que entierran a su pareja en vida

La ruptura implica muerte, muerte de un organismo lleno de futuros y un pedazo indeterminado de sus partes. Poco importa si uno deja o se encuentra al otro lado. A veces, el organismo muere solo, por falta de luz o tierra fértil. La vida. Esa muerte es el principio de la ausencia y a ese hueco debemos enfrentarnos. Todos. El dolor se pasa y, sin embargo, siempre duele. Por esa razón observo a aquellos que entierran a la que fue su pareja cuando todo acaba. Esa pareja antigua todavía late, tiene tiempo y puede que alquile un piso por el barrio. Para esa gente esa pareja ha dejado de existir. Y no lo entiendo.

A aquellos siempre les pregunto. ¿Cómo lo hacéis? Se supone que algo tiene que quedar, estaciones a medias, manchas de café y un viaje al norte. A veces hay niños, una cama triste, contratos y un final que pesa lo que pesa la infancia ya de adultos. Aquellos que entierran a su pareja lo hacen para conservarse, olvidando que las horas pasan igual de lentamente. O ellos en ellas. Enterrar al otro implica enterrar un cuerpo todavía tibio dentro de la nieve. Pero nadie puede enterrar los recuerdos. Ni siquiera en el fondo del mar.

Yo quiero que las que fueron mis parejas sigan cerca, aunque se despierten con otra pareja en otra parte. Ellas me ayudaron en este tránsito de ir envejeciendo. Además, está bien pensar en alguien más, salir de esta madriguera para uno y caer en la cuenta de que doblas las sábanas tal y como ella te enseñó. Solamente los muertos de verdad son tierra. El resto vamos acercándonos a eso con el viento en contra. Aquellos que entierran a su pareja en vida me ponen triste. Los abrazaría para hacerles entender. Los entierros guardan un misterio. Las rupturas desvelan lo que una vez vivió enterrado. Qué extraño, qué humano. Es lo mismo.

Ilustración: www.sargamgupta.com

Nuestros muertos

Todos tenemos dos padres (con o sin nombres), cuatro abuelos viejos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos y así, y de manera exponencial, dos mil cuarenta y ocho decabuelos desde 1800. Aquel año, Napoleón atravesaba los Alpes para invadir Italia. Un retroceso de veinte generaciones con sus incestos, primos insoportables, cuñados y parientes elevaría la cifra (empleo dígitos) hasta 268 millones. En el siglo XI, solamente cien millones de personas poblaban la Tierra, lo que implica que todos compartimos amor, sangre y esa célula cancerígena llamada familia.

Hasta aquí leyendas y árboles. La actualidad promueve la reacción de algunos respecto a sus muertos, los de la paz y los de la guerra. En cuanto a los primeros, están a salvo, presentes de una manera extraña. En cuanto a los otros, todo frases huecas: «hay que pensar en los vivos»; «de nada sirve remover el pasado». Entre la tierra y la putrefacción, así transcurren el abuelo de la cuneta y el bisabuelo de la fosa común, callados porque nunca se les concede la palabra, aunque acechen como la lluvia y el hambre. Mejor dejarlos, que es en ninguna parte. Bonita manera de tratar a la familia. Alguien olvida que, en caso de ser algo, seremos memoria, viejas fotografías. Y que le den a la historia.

Quizás crea que es importante encontrar a estos muertos porque mi padre no respira en un cajón. Nadie tuvo valor de vaciar aquella urna. Será que saberle ahí nos da tranquilidad y que, a pesar de su ausencia, perpetúa esta unión hecha de cenizas. Los desaparecidos nunca descansan ni dejan descansar, representan el vacío en las sobremesas y la falta de uno o varios platos soperos. Rebusco en mi pasado genealógico y desentierro las palabras del decabuelo de mi decabuelo, Confucio: «El odio entre parientes es el más profundo». Y sigue vivo.

Ilustración: http://www.klauskremmerz.com

Ese número de teléfono que nunca borras

Imposible. Desde que murió eres incapaz de borrar su número. Sigue en Favoritos o en el fondo de los contactos que crecen por latidos. Es más, ni siquiera compruebas si el número sigue en tu memoria. Conoces la respuesta, nueve cifras. Eliminarlo de su urna física, un móvil en el siglo XXI, supondría enterrar el cordón que os unió una vez y todavía aprieta. Y es que ese hilo invisible entre las arrugas y la tecnología es una forma de amor que ama en vida y través de la ausencia. Duele, cierto, pero aún más tirarlo como el que tritura fotos, documentos, cáscaras.

