De repente, me fijo en las mayores

Fue en el pasillo que une las escaleras del gimnasio con los vestuarios. Luz de halógeno, huellas de sandalias en el suelo, rastros, gente que se cruza sudorosa o recién salida de la ducha, quizás ambas. Yo me palpaba el pectoral derecho, algo que repito siempre que entreno con intensidad. Levanté los ojos un poco mareado, evité la indiferencia de los adictos a la droga del deporte y la vi a ella al fondo, preparada para hacer comunidad en la piscina olímpica. Era una mujer madura o ya mayor, una señora, vamos, de mi edad, y me pareció muy atractiva, así en bikini y con arrugas, en forma y ya de vuelta. Al pasar de largo, me sorprendí girándome. Pensé, Javi eres un cerdo. De repente, me fijo en las mayores.

Es algo parecido a lo que ocurre con la presbicia… a la inversa: de reparar en las chicas de las que hablan las canciones a fichar (discretamente, espero) a mujeres concentradas en lo suyo, algunas madres con hijos ya criados, todas hijas, con más dinero que yo, algunas en precario, mujeres que se mueven de otra forma porque aspiran a estar tranquilas, hechas, que superan el dolor y el silencio y se miran al espejo y no son jóvenes y, sin embargo, tienen su cara, son ellas, están llenas de cuerpos, poderosas, peligrosas para un mundo empeñado en explicarles cosas. Estas mujeres, la mujer madura del bikini, 9 millones de mujeres en España, han aparecido de forma inesperada en mi vida. Y algunas nadan.

Creo que todo empezó el día en que madre perdió la paciencia (o una parte). Después de muchos años de diplomacia y guardarse casi todo (al menos no lo compartía con su hijo), llegó a la conclusión de que a partir de ciertas edades una no tiene el chichi para farolillos. Le regalé un consolador. Ahora que lo pienso, la mujer del gimnasio tenía la misma mirada, algo ahogada, con más veranos que largos por delante, llena de agua que desplazar con la ayuda de los brazos y el impulso. Ni me miró. El anonimato de los años es una nueva forma de libertad. Salí del gimnasio. Sonreí. Por fin había dejado de llover.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris

Sobre la paciencia

Estaba escrito en Google. Lunes, 12 de diciembre de 2022. 08:28. Salida del sol. Me levanté y esperé frente a la ventana. Tejados, bruma, sueño. Quería comenzar el día con el amanecer dentro de las pupilas, ese destello blanco que precede al nacimiento del mundo, acoplar el ciclo solar a mi reloj interno. Esperé hasta y media. Tuve que conformarme con las luces del edificio más próximo y una espesa capa de nubes levemente iluminada. El lunes nunca trajo sol. «Paciencia», me dije. El que tiene paciencia nunca obtendrá lo que desea.

A la paciencia siempre se recurre para evitar el daño de la espera. Esperamos más de lo imposible, horas despiertos por culpa de algo o alguien que no llega o llega cuando somos otros. Sucede con los pájaros. Sobrevuelan el paisaje desde el cielo, lejos de este amanecer sin sol ni lunes. Atraparlos implica matar un sueño libre, un sueño que al dejar de soñarse nace muerto. La paciencia como subterfugio para la esperanza. Lo lógico es que no llegue. De ahí el arte de la espera.

La naturaleza conoce la paciencia. Es más, la inventó ella. Nosotros hace tiempo que huimos al fondo de las ciudades. Quizás por esa razón fuimos perdiendo una y otra. Queda demostrado que ser paciente implica una acción hacia delante sabiendo que delante hay tejados, bruma, sueño. Entonces me alejo de la ventana. Me preparo un vaso de leche de soja con cereales. Esquivo la penumbra. Me siento frente al escritorio y enciendo la lámpara de mesa. A veces el amanecer brilla en cualquier parte. «Paciencia», me repito. Habrá que vivir, escribo.

Ilustración: Guy Billout

Pide que el camino sea largo

Precisamente ahora, con la velocidad del afán diario, lejos del ritmo de las plantas, ha llegado el momento de pedir que el camino sea largo. Sea el que sea. Nada de nacer, perder un diente y besar al santo muerto. Más bien todo lo contrario. Acumular paciencia frente a éxito, alumbrar la noche con farolillos de papel, mirar el campo sabiendo que lo previsto casi nunca llega. Entonces el verde de la cebada domina el primer plano, el amarillo da sombra y, al fondo, más allá del horizonte, un cielo del color que quieras. La calma tiene esas cosas, convierte el futuro en muchos nombres.

