Resistir

Resistimos todo este tiempo. Un mantra de oposición escrito en un cielo para niños. Nos limitamos a imitar lo que vivimos en casa. Padre resistía al despertarse muy temprano. Madre resistía en un trabajo fuera y otro entre paredes. A su vez, padre y madre resistían porque sus padres y los padres de sus padres resistieron. Pero ya no. La resistencia ha terminado. Hemos tenido suficiente. Ahora es momento de dejarse ir. Nada que ver con la derrota. Hace falta valor para admitirlo: que resistan los fuertes. Nosotros dejamos de resistir para evitar rompernos. Fuimos débiles, nunca nos rendimos.

El que resiste no gana, solamente resiste. Y sopla un viento que duele y el sol calienta menos que una estufa y el invierno es largo. Los animales lo despiden aletargados bajo un manto de nieve. Resistir, dormir, tal vez soñar. La palabra resistencia trae un aire de guerra entre aquellos que nunca quisieron ser soldados. Hasta los soldados aspiran a vivir en paz y agradecidos. Muchos conocieron el amor, atestiguaron el poder de la música y el tabaco, vieron un atardecer de fuego por detrás del bosque. Se acabó resistir a toda costa. La única resistencia que sirve se erige en contra de la muerte.

Podemos crecer, ampliar horizontes lejanos, aprender y progresar sin tener que resistir dentro de las horas, las estaciones, los años. Hoy se acaba. Hoy hay un compromiso de vida para resistir sin oponer ninguna resistencia. Este compromiso implica aceptar el lugar que ocupamos con la certeza de que la felicidad nunca es una aspiración que va a la contra, que los abrazos poco tienen que ver con los límites del cuerpo. El dolor desaparece cuando deja de encontrar obstáculos, barricadas. Hay calor sin resistencia, hay Sol. Lo juro.

Ilustración: Guy Billout

Echar de menos

Puede que perder a alguien al que has querido bien se parezca a la muerte. Al menos los primeros días, estaciones. La extrañeza pesa como el mármol porque, si él o ella no está, tú ahora tampoco. Entonces te desvelas siendo todavía noche, más solo, más flaco. A tu lado yace lo que fuiste una vez antes, huesos, hueco sin reemplazo. Poco importan las palabras, menos el tiempo. Echar de menos cuenta como enfermedad. Remediable, eso sí. El mundo ahí fuera se vacía, es esa cama con dos almohadas, una sin pelos.

Sentir la falta recuerda a la nada en un domingo. Extrañas la ternura entendida como bálsamo, única porque procede de ese rincón secreto, de dos a los que nadie ve salvo las paredes de una casa. La confianza se construye con abrazos y algo de mortero. Ni siquiera los amigos pueden dártela, aunque lo intenten. También extrañas la locura de poder ser tal y como tú te miras, con el otro cerca, con todos los defectos y el brillo de los ojos aún intacto. El rastro se intuye en la pintura, en el recuerdo. Será que vives.

Así echas de menos, creyendo que nunca nadie podría hacerlo de la misma forma, ni siquiera el extrañado. ¿Cuánto tiempo puede durar una costumbre? Con esta duda vamos dejándonos atrás, más despacio que el tiempo, con los días y su afán tapando la grieta… a pesar de que te conduzcan indefectiblemente al otro, ese que ya no está, que fue, que respira bajo un cielo sin aire. No hay nada peor que recordar un tiempo feliz en un instante triste. Y a pesar de ti amanece.

Ilustración: Guy Billout

Cuando tu mundo desaparece

El mundo nunca fue uno, sino todos. Ni siquiera antes del primer destello. Desde entonces, los peces, las copas de los árboles y los seres silenciosos han visto desfilar universos infinitos, héroes. Creyeron que nada cambiaría. Porque ya se sabe que la juventud implica una mentira, como si lo que sucede no fuese más que un problema ajeno. Una mañana, ya adultos, reciben la noticia. Luego les invade la pena. De noche, se acercan a la ventana con el estómago vacío y observan los restos del primer destello. Orfandad siempre sin sol. Nada que ver con los vínculos de sangre. El ídolo ya no respira. El mundo es otro, suyo.

Ocurre en intervalos irregulares. La muerte tiene esas cosas, que insiste sin avasallar. Quizás por esa razón nos avergoncemos de haber pensado que Lanegan, Marías o Godard estarían siempre. Presentes desconocidos. Se dejaron escritos, también en imágenes y notas, y a ellos volvemos cuando queremos entender qué es esto que nos sucede y daña. Por su culpa supimos lo que no queríamos. Saber lo que queremos resulta inasumible. Entonces el cine, la música, los libros con arena de playa entre las páginas cumplen una promesa que nunca hicieron.

Necesitamos creer que nada cambiará, gran forma de engaño. Lo contrario implica adaptarnos a un espacio virgen, con el perfil del cuerpo, pero en una postura hecha de escorzos. Las transiciones están llenas de melancolía. De ahí que algunos opten por quedarse rezagados. La tarde, mientras, anticipa madrugadas. Después, los párpados se encargarán del resto. Sí, yo también soy copa de árbol, un pez, otro ser silencioso que añora el mundo que se va perdiendo. Por eso sigo, de otra manera sigo siendo. Y está bien.