Durante meses marcaste su número, normalmente ebrio o de noche. Su voz respondía y tú colgabas, quizás consciente de que son los vivos los que hablan con los muertos, nunca al contrario o vía Movistar. Era la fuerza de la costumbre convertida en duelo. Con la reconstrucción de los días desgarrados, la línea quedó fuera de servicio. Entonces te aferraste a lo único mundano que se origina en el más allá para volver como una mancha en el sol, como una raíz: los recuerdos.

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ni siquiera te aprendiste el número de tu pareja, de tus mejores amigos. En cambio, el suyo se hace presente al saquear el pasado, te concede la duda y por lo tanto el deseo de seguir viviendo. Es extraño, pero el móvil representa todo aquello que quedó por decir, hace las veces de camposanto entre tanta pieza china. En su falta celebras la suerte de poder contarlo. Está en ti y respira en todas partes… menos en la guía de teléfonos. Porque casi todo pasa.

Ilustación: Marco Melgrati

Nuestros muertos

«Ojalá tu padre pudiera escuchar el disco» dijo madre por teléfono. Y es que los muertos no ven, mamá, pero nos oyen. Sobre todo en las mañanas de tajo y carboncillo. Tampoco vuelven, porque nadie regresa si nunca se ausenta. Simplemente colocan la oreja en el tabique de esos vivos que creen en el tránsito, el suyo propio, el único. El muerto, en cambio, se levanta, prepara café, rebana el pan, da cierta continuidad al afán de los días. En definitiva, hace memoria de nosotros en su ausencia. Es el silencio el gran problema, un jirón de vida que abraza a los que laten. Si uno lo piensa, la muerte embruja a los que colocan coronas de gladiolos y claveles, encienden velas, escuchan réquiems con la esperanza de librarse del olvido. Insisto, el muerto oye, por eso nunca muere.

También resuena. En las cuerdas de una guitarra, en las hojas de parra mecidas por la luna, en los abrazos del tiempo dislocado. Alguno incluso sueña con vivos que les sueñan, hijos, esposas y amigos que cierran los ojos para despejar las dudas sobre la dimensión del amor supremo, recuerdo conservado en ámbar, apego que es todo por ser siempre. ¿Cómo negar la evidencia de lo que nadie ve y sin embargo siente? Cada muerto avala esta esta teoría; nos va la vida en ellos.

Llegará un momento en que, de tanto mencionar a padre, acabe convirtiéndose en historia, y por lo tanto ficción. Yo sigo rellenando páginas de música (¿o son pentagramas de palabras?) con la certeza de que aún las oye. Y es que fueron escritas por una parte del yo que fui estando él cerca, también con restos de ese yo lejano que se resiste a no seguir haciendo ruido. Aquel tiempo se deshilachó con nosotros, de la misma forma que los muertos nos suturan con la aurora. Démosles la oportunidad de oír nuestra mejor versión, la de la biografía vivida a expensas de una muerte que sólo existe en los confines de la vida.

Ilustración: James Turrell

Camilo Sesto y el ruido de los vivos

En España sucede algo que se repite con la misma asiduidad con la que la muerte embiste al artista de turno —generalmente intérprete o músico— sorprendiendo a propios y extraños por los acalorados debates en torno a un cadáver todavía tibio. Porque, por una extraña razón difícil de comprender y más allá de las largas colas y las coronas de flores, la tristeza (instrumental o patológica) que aflora de entre el humo del puro y el órdago a chica poco tiene que ver con el último adiós a uno de los mejores cantantes de la historia de este país —a mis ojos el más completo por registro vocal—, sino que se recrea en los numerosos episodios depresivos que asolaron su vida, en las operaciones estéticas a las que se sometió siguiendo el ejemplo del Michael Jackson de la última etapa o en el típico «no era más que un hortera con un par de canciones empalagosas como el algodón de azúcar. Ponme otro Ruavieja, haz el favor».

Quizás sea porque en la tierra del sol pintado y la envidia no hay tiempo para el duelo y la memoria se empaña con el negro de los sermones, pasatiempos para el populacho que reparan en episodios menores de la vida de aquel hombre de ojos azules y expresión triste, autor de 340 temas y con más de 100 millones de discos vendidos en todo el mundo.

Y si las cifras tampoco son el epitafio adecuado para medir la valía de un artista —a pesar que algunos las consideren medida del éxito—, ¿qué se supone que deberíamos decir de alguien que dedicó su vida al indigno arte de cantar? Quizás lo mejor sea contener la bilis, dejar trabajar a los sepultureros y guardar silencio frente al mausoleo de Camilo Blanes Cortés, el único hijo de Eliseo y Joaquina que alcanzó la inmortalidad persiguiendo voces desconocidas atrapadas en una canción.