¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

Casas de apuestas donde juegan los niños

El 8 de febrero de 2013, el gobierno de la Comunidad de Madrid anunció que Alcorcón se convertiría en Alcortown, una versión aún más chusca de Las Vegas con capacidad “todo al negro” para reducir el paro en la región y atraer a jugadores, busconas y traficantes de toda Europa… en nombre del progreso. Finalmente, los americanos se retiraron de la jugada, muchos sentimos cierto alivio al comprobar que por una vez “Spain was different“, y dejamos el problema en manos de las futuras generaciones. Vamos, lo de siempre… pero en 3G.

Seis años después despertamos de ese sueño ludópata y las viejas continúan cantando bingo entre respiradores, los espías hacen la cola para tachar el 1, la X o el 2, y los adolescentes —desprovistos de peonzas, cines y botellones— han encontrado en los Luckia, Slotscity y Royal Crown sus particulares áreas de recreo donde invertir la paga con la esperanza de hacerse tan ricos como José Coronado, Casemiro o Ronaldo, imagen estelar de negocios con intereses oscuros.

Resulta que, además, estas casas de apuestas proliferan al ritmo del 5G por los barrios más humildes, cerca de los colegios y en los anuncios de Facebook, al tiempo que retienen a una clientela menor de edad con la oferta del día: alcohol gratis, un metro cuadrado de moqueta + “Bono de Bienvenida de 20 euros” y la posibilidad de cambiar el rumbo de sus vidas jugando, es decir, divirtiéndose. Por desgracia, el oponente al que se enfrentan no es El Gordo de Minessota ni la posibilidad de perderlo todo, sino la supuesta falta de carácter asociada a la adolescencia. Abuelos, padres, hermanos mayores, llegamos tarde, precisamente porque el juego siempre será percibido como cualquier otro medio (lícito) de ganarse la vida, una nueva ruleta rusa coleccionable en la que pierden los de siempre.