Sobre la caza del moro

Estoy sentado frente a un ordenador, a 442 kilómetros de Torre Pacheco (Murcia). Allí, hace 24 horas, comenzó la «caza al moro« tras una supuesta paliza propinada por dos inmigrantes a un local. La distancia (también en el lenguaje) sirve para entender por qué alguna vez llegamos a estar juntos, y hoy, en un municipio de 40.000 habitantes, todo es distancia, una excusa para convertir al extranjero —fuente de invisible de trabajo e ingresos — en blanco, para legitimar a un grupo de nazis a impartir justicia. Otra vez el odio partidista y el victimismo autóctono evitando desviarse del plan trazado: un país, una lengua, una raza… tres mentiras. El colapso cívico viene de dentro, nunca de otras latitudes.

Da igual las veces que se insista en la ausencia de correlación entre delincuencia e inmigrantes. La realidad va de creencias ligadas a una percepción, la de cada uno, infinitas, tantas como bulos se lanzan desde las redes y la tribuna. ¿Desde cuándo los nazis sirven para garantizar la ley y el orden? 14 kilómetros de agua separan Tarifa de Cires, un mundo debería separarnos de aquellos que piden la cabeza de los moros. Allí donde no llega el Estado, llegará un patriota. Y si el Estado llega tarde, entonces justicia y venganza son intercambiables. Más mentiras.

Termino de escribir. Apago la pantalla. Fondo negro. Miro mi reflejo blanco y mortecino. Voy a la cocina. Abro la nevera y saco unos cogollos de lechuga. Origen: Murcia. Pienso en la frase de Galeano: «El racismo no nació del color de la piel, sino del interés económico que justificó la esclavitud». La inteligencia sirve para muchas cosas, también para apuntar que el problema de España, y por lo tanto del mundo, es la ignorancia; nosotros no somos nosotros, somos los otros; el miedo, el muro separándonos; vecinos de Madrid y Torre Pacheco, blancos, miradas, mentiras, negros, una distancia irredimible que, en realidad, no existe.

Cosas nazis

El chico de barrio aficionado al fútbol, el hijo del relojero… cualquiera puede ser nazi. Porque un nazi es el que hace cosas nazis, es decir, aquel que ejerce la banalidad de la violencia. Basta con subirse al escenario y pegarle una hostia al cómico de turno, amenazar a un escritor que firma ejemplares en su caseta o reírse al presenciar la escena. Nada extraordinario, nada alejado de las múltiples manifestaciones con las que el mal nos pervierte cada mañana. Aquí no hay un culto a la estética ni minorías perseguidas. Cualquiera puede ser el objetivo porque el nazismo gana el juego de la democracia con defectos. Ellos están por todas partes, pero nadie parece verlos. ¿Quiénes son ellos? Nazis que ejercen el terror físico contra el individuo y las masas.

Suele ser habitual que, cada vez que un nazi actúa, la respuesta de las autoridades sea tibia. «Vamos, circulen», dice el policía indolente mientras el nazi se aleja sin pensar en hacer el bien o el mal. Desde fuera percibimos la asimetría con la que se reacciona ante este tipo de conductas. Nazis intocables, nazis en las instituciones, nazis marcando los tiempos de la calle, nazis. Frente a la inacción, los ciudadanos recurren al señalamiento y la denuncia en redes. Debemos equiparar la palabra nazi al «¡fuego, fuego!», utilizar el dedo como arma. De lo contrario, ganará el matón.

En mi instituto había nazis. Llevaban la cabeza rapada, chaquetas bomber y cruces de hierro sobre camisetas blancas. Su ideología era la de amedrentar a los estudiantes, pegar al guarro, utilizar los puños como forma de expresión impune. Yo les veía pintar esvásticas en las paredes y beber latas de cerveza después de los partidos. Supongo que fui cómplice por no juzgarlos. Mi valor era inversamente proporcional al efecto de sus botas con punta de acero. Nada ha cambiado. Los nazis a lo suyo, destruyendo; nuestro silencio como el peor de los fracasos.

Cosas nazis

Los nazis siempre han estado presentes en mi vida y un poco en la de todos. Los recuerdo en el recreo, entre algunos de mis amigos, también en la calle y en los bajos de Argüelles. Además de los gestos grandilocuentes, el paseíto en grupo y una estética proletaria similar a la de sus antagonistas de izquierdas, poca ideología había ahí. De lo que se trataba era de infundir el miedo, pegar palizas a guarros e inmigrantes y llenar las paredes de símbolos ignífugos cargados de odio y mala letra. Hitler, Goebbels, Hess y compañía representaban una influencia en sus comportamientos, si no estética al menos vital: los nazis sienten una debilidad especial por repartir hostias, y de alguna manera, todos los violentos son un poco nazis.

Resulta extraño como ciertos medios de comunicación se niegan a utilizar esa palabra para definirlos, como si el hecho de obviar o negar la realidad implicara que ésta pudiera llegar a desaparecer. Sucede también con las palabras vinculadas a los bancos, la fe católica, el rey en todas sus generaciones y los pezones de Instagram. A diferencia de lo que sucede con los nazis, ahí sí que hay consenso y todo el mundo sabe lo que es un ladrón, un mentiroso, un caradura y la cima de una teta.

