La Luna de la Cruz Roja

La comunidad científica está de acuerdo. Hace 4.500 millones de años, un planeta vagabundo y sin destino chocó contra la Tierra. El impacto propulsó al espacio fragmentos envueltos en vapor. Polvo, rocas ardientes y gas quedaron atrapados en la órbita terrestre. Al enfriar y solidificarse formaron una esfera: la luna. La foto de Luna, la voluntaria de la Cruz Roja consolando a un senegalés sin nombre ni patria, confirma la insistencia de la historia por volver a repetirse. A peor.

Ante la violencia que su abrazo suscita entre las facciones más rabiosas del género humano, ella, de Móstoles en Ceuta, veinteañera, decide desaparecer, igual que el satélite en las noches más oscuras. Porque ya se sabe que las fases lunares afectan la actitud de los terrícolas, sobre todo cuando es llena y con chaleco. Ayer fue el caso.

Así Luna atrajo a las mareas. Una alta y afectuosa; otra baja y plagada de desechos, plásticos y cascos de barco sin tripulación ni ventrículo. Queda demostrado que cada uno ve lo quiere cuando mira al cielo o las fronteras. Resulta que en 2021 el amor bien entendido, sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno, también es política. Y de pronto, el día se convierte en noche cerrada… hasta la próxima Luna, hasta el próximo gesto de garra suave y esperanza.

Ilustración: Alessandro Gottardo

De cómo la política nos separó

La gente nunca estuvo unida. Quizás contra el hambre o la pesca de ballenas, pero cuesta asegurar que camine tan junta como lo hacen los hinchas de un equipo. Tras las elecciones a la Comunidad de Madrid y el estado de alarma —ambos acontecimientos políticos y masivos— cristaliza un distanciamiento social distinto al preexistente: bloqueos en redes sociales, peleas con amigos de la infancia, el termómetro del asco disparado por culpa de los botellones… El caso es rechazar, ponerse cruces, seguir introduciendo variables que nos reafirmen en lo que pensamos frente a una estupidez generalizada que, paradójicamente, va hacia hacia la izquierda y la derecha.

Sucede que si —en el mejor de los casos— no tuvimos que despedirnos de nadie por culpa del virus, ahora comenzamos a socializar otro tipo de pérdida, esa que prescinde del señor Muerte y, sin embargo, entierra a los demás en vida. Y uno intenta explicar sus ideas, llegar a comprender de perfil qué piensan los que siguen yendo a garitos sin mascarilla, negando la utilidad de las vacunas o haciendo lo que les sale de los cojones porque ya es demasiado tarde para cambiar.

Decía Rosa Luxemburgo que hay que luchar por un mundo «donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres». La realidad envía señales contradictorias: desigualdad exponencial, ciudadanos antagónicos e incapaces de reconocer a su propio hermano y libres según el padrón. Nada nuevo. Es tal la diversidad que la civilización se ha convertido en un zoo que ahora cierra a las dos de la mañana. ¿En qué momento intercambiamos nuestro granito de arena por ladrillos? A ver si lo arregla un poco la llegada del verano, pero pinta mal.

Ilustración: Kiyoshi Awazu

Isabel Medina Peralta, ha nacido una estrella

Así nacen las estrellas del tiempo moderno. Salen en la pantalla de un móvil, acaparan conversaciones en grupos de Whatsapp y después desaparecen como un pedo con mucho aire. La de hoy se llama Isabel Medina Peralta, es dueña de unos labios como las cerezas, odia al judío —no a los judíos— y se define como nacionalsocialista de ideología, pero fascista de cuerpo entero. Nada de nazi, ¡seamos, precisos por favor! Con estas credenciales se presenta en sociedad, una entre muchos hunos rapados, carne de dieciocho años arropada por gente y pocas personas. A pesar de todo, la puesta en escena es tan escandalosa, con los de la División Azul a tope de endorfinas, que a muy pocos se les ha pasado por la cabeza que todos a su edad éramos igual de gilipollas, quizás menos fotogénicos. Eso sí, nadie nos entrevistaba.

Ahora estará en casa, mirando Twitter, preparándose para ir a la cárcel y escribir un libro que será un best-seller tan mal escrito como Reina Roja, aunque de distinto color. Suponemos que antes de dar ese discurso maníaco nadie le avisó de que «el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice», al igual que es muy probable que desconozca que detrás de su nombre y apellidos se esconden judíos, árabes y toda esa bazofia de la que habla. Está claro, la chica ha estudiado, aunque no queda tan claro cómo.

Más allá de consideraciones históricas y diarreicas parece evidente que toda la atención recibida se debe a que es guapa y además mujer, lo que amplifica la pena. Y da igual que nombre a Nietzsche, Wagner y Heráclito para demostrar lo inteligente que es —desde luego es la más lista de los asistentes a un homenaje que incluía abogados, sacerdotes y dos premios Nobel de fumar— porque ella sóla representa al fascismo más banal, la enésima resurrección de un movimiento blanqueado que asume las formas contemporáneas para su mensaje de odio, filtros y mentira. Eso sí, en 2020 esta mentira ya no está contada por matones. Pena con pena y pena vivo.

Ilustración: She wolf of the SS

Odio a toda la clase media trabajadora menos a Rosalía

Si en algo hay que agradecer la peatonalización del centro de Madrid es que ahora es casi imposible no encontrarte con un atasco en cualquiera de las carreteras de circunvalación de la capital. Ahí, rodeado de coches, de humo altamente cancerígeno y de representantes de la clase media trabajadora, uno se limita a dar rienda a su más profundo odio por todos ellos (sin excluirme).

Porque, ¿a qué viene referirnos a ella de esa manera si casi todos —con alguna excepción—carecen de clase, la única media en común es la de la mediocridad y trabajadores sí pero tampoco tanto?

La clase media es la principal responsable del calentamiento global, la mayor consumidora de atún rojo y de rebajas, la única que hace la cola en las puertas de la discoteca, la que compra libros y discos de segunda mano, la que piensa en ir al chalet de la playa en verano pero que sueña con un mundo cada vez más accesible que se satura a la misma velocidad con la que se reduce el precio de los billetes de avión, la que puede rozar el cielo con los dedos, sobre todo de M, y sin embargo nunca llegar a disfrutarlo plenamente.

El pobre no tiene tiempo para esas tonterías del veganismo, los toros y la apropiación cultural: tiene que sobrevivir, encontrar comida y un techo en el que resguardarse de la lluvia y las bajas temperaturas.

Por su parte el rico exige exclusividad —ese oscuro objeto del deseo— obtiene lo que quiere y si no, lo compra. Por supuesto nada de atascos porque lo ve todo desde el cielo, sus hijos no heredan la ropa y el dinero trabaja para ellos hasta en festivo.

Coloco las manos sobre el volante y pienso en Michael Douglas en “Un día de furia”, en Rick y Sheila, en las whampatatas y en la hamburguesa de la foto, jugosa, tierna y con enormes rodajas de tomate, cebolla y lechuga fresca. Cuando la sacas del envoltorio ya está fría, aplastada e incomible. Entonces el odio crece hasta convertirse en furia y rabia, y termino gritando a mis vecinos atascados:

¡Ya no odio a las blogueras de moda, ahora odio a las blogueras de clase media…, y a mi Rosalía ni me la toquen!