Un hilo rojo, invisible, nuestro

Para la cultura japonesa, el hilo rojo invisible es un reflejo de la conexión que trasciende la vida, nuestras vidas, traza o inventa una hebra del universo que se niega a ser abandonada, tensa sobre el tiempo y el espacio, sujeta por la voluntad del amor. A veces, siempre, se enreda en nuestro cuello, soga suave, otras apenas flota entre la piel de los dedos y el olvido, y, a pesar de la inmensidad y lo pequeño, encuentra ese lugar común, un cable a casa, una lumbre.

El hilo representa la unión, sinónimo de resistencia. En su aparente fragilidad reside la alquimia contra la distancia de los cuerpos. Se deforma, se oculta entre las sábanas y los usos horarios, late, grita en voz baja. En sus nudos hay ecos de promesas y reencuentros, formas nuevas de combatir la sequía y la tormenta. Es un vínculo humano que trasciende a los humanos, casi cruel en su serenidad, firme en el propósito de recordarnos que, aunque todo lo demás se desmorone, nosotros no nos acabaremos. Tampoco París.

En el silencio que precede y sigue al fin del mundo, el hilo permanece. Adiós, palabras. Su significado está en la persistencia misma, en el acto de evitar romperse. Allí donde los amigos fallan, donde los días se encogen como la piel de una fruta olvidada, el hilo baila tenue, pero eterno. Nos une al otro, a esa parte de nosotros mismos que aún busca, que aún cree. ¿Cómo dos vidas separadas pueden tocarse gracias a algo que nadie puede ver, ni siquiera ellos? Pase lo que pase, en el susurro de la escarcha y los sueldos bajos, encontramos algo que nos eleva a la altura de los niños: la certeza de que, pase lo que pase, nunca estaremos completamente solos.

Ilustración: desconocido

Sobre perder

Las cosas son como queremos verlas, también los juegos. 10.500 atletas buscando una medalla. Tres premios y un podio. El resto, diplomas de consolación por haber participado. Tanto trabajo, tantos sacrificios. Pero ¿qué se logra? La gloria es un olvido para más tarde. El camino consiste en abrir ventanas en puertas que se cierran, dormir mucho, proteína e hidratos, renunciar a una onza de chocolate, caer y caer sin miedo a lesionarse. Yo solo veo renuncia en esta gloria olímpica, gente joven y admirable que convierte la pérdida en una pasión. Si no, ¿cómo justificar las lágrimas?

Algunos han nacido para hacer historia. Otros debemos conformarnos con verlo de lejos, de cerca si podemos permitírnoslo, pero conformarnos igualmente. Se pierden las ganas, la ambición, la cara del entrenador, el tiempo bien utilizado. También se llega a alguna parte, a un estadio vacío, a unas gradas llenas de gente con móviles en lugar de ojos. El deportista, en cambio, quiere abrazar a su hija, quizás volver a sentir el fuego de aquella primera raqueta entre las manos. No queda nada de eso. Está el retiro, la verdadera gloria del fracaso.

Los deportistas son el ejemplo perfecto de un número. El uno por encima del dos y el tres, del cero, del último. Se trata de nuestra particular forma de entender las cosas que no logramos entender, que es designando al más rápido, el que falla menos, al mejor de todos los tiempos perdidos. Nadie les enseña a subir escalones, tampoco a detenerse en la cima y elegir un cajón para ocultar los premios. Mucho menos a mirar el precipicio. Solamente hay algo peor que no lograr ningún sueño. Lograrlos todos.

De la música

Ayer toqué con Mister Marshall en la sala El Sol. Fue un miércoles a la hora de la cena, uno de esos días en los que hay tantos saraos que Madrid parece una cola en cualquier parte. Tocamos, sin bises, rodeados de amigos y algún extraño que miraba al escenario entre asombrado y aburrido. Quizás las dos. Un concierto corto con un mes de promoción y malas decisiones, semanas molestando por mensaje,¡venid!, ensayos en un local caro, cargas y descargas, agujetas, cables, amistad, malos olores y cero beneficio económico. Pues bien, tocar música es, salvo raras excepciones, una continua pérdida y, probablemente, el acto compartido más bonito del mundo.

Y es que casi todo lo que importa en un concierto no se ve. Los técnicos; las horas con el instrumento; la frustración por aspirar a más cuando, en realidad, tocar con gente a la que quieres es sinónimo de éxito. La industria pone en valor al público (que paga), sin embargo, la música es una experiencia que va de dentro a fuera, nunca al revés, que está por encima de las redes y el ruido, que solo debe de tener en cuenta al que quiere descubrirla por sí solo. Resulta imposible imaginarse a nuestros ancestros sin cantar en torno a un fuego, sin convertir la pena en una fiesta o un baile. Luego, el silencio. Y ahí empiezan las canciones.

Recuerdo ser un niño con guitarra, nunca un niño solo. A partir de los doce años fue lo único que hice. Tocar para mí y para padre, tocar para la gente que venía a vernos en Segovia, luego Londres, después la rue de Maraîchers, Tokio en un piano. Nada cambíó. Poco público, muchas canciones, más años. Tenía que ser así. Porque la música da mucho más de lo que le puedes ofrecer, nunca defrauda, trata bien a los sordos y no penaliza la falta de talento. Por eso sigo tocando música con mi grupo y dando conciertos, para descubrir un mundo cada vez más lejano y recordarme que estará ahí, que pase lo que pase, la música estará siempre.

