Si te caes no te levantes

Si te caes no te levantes. Quédate a ras de hierba y su cemento. ¿Por qué ese empeño en la reconstrucción inmediata? Cada mañana, la aurora pone en pie las ruinas de la noche. Tú no. Tú quédate donde estás, entre las sábanas con olor a epidermis, en el ángulo muerto del latido, bajo los cristales de la carne. Y escucha, sí, tú. Pero no a mí, sino al dios de las pequeñas cosas susurrando a los agazapados. Entonces el pulmón se hincha, las burbujas ascienden hacia la superficie, la luz se precipita al fondo abisal… todo un logro de la apnea sin piscinas. Sí, reconócete; aún respiras, aunque sea de espaldas.

Estar mal es un derecho y el héroe sólo es héroe cuando lo pierde todo; todo menos la vida, claro. A vista de hormiga el dolor se hace más pequeño, quizás porque sanar deprisa cura poco, incluso resta. Luego, en el afán de los días quietos, recurrir a alguien en nada se parece a la derrota. Nos tienden la mano, percibimos el tacto de una palma tibia y vamos incorporándonos. Así, despacio, vas muy bien. La otra opción, hacerlo en solitario, también vale pues no hay nada escrito en esto de ir mejor. En ambos casos la fuerza de la gravedad se hace patente en el ascenso, más que en la caída. Paciencia y tiempo contra fuerza y pasión. Y te levantas.

Ilustración: Belhoula Amir

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