Por parte de la derecha el sinónimo empleado suele ser radicales, nostálgicos, ultraderechistas, jarabe democrático, chicos fornidos o ultras. En cuanto a los de izquierdas dudan entre nazis o payasos. Lo más triste en lo relativo al control por el discurso, sea del signo que sea, es que la verdad queda fuera del espectro por el poco interés que suscita o simplemente porque el significado de las palabras se ha deformado hasta tal extremo que pocos son capaces de emplearlo convenientemente. Digo pocos, porque algunos seguimos llamando nazis a los que hacen cosas nazis y además lo son.

Ilustración: http://www.wwkimmiki.com

Isabel Medina Peralta, ha nacido una estrella

Así nacen las estrellas del tiempo moderno. Salen en la pantalla de un móvil, acaparan conversaciones en grupos de Whatsapp y después desaparecen como un pedo con mucho aire. La de hoy se llama Isabel Medina Peralta, es dueña de unos labios como las cerezas, odia al judío —no a los judíos— y se define como nacionalsocialista de ideología, pero fascista de cuerpo entero. Nada de nazi, ¡seamos, precisos por favor! Con estas credenciales se presenta en sociedad, una entre muchos hunos rapados, carne de dieciocho años arropada por gente y pocas personas. A pesar de todo, la puesta en escena es tan escandalosa, con los de la División Azul a tope de endorfinas, que a muy pocos se les ha pasado por la cabeza que todos a su edad éramos igual de gilipollas, quizás menos fotogénicos. Eso sí, nadie nos entrevistaba.

Ahora estará en casa, mirando Twitter, preparándose para ir a la cárcel y escribir un libro que será un best-seller tan mal escrito como Reina Roja, aunque de distinto color. Suponemos que antes de dar ese discurso maníaco nadie le avisó de que «el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice», al igual que es muy probable que desconozca que detrás de su nombre y apellidos se esconden judíos, árabes y toda esa bazofia de la que habla. Está claro, la chica ha estudiado, aunque no queda tan claro cómo.

Más allá de consideraciones históricas y diarreicas parece evidente que toda la atención recibida se debe a que es guapa y además mujer, lo que amplifica la pena. Y da igual que nombre a Nietzsche, Wagner y Heráclito para demostrar lo inteligente que es —desde luego es la más lista de los asistentes a un homenaje que incluía abogados, sacerdotes y dos premios Nobel de fumar— porque ella sóla representa al fascismo más banal, la enésima resurrección de un movimiento blanqueado que asume las formas contemporáneas para su mensaje de odio, filtros y mentira. Eso sí, en 2020 esta mentira ya no está contada por matones. Pena con pena y pena vivo.

Ilustración: She wolf of the SS

El fascismo es alegría

El fascismo es alegría. El sábado, estas cuatro palabras fueron pronunciadas por Ignacio Menéndez, abogado de Carlos García Juliá, uno de los autores de la matanza de Atocha y condenado a 193 años de prisión de los que cumplió 14. Espoleado por reservistas, gente con poco pelo y mucha memoria, formaba parte de un homenaje a la División Azul, unidad de voluntarios españoles que luchaban contra la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Su lema: «Sin relevo posible, hasta la extinción». Establecido el contexto, repleto de alegatos contra los judíos y caras al sol, un sacerdote blando, consignas para saltarse el toque de queda y barra libre de simbología nazi, es inevitable pensar que hace una hora han encerrado a Pablo Hasel por cantar «me cago en la marca España explotadora y casposa». Y sí, las comparaciones resultan odiosas, pero dejan al descubierto las costuras de nuestra democracia, de nuestra realidad flotante.

Es verdad que el fascismo es regocijo. De hecho, cuenta con numerosos defensores en el Congreso al otorgar pases pernocta para sus afiliados y votantes, una pátina de invulnerabilidad. Manifiéstate en su nombre, busca cobijo en su bandera y podrás volver a casa sin temor a la ley y sus consecuencias. Sí, es alegría, del latín alicer o alecris, presencia de lo divino como flujo transformador y energizante, un acto de rebelión contra los principios más básicos de la convivencia, la insumisión mal entendida de este siglo envuelta en el honor y la gloria de todos sus muertos.

Por eso los fascistas entonan la palabra ¡arriba! con la certeza del que se sabe a salvo. Por eso gritan más alto, señalan al débil, desgastan la palabra patria, España a un lado, al otro Europa y allá a su frente la impunidad. Así el pasado regresa una y otra vez al ahora, para recordarnos que los hay que no sólo no aprenden, sino que se refuerzan en sus convicciones, e incluso atraen sangre fresca con labios rojo plasma. Tanto se resiste a morir que retuerce el sentido de las palabras y la pena se convierte en alegría, el gris tiende al azul y la mentira es una supuesta verdad contada por cobardes. A esa ficción me remito con las palabras de Porco Rosso: «Prefiero ser un cerdo a ser un fascista». Y también un triste.

Ilustración: http://www.studioghibli.net