Mucha gente, pocas personas

Hay mucha gente sola. Quizás por esa razón aprovecha la luz para juntarse, para no escuchar el ruido en su cabeza, para sentirse un poco menos sola. Gente que se reafirma en seguir estando sola al rodearse de más gente. Ahí, siendo enjambre, desea con más fuerza regresar a casa y contar que, entre otros miles, había muy pocas personas. Hay gente sola blanca, gente negra, gente pobre y rica aislada para sentirse menos sola. No tengo claro quién es más esclavo, si el que acude a una calle abarrotada o el que necesita huir de la masa para criticarla. En una cosa coincidimos: el infierno son los otros.

Miro a las gentes solas en familia. Tiran del carrito del niño y arrastran el peso de los que no tuvieron casi nada. Debe consolar formar parte de una inmensa mayoría, de gente que compra cosas feas y pide un chocolate para calentarse las manos y el pecho. Hay mucho miedo a ser como los demás. por eso, al evitar serlo, volvemos al origen de esta soledad congénita, un invento que duele y sirve para crear belleza. Al nacer estábamos acompañados por madre. Luego crecimos y la sensación de ir alejándose creció aún más. Padre murió acompañado de madre sentada en una silla. No querer sentirse solo es estar solo. Le preguntaré a la muerte. Debe de estar sola; siempre vuelve.

En todas las manadas hay un perro al que la loba mata. Lo hace para garantizar la supervivencia de los cachorros y lanzar un mensaje de advertencia a los que nunca quisieron ser ovejas. El problema no es la gente, ni la gente convertida en moscas, ni siquiera los pastores que se pagan una puta para sentirse menos solos. El problema consiste en elegir un mismo lugar para reunirse mientras el mundo, al otro lado, se vacía, como si compartir calor nos hiciera olvidar nuestra condición de solitarios. Solo los que no alcanzan a hablar con su corazón estarán solos. Y la muchedumbre sigue andando a oscuras, iluminada por las luces más brillantes de toda la galaxia.

Ilustración: Simon Bailly

¿Cómo dormimos?

Vivimos, con suerte, ochenta y cinco años, un tercio con los párpados cerrados. Casi tres décadas sin contar las siestas. Un acto tan horizontal, tan nuestro. Todos saben cómo mienten; nadie cómo duerme. Puede que fuera un sueño y por esa razón algunos roncan o sujetan la almohada con firmeza antes de morir latiendo. Después se produce ese viaje al fondo. El cuerpo deja de ser lastre. Los malos recuerdos se desgarran y podemos volar, matar incluso, acostarnos con esa persona inalcanzable. El resto es un misterio.

Le pregunté qué hago mientras duermo. Quise saber lo que sucede cuando no hay consciencia y el mundo es una sábana. «De lado y con un cojín sobre la frente«, dijo. «Respiras fuerte, como si te ahogaras». Un espasmo. Esa es la llave al otro lado, el precio a pagar por apagarse. Después una mezcla de paz y movimientos sísmicos. Hay cierta estética en el sueño. Uno sueña como vive. Yo dejo soñar al que está cerca, no me entrometo en sus asuntos. Muevo las piernas con delicadeza y, algunas noches, pronuncio frases inconexas. Son mis sueños los que piden ayuda para no perderme. Al despertar, estoy solo; siempre acompañado en sueños.

Puede que los malos sueños sean malos porque se parecen a la vida. Al soñador no lo perdonan nunca. Es más, puede que la clave de soñar sea arrebatarle los sueños a los otros para que por fin hablen de uno. Yo no puedo. Prefiero dormir sin hacer ruido, serme fiel un rato, perdonarme, no despertar a los pájaros. Hoy me levantó la luz. Solo aquellos que te conocen saben cómo duermes. Pregúntales. Por eso el verano se parece a un sueño en el que no dormimos.

Ilustración: Simon Bailly

Si estuvieras aquí

Si estuvieras aquí te miraría a los ojos muy despacio

Te miraría a los ojos suavemente

Acercaría mi pupila a tu iris negro

Y con la mano libre abrazaría la serpiente de tu espalda

Si estuvieras aquí cerraría las persianas

le pediría al aire que no entre

Tú y yo nos bastamos para celebrar la vida secreta de los árboles
el vino y la luna

Si estuvieras aquí te diría algo, poco, una palabra

Acerca de un viaje sin movernos, casi un susurro

Y con la mano ocupada sentirías viento

Después no habría más palabras, porque lo que no se dice es lo único que importa

Si estuvieras aquí…
pero estás en otra parte,
y la noche es más larga que cualquier invierno

Ilustración: Guy Billout

Y tú, estrella, ¿qué más quieres?

