Las personas son lugares

El movimiento se inventó para salir de nuestra cabeza. Abrimos los ojos, preparamos un café o nada y vamos a trabajar deseando estar en otra parte, una playa, huir a un concierto o al día de un mes al otro lado. Somos incapaces de conformarnos con lo que nos toca, por eso recurrimos a espacios que no nos pertenecen, que no nos pertenecerán nunca. Todo es diferente cuando, después de tanto viaje al centro de nosotros, entendemos que las personas a las que queremos y nos quieren son, en realidad, lugares, ciudades llenas de ternura, pueblos con una cama tibia, continentes a los que llamamos casa.

Haced la prueba en un día de mierda. Alguien te cabrea o te provoca. Sientes la ira martilleando tus venas y tus sienes, las patas de una tarántula en la cara. Respiras hondo, como si el aire que entra en los pulmones procediera de una galaxia sobre tu cabeza. Quieres matar entre latido y latido. Las pulsaciones bajan en el momento en el que te refugias en una idea, una idea que es una persona, una persona que es un lugar. La geografía como invento de la gente sola. La cercanía como manifestación más pura del amor. Un pensamiento, un nombre.

Tan hostil ahí fuera, tanta mala hostia por dentro. La gente es fría, los peores matan, los mejores pisan, el planeta arde, las estaciones confunden a los animales y los apicultores, los reyes con sus coronas de espinas, los súbditos con sus sombreros de paja, los inocentes terminan mal, los malvados sonríen frente al televisor, los niños se raspan las rodillas, los adultos lloran a escondidas de los más pequeños, pero siempre podemos recurrir a un momento feliz cerca de el, cerca de ella. Siempre.

Ilustración: Will Barnet

La imposibilidad de recordar un nombre

De entre todas nuestras habilidades sociales —con o sin alcohol de por medio y asumiendo los abismos existentes entre especímenes caucásicos, «heterohomosexuales» y de clase media precaria—, la que nos emparenta de manera más evidente es nuestra capacidad para olvidar el nombre de una persona a la que acabamos de conocer.

La escena se repite día y noche sin saber qué demonios sucede en el interior del cerebro, más concretamente en la corteza prefrontal, región que da la orden de bajar el volumen del mundo a nuestro alrededor en el momento justo en que el desconocido pronuncia el nombre en cuestión. Sonreímos, nos damos dos besos un poco ladeados, recuperamos la consciencia, pedimos otro tercio en la barra y cerramos los ojos —es un decir— mientras hacemos un esfuerzo sobrehumano por intentar recordar si ha dicho Carolina, Carmina, Burana, Karina o Caracola, hasta que, finalmente, agotados por el esfuerzo, le damos un codazo al colega de turno, ese que no se entera de nada, pero dotado de una memoria prodigiosa:—Se llama Marina, MA-RI-NA.

Y da igual que te propongas que las cosas van a cambiar a partir de ahora porque la tendencia es imposible de invertir a pesar de las reglas mnemotécnicas recomendadas por la revista Science y que incluyen juegos de asociación, apodos, unión irracional de las primeras letras del apellido de tu actor porno favorito con Salmos 121:7-8, y un sinfín de opciones que nos llevan a concluir que los nombres son lo de menos, a pesar de que abran almacenes, ventanas al interior de los demás y tejados con vistas a otras galaxias.

Por supuesto hay excepciones y si la persona que nos presentan se llama Luz Cuesta Mogollón o Antonio Arrimadas Piernas, la cosa cambia. Y mucho.