Por supuesto, nada de lo anterior sería posible sin haberlo comprobado en las arrugas de los amigos, viejos. Error, verano, error de nuevo, cuatro estaciones que son una muy larga. Lo inevitable manda, de ahí que conquistar el mundo se parezca más a tomar la fortaleza de uno mismo… a poder ser sin cocodrilos en el foso. Sí, todos esperamos algo, claro, sin embargo, conseguirlo antes que nadie o a deshoras conlleva ciertas dosis de decepción, algo parecido a entonar el cumpleaños feliz en un entierro.

De ahí la necesidad de ir despacio o muy despacio, incluso frenar cuando el resto aprieta a fondo. En esa intersección es fácil comprobar que el movimiento poco tiene que ver con el progreso, que correr deprisa sirve para cansarse y perder el agua que cargan nuestras manos. Estar en el momento y lugar adecuados imita el ir tirando, ver envejecer el mundo ahí a lo lejos, perseverar en la espera y agradecer sin retroceder ni adelantar. Que sea largo. Así verás flores llover y nunca será tarde. Nunca.

Ilustración: Guy Billout

Esos que no cruzan con el semáforo en rojo

Ahí están ellos, los que esperan a que se ponga el hombre de verde en el semáforo, quietos ante el precipicio de un paso de cebra. Y es que saben que el tiempo de demora cuesta poco y como mucho conduce al otro lado un poco tarde. El resto, muchísimos, prefiere el rojo de la lente, aunque vistan con los colores de la primavera. Algo esconden si, cada vez que pueden cruzan, corren para no quedarse fríos e ignoran a los mansos, los mismos: señora de permanente diaria, chico un poco lelo que lee poemas a ras de escupitajo y madres de mucho carrito y poco trote. De entre todos los que andan elijo a los que se quedan quietos. Ellos hacen las calles y el tráfico de acera, las flores de luz intermitente. Las noches traerán amaneceres. Paran. El ámbar dura lo que dura esto, tres segundos.

Admiro la paciencia cuando toca, también en la cola de los cines, como si solamente unos pocos fueran capaces de comprender la importancia de esperar al margen de la prisa, que no es más que la falta de orden. Al final, los transeúntes van a los mismos sitios viniendo de distintos lugares y, sin embargo, se pierden el trasiego cursi de las nubes, ignoran el olor de la ciudad después de tanta agua, atraviesan un espacio mirando el vacío en la pantalla. Las estatuas ven lo que sucede; los rápidos acaban dejándose y dejándolas atrás. Allá van ellos. Cualquiera podría estar equivocado.

Resulta que todo sucede en estos cruces, también lo que pudo haber pasado. Una señora pisa la parte de asfalto entre raya y raya paralela con el semáforo en rojo, claro. Y llega. Coge el autobús para volver a casa y, mientras recupera el aliento por dentro de la mascarilla, los mansos inventan juegos con sus zancadas dadas y otras invisibles, juegan al avioncito, el sambori y la rayuela. Algo bueno trae el detenerse a los que se pararon. Luego siguen, tarde, lentos, más vivos.

Ilustración: Guy Billlaut

Si te caes no te levantes

Si te caes no te levantes. Quédate a ras de hierba y su cemento. ¿Por qué ese empeño en la reconstrucción inmediata? Cada mañana, la aurora pone en pie las ruinas de la noche. Tú no. Tú quédate donde estás, entre las sábanas con olor a epidermis, en el ángulo muerto del latido, bajo los cristales de la carne. Y escucha, sí, tú. Pero no a mí, sino al dios de las pequeñas cosas susurrando a los agazapados. Entonces el pulmón se hincha, las burbujas ascienden hacia la superficie, la luz se precipita al fondo abisal… todo un logro de la apnea sin piscinas. Sí, reconócete; aún respiras, aunque sea de espaldas.

Estar mal es un derecho y el héroe sólo es héroe cuando lo pierde todo; todo menos la vida, claro. A vista de hormiga el dolor se hace más pequeño, quizás porque sanar deprisa cura poco, incluso resta. Luego, en el afán de los días quietos, recurrir a alguien en nada se parece a la derrota. Nos tienden la mano, percibimos el tacto de una palma tibia y vamos incorporándonos. Así, despacio, vas muy bien. La otra opción, hacerlo en solitario, también vale pues no hay nada escrito en esto de ir mejor. En ambos casos la fuerza de la gravedad se hace patente en el ascenso, más que en la caída. Paciencia y tiempo contra fuerza y pasión. Y te levantas.

Ilustración: Belhoula Amir