Tu materia, esa que cargas y titila, está hecha de estrellas. Dos, tres, mezcla de cientos que brillan en ojos y auroras, sueño al otro lado estando vivos. Con eso debería de bastarte. Tú, ingrediente forjado en el corazón de millones de años luz, oscuridad y vientres. El azar, la ciencia de los hombres con sus combinaciones de química y átomos, una explosión, todo eso te puso aquí, en lo olvidado y su presente, estructura que siente y se sostiene, explora y mira un Madrid sin bandera por un tiempo. Después desaparece. Fugaz el astro, fugaz tu rastro. Repito. Con eso debería de bastarte.

En cambio, aspiras a otros firmamentos, cable a cielo. Sucede al crecer mirándote los pies, aspiración de crucifijos en el aula, otro anuncio cubriendo una fachada. A veces se nos olvida. Desde una perspectiva cósmica no hay nada más precioso que esta vida, la nuestra, que imita a los diamantes sobre el terciopelo negro (perdón por la metáfora). Locos y nunca únicos, ¡hay demasiadas galaxias! También agradecidos, incluso en la pena y la muerte de un cometa, de los otros.

Sorprende comprobar que, siendo estrellas, cada uno elegirá la suya. Bien por ahí arriba, Betelgeuse, otro problema, más piedras preciosas entre la basura o la última tendencia. Da igual: los brazos no nos alcanzan, de ahí que perseguirlas se convierta en la peor manera de ignorar la noche antes del desayuno. Imitemos a Rimbaud y tendamos guirnaldas y cadenas de oro entre esferas, bailemos con la gravedad que empuja la materia. Y, de pronto, en nosotros nace el firmamento. ¿Qué más quieres, qué más, qué? Todo.

Ilustración: Guy Billout

Esa gente que duerme mal

Dormir es parte fundamental de estar consciente. Tanto como el amor, el pelo y las verduras frescas. Y es que no hay nada más triste que observar a los insomnes. Ahí están ellos, queriendo ser como los demás, pero incapacitados para desarrollar un acto tan placentero como sentirse amado. Al fin y al cabo, el objetivo parece al alcance de cualquiera: dedicarle más de 06:59 horas al descanso horizontal. Ellos, en cambio, cuentan rebaños de zetas, intercambiarían vasos de leche por cloroformo, cualquier cosa por obtener la paz de espíritu de los que fantasean que sueñan con los ojos cerrados. Millones viven de esa forma. Viven, digo, más bien penan.

Porque la gente que duerme bien tiene otro brillo sobre las ojeras, parece capaz de sortear cualquier bolardo, incluso roza la felicidad rodeada de legañas en el metro. El que anda falto de melatonina da vueltas en la cama y el coworking, como si la dimensión de la fatiga se extendiera a cualquier aspecto de una vigilia rara, narcótica sin llegar a noquear. Un horror que envejece los párpados y los años.

Cuando esa imposibilidad tan rutinaria se prolonga en la niebla, los impulsos salen en carne viva, aflora esa mala hostia procedente de la soledad. Porque los que duermen mal están más solos que la una, las dos y las tres, olvidan los momentos masa madre y se acatarran cada vez que llega una borrasca por el este. Ellos acampan en latitudes distintas, bostezan y orinan aunque beban poco. Cierto, leen a Calderón de la Barca cuando el barrio está dormido, consuelo de mierda, pues ya se sabe que hay que tener un sueño para despertarse por la mañana. Que cuenten con todo mi apoyo somnífero.

Ilustración: www.onlyjoke.com

En Madrid ya no se puede improvisar

Las grandes ciudades han perdido espacio. De lugares de peregrinaje a monstruos de cuarzo y espejos de los que zafarse. En el punto de encuentro de estos movimientos migratorios, la mayoría. Y es que cualquier vecino de Madrid puede atestiguar que, a día de hoy, en la capital de España se ha producido una pandemia de europeización. Es decir, el viernes noche comienza a la hora del almuerzo, hay que reservar en barra, mesa, terraza, acera y alcorque, los camellos apagan el móvil a las 23:30 y el margen para la improvisación se reduce a lo que bebas, siempre sujeto al suministro.

De repente, los planes basados en no tener plan son inviables. No sólo porque te quedas fuera, vamos, en la acera y con una yonqui lata, sino porque emborracharse se parece mucho al horrible pre-save de las canciones. Paradójicamente, amanece a la misma hora de siempre —dependiendo del día—, los afters funcionan bien, gracias, y los negocios pasan de los festivos y las fiestas de guardar. Sin embargo, el ansia por recuperar el tiempo ahorrado nos lleva a querer hacerlo todo en un día. Y claro, hay mucha gente, pocas personas y faltan Ferris, Cameron, Sloane y el Ferrari 250 GT Cabrio.

