Copos, copón

Pocos de los que coreaban el “A quién le importa” ayer en la Puerta del Sol habrán madrugado hoy para retirar la nieve acumulada frente a sus portales. Será porque lo que nos gusta es celebrar ante todo y ante todos, grabar vídeos a cámara lenta en los que desaparecer sin magia, recorrer en trineo de huskies la Gran Vía…, pero lo de ir más allá se nos hace un poco bola. Y es que lucir modelito de invierno en la ciudad no sólo marca tendencia, sino que implica obligación de cara a la galería, y la sorpresa ante un fenómeno tan atípico como hipnótico dura más de lo recomendable, tanto que terminamos olvidando que la esponja se hace hielo si el mercurio baja, y el hielo es hormigón sin dióxido de titanio y nadie puede curar si las vías permanecen sepultadas bajo un manto tan blanco como letal.

Así las cornisas se desprenden de sus gárgolas. También los árboles se pliegan ante tanto peso. Entre tanto, pocos son los que se dan cuenta de que andamos desamparados, no hay plan, nunca lo hubo. Por lo tanto, ante la llegada del frío y su cuchillo la única solución es salir a la calle y rascar con un recogedor o un palo de escoba, lo primero que tengas a mano, ¿alguien tiene una pala en el armario?, despejar los pasos con sal y agua caliente para descubrir que, en realidad, es la gente la que estropea la nevada. En el suelo encuentras pelos, rastros de agüita amarilla, historia, escoria y, a juzgar por la cara de los operarios del ayuntamiento, han dormido más bien poco. Como en la Cañada Real.

Lo mejor de esta Filomena —las tormentas siempre tienen nombre de mujer— es que tras su paso deja la sensación de lo poco que importa lo que de verdad importa. Tampoco se trata de amargarle la fiesta a nadie. Aquí cada uno que haga lo que quiera, que así ha sido hasta ahora. Sin embargo, el día en que Madrid se convirtió en Valdesquí sin telesilla quedó al descubierto la verdadera naturaleza humana en todos y cada uno de nosotros: la gente extraordinaria recorría kilómetros a pie para llegar a su trabajo, la gente corriente hablaba del tiempo y los mediocres pedían comida para llevar. El universo y la estupidez son infinitos, copón.

Ilustración: blinkart.co.uk

Nieve, nieva

Tenía que nevar para que el mundo cambiara de una vez, para que durante un espacio de tiempo amortiguado abramos las ventanas, miremos hacia arriba y reconozcamos un paisaje dentro de otro paisaje, ahora lunar. Porque sólo el silencio es capaz de abrirse paso entre los copos, y derrotar al eco, y el invierno por fin defiende la matemática de nuestros pasos flotando alrededor de la tierra. Es por esa razón que, cuando todo es blanco, el pecho se frena, la vida es un poco más letargo. Será porque nos devuelve a las batallas con bolas de nieve en el patio del colegio, a esa bufanda con pompón regalo de la abuela, a las manos dentro de unos guantes y los labios del color de las cerezas. En definitiva: al amor y el deseo sin otro cuerpo cerca.

Odiamos el frío, despertarnos en mitad de un beso incompleto, el sudor cuando imita a los lagartos. Sin embargo, a todos nos gusta la nieve o ver nevar, que no es lo mismo. A algunos porque les sirve para recorrer montañas sobrios y haciendo eses, a otros porque cuando se acumula en el arcén significa día libre, o sea, en cama. A mí porque es la ocasión perfecta para ocupar la acera y observar mirando, callar comentando la caída, mirar de nuevo, después sonreír, observar una colilla sepultarse. En realidad, lo que apreciamos son los minutos de tregua que concede. Nadie va a iniciar una guerra mientras nieva; nadie. Como mucho algunos pensarán en diamantes o en comprar unas botas con forro de lana merina.

Lo mejor de todo es beberte un chocolate mientras. Uno bien caliente, sol de Cancún en una taza, algo que compense un corazón color de hueso. Es lo que tiene la vida dibujada al carboncillo. Creo que pronto le haré una canción a la nieve, pero una que no resuene, como ella, aunque con notas, dos corcheas y un hilo de luz. En la estrofa nombraré el perdón, en el estribillo el camino de vuelta a casa. Terminará con Ángel González: «No fue un sueño, lo vi: la nieve ardía». Crepúsculo. Madrid. Invierno.

Ilustración:  Marco Cristofori