Ilustración: Guy Billout

No leas más noticias

Prendemos. La palabra vergüenza acapara lo desalojado y un sol de mechero arde por arriba. La quemadura se produce al querer informarse, leer un titular en caracteres o tinta, al buscar otro contacto de la piel y lo que sucede cerca, quizás ese otro lado que no es piel. Todo cenizas, desesperanza, pescadores disparando a la punta de un iceberg. El agua de los cascotes polares a precio de champagne. Galicia lleva un mes sin charcos. ¿Dónde están las noticias para humanos? Resulta que ni los periodistas quieren ya leerlas. A nadie le hablan porque, de hacerlo, hundirían al mundo en su propia bilis. Y ya estamos hundidos. De ahí las maniobras de escapismo, el verano.

Evitamos la repetición diaria, aunque los días se sucedan. Vivir como forma más perfecta de desaliento. Lo confirman las encuestas: a mayor drama, mayor sufrimiento para el lector, vidente. Informar no puede ser solamente eso. Cierto, el mundo es digital, pero vinimos a él de entre las piernas de una mujer. Algunos quieren comprender, por qué, ordenar el movimiento de rotación previo a la calma. Diagnóstico: estrés postraumático. Mejor mirar hacia dentro. En eso consiste la noticia, en cerrar los ojos.

Este verano comienza bajo de esperanza porque sabemos que terminará peor. Cierto, en algún momento, antes, pudimos variar su curso. Ahora también, pero tanta rabia acumulada entierra la curva, produce monstruos en la carretera. Detrás de esa duna estaba el mar, estoy seguro. La noticia como mercado, la noticia como servicio. Mientras, el tiempo a lo suyo, la información y su mella, el conocimiento quedándose sin aire. Nuestras opiniones se encargarán de contaminar los últimos parajes vírgenes. Es el naufragio, y a pesar de todo, seguimos agitando los brazos ante la vida.

Ilustración: Guy Billout

La guerra ha muerto, viva la guerra

Pensábamos que sería distinto. Más teniendo en cuenta que la lógica del presente retuerce las palabras, el mundo. Así, la ignorancia se considera un atributo, la libertad una terraza, pero la guerra, en cambio, mantiene su significado íntegro, su metástasis. Forma de agresión artificial, acapara realidades —tantas como ventrículos— con el cadáver de un virus aún tibio en urgencias. Al menos este enemigo de la vida cuenta con nombre y apellidos, ojos de cuchillo y montaba osos de menos viejo. Si nos paramos a pensarlo no odiamos a Putin, odiamos la guerra. Por eso vuelve. También la lluvia.

Resulta que la paz vende menos, sale cara en términos de influencia. Malditos sean los territorios. De ahí que se recurra al horror cuando el paisaje se vuelve estático. Entonces surgen las frases contra la barbarie porque, de alguna manera un tanto extraña, sabemos que la mejor arma sigue siendo la paz y el amor de su recámara. También que no sólo morirán los muertos, también una parte en los vivos. Y el amarillo y el azul de una bandera con sentido… por un tiempo.

En cada conflicto hay una derrota total. Nadie gana, ni siquiera aquellos que se saben vencedores. Quizás por ello se suceden los enfrentamientos, humana forma de demostrar un imposible. Queda claro que el lenguaje ha fracasado donde lo harán tanques y balas. En cuanto a la verdad y las razones de un ruso, poco importan si los ríos se tiñen del color del atardecer y las casas se llenan de viudas y crucifijos. Odiamos esta nueva contienda, precisamente porque el odio nos ha llevado a conocerla. No hay guerras mundiales, todas son civiles. Todas.

Ilustración: http://www.nytimes.com

Parad

El virus se extiende y ya estamos buscando culpables. Algunos apuntan a la imprudencia del gobierno de Sánchez; a los malditos chinos; al comportamiento del español, animal de ocio y esparcimiento que busca en el trato con los demás la excusa perfecta para librarse de sí mismo, la caza a cualquier precio de una satisfacción escurridiza entre semana.

Observo la conducta de algunos autónomos exigiendo cuentas por las cancelaciones, a los que prefieren ponerse en manos de las competencias transferidas en materia de prevención para celebrar su próximo concierto fuera de Madrid, imprudentes exhibicionistas lanzando proclamas en las que combatir la epidemia con música, juntos en el calor de una sala… y me entristece.

A todos aquellos que no quieren entender —es evidente que lo entienden pero es más fácil vivir con los ojos cerrados— les canto que es el momento de parar y guardar la furgoneta en el garaje, de realizar esa llamada al pueblo de la infancia, de convertir sus casas en un jardín de libros y películas, de absolver a los abuelos de la compañía de los más pequeños, de mirar hacia dentro y pensar que el mundo no empieza y acaba en uno mismo, sino que el mayor acto de responsabilidad civil es echar la llave de la puerta. Lo sé; todos tenemos que pagar las facturas, pero ahora la muerte acecha a los que conocieron la vida y os olvidáis de lo importante: si hay música en vuestra alma se escuchará en todo el universo.

Pagar

Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.