Parece una contradicción que la urbe de la libertad obligue a comportarse a los que la sobrevivimos como si fuéramos fuerzas de élite. Todo por escrito o ante notario, organizado, marcial y eficiente, justo lo contrario de repentizar, ese acto que permite desvelar las noches como si acabaran de nacer, fuera del control de las imposiciones de la luz. Resulta que para improvisar hay que estar preparado y el jolgorio de las lunas representa más que nunca la cara menos húmeda del día. Aún así renunciamos a perdérnoslas.

Ilustración: My Digital Mind

Vuelve la noche

Durante meses pernoctamos bajo un rayo de la aurora por decreto, traje de luz, con sus invenciones y palimpsestos desplegados en mañanas, luego el mediodía, la tarde cabizbaja y después nada. La noche quedó relegada a un guante, salvación casera del que sabe que soñar sólo se sueña con los ojos abiertos. Muchos encontraron una manera de llenar el tiempo con su circunstancia y descubrieron cisnes. Otros, en cambio, sintieron los miembros amputados, otearon cuervos en el aire, dijeron adiós a las quemaduras, el baile y la promesa de los días cortos. Así no se aprovechan las alboradas. Y menos mal.

Por fin vuelve la noche. Y con ella el movimiento, los pasos de dentro a fuera y no volver, las comidas a deshoras. Consuela saber que muchos velan, y además los vemos, viven. Todo bajo las farolas de siempre, esas que alumbraban su propio destello yermo hace apenas un verano. Y el campo urbano se cubre con colas de serpiente hambrientas esperando a las puertas de los clubes, en las aceras que también son almohada. Resulta que la oscuridad revive en el Madrid de las postales del alcohol y las drogas de la vanguardia menos narcótica. Nunca fue joven, tampoco quiso serlo, pero a oscuras la carne brilla alto, libre, pierde la edad.

Nadie espera que el horizonte se rompa y llene de colores el marco del paisaje. Queremos, quiero noche, sinónimo de biografía y lienzo en blanco. En las tinieblas pintamos de otra forma, menos vertical, aunque más puro porque el destino posee la forma de una cama. Nada de yacer, ¡soñar rendidos! Mientras, el mundo de siempre vuelve a sus ocupaciones. El nuestro cabe en una gasolinera y arde en calma, a la velocidad del tiempo que perdimos y ahora duerme.

Ilustración: Hiroshi Nagai

El escándalo de la calle Ponzano

Recorrer Ponzano un sábado por la noche es una experiencia rara, rarísima. Y es que a las siete de la tarde, medio oscuro, medio anocheciendo, el ambiente de madrugada se hace norma. Así, un kilómetro y poco concentra más de 70 bares que, en febrero de 2021, con eso de que las aglomeraciones están mal vistas, se han comido las aceras. En una pasada de señora mayor es posible observar a miles de chavales entre 20 y 25 años, vestidos con chalecos acolchados y sin mascarilla, viviendo la vida, entrando y saliendo a ver si pillan —a las 21:00, en principio, cierran—, cogiendo la moto eléctrica y haciendo eses, además de pis en los alcorques. Vamos, que ya le gustaría a Malasaña hacerse con un quinceavo de lo que se cuece en cuatro horas en las terrazas del desenfreno, ahora toda una calle. Cuidado, la culpa no es de los jóvenes, aunque un poco también, sino de los mayores y la necesidad.

Hacer «ponzaning» ha pasado de ser una soberana gilipollez acuñada por el grupo Lalala a representar un riesgo para la salud, incluso más que el concepto de esos nuevos bares —se salvan «Eldecano» y el «Fide«— que abrazan la onda del Instagram en pleno Chamberí, es decir, mucho filtro, música hortera y alquileres de 5.000 euros por noventa metros cuadrados ampliables a zona azul. De lo que se trata es de hacer caja, sea como sea, para sostener esta burbuja a la que llamábamos noche.

Mientras tanto, las cabezas visibles de las asociaciones de vecinos sufren amenazas por parte de algunos hosteleros muy nerviosos, superados por las deudas y el peso de la supervivencia. Es la lucha de siempre enmascarada por la libertad. Unos quieren dormir y otros ponerse pedo. Entre medias algunos hacen caja como pueden, o hacían. Al final tampoco se trata de culpar a los que se saltan las normas —pocos cierran a la hora y si lo hacen dejan a decenas de clientes en el interior—, más bien de evitar que las calles se conviertan en territorios para una minoría. Demasiado tarde, como también lo es intentar volver a los tiempos en los que mi barrio era un cúmulo de mercerías, fachas y barras de mármol más viejas que el que escribe. Venid a comprobarlo, ¡esto es la guerra!

Ilustración: http://www.championdontstop.com