Ilustración: Guy Billout

Ni el viaje ni el destino

Mantra en muchas bocas: «Disfruta del viaje; el destino es lo de menos». Lo escriben profesores y mendigos, pilotos de avión y algún fantasma. Pues bien, casi todos se equivocan. Y lo hacen porque el movimiento, con su paisaje horizontal, el traqueteo de los trenes y las cuatro estaciones dentro de una ventanilla sirven de poco sin alguien cerca. Sí, la soledad del corredor terrestre tiene su épica, pero palidece ante la posibilidad de compartir sorbos, pinchazos y un sol púrpura despidiéndose del mundo acompañados.

Todos necesitamos compañeros locos por no morir, esos que explotan como arañas entre las estrellas, que laten y nunca quieren arrastrarse o ser fardo. Con ellos podemos comer, escupir dentro de un pozo, buscar manzanas que recuerdan a la luna llena, estar tristes sabiendo que no importa, reírnos alto y de nosotros juntos. En definitiva, la compañía es el único ejército acreditado, la rosa con la que matar el tiempo. Los años fueron los pétalos, el recuerdo trae la única lluvia que no moja.

Estar acompañados implica estar en otro, salir de uno para ser, por fin, uno mismo. Y el viaje. Bueno, está el cielo pintado sobre el mar en plano, una nube con la forma de un descapotable, caballos pisando nieve en la montaña. Tras la curva espera la cama y lo que parece cura. La realidad indica lo contrario. Con el último aliento de vida, nadie recuerda Holbox o París en mayo. La postal, con su arena y sus tejados hechos de brisa, trae a otra persona, un amigo o una amante que da sentido al impulso de todo lo vivido. Ni el viaje ni el destino; la compañía, siempre la compañía.

Ilustración: Guy Billout

Del perdón

Me hizo mucho daño. Con un gesto invisible desveló su infidelidad con un amigo, una mirada que solo conocen los enamorados. Quise entenderlo, decirle que todos nos equivocamos. Ella echó a correr. Era de noche. Por la mañana fui a su casa. Llamé a la puerta. Ella abrió con furia dentro de los ojos. Dijo que todo había sido culpa mía, que yo había perdido la cabeza y necesitaba una lección de vida. Le respondí que era muy guapa por fuera, por dentro un monstruo. Tuve que escapar de aquel aire. Cerré la puerta y bajé las escaleras. En la calle grité su nombre, le pregunté si me quería, con un grito. No sé si respondió. O prefiero no saberlo.

Ella cogió un autobús para ir al aeropuerto. Volvió a América sola. El sueño español se queda siempre en casa. Eso hice. Pasaron las semanas y le escribí un mail. Respondió insultándome. Entonces creí que todo había sido culpa mía, que había perdido la cabeza y necesitaba una lección de vida. Con esa lección me rompí, convirtiéndome en la pena de la pena. Hasta que el tiempo, un día, deja de doler. Marché a París para darle otro nombre a la tristeza. Dos años después quedé con su madre cerca de la torre Eiffel. Le dije que aún quería a su hija. De fondo, música, una ciudad que no termina nunca.

Nunca tuve noticias de ella, aunque vi fotos en las que buceaba y miraba a cámara con ojos de herida. Ayer recibí un mensaje de ella pidiéndome perdón. Veinte años mas tarde. Contesté que todos necesitamos perdonar y perdonarnos, que nunca hay nada tan grave que el amor no pueda. Con el perdón la tormenta se separa del cielo y es posible crecer arrodillándonos. Cierto, el perdón nunca cambia lo ocurrido, aunque sirve para vivir el futuro con síntomas de amor. «El infinito precisa de lo inagotable», el perdón de un cierto grado de olvido. Y perdonamos.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Tregua ante la sinrazón

La lengua y sus voces hacen tanto tanto ruido que la mañana de hoy, agotada ya desde primera hora, se merece una tregua. Entre las múltiples posibilidades que ofrecen los viajes estáticos se encuentran las orillas, la que uno quiera, y junto a esa orillas una corriente, y de la corriente al mar. Incluyamos cuerpos a flote y con sed. ¡Hace tanto tiempo que no bebemos champagne! Llenemos una copa en el océano para brindar por el tiempo encontrado de París, el de la bohardilla en Malasaña o la casa de campo con perro y nube al fondo. En ese trayecto hacia detrás hubo varias despedidas de aeropuerto y al borde de la acera, dos lágrimas en la mejilla y un avión sobrevolaba el Índico. Siempre te querré dijo ella; siempre tuyo añadió él, y dos cuerpos formaron una estela entre los millones de cielos y tierras. Nada se destruye, sólo arañamos el mundo.

Dormimos en un cuarto con todas las comodidades: pan de molde, agua y tiempo. Y, como en todo recuerdo que se precie, sonaba Randy Newman en el funeral de una chica de Texas, o Camarón en las manos de una canastera. Insisto; cada uno rememora los suyos con la particularidad de que son un poco míos, están en los libros, imitan la ficción.

Resulta que los mayores también juegan mientras los niños rezan, y de alguna manera un poco extraña todos necesitamos saber que hay algo más allá de la carne y las peluquerías. El amor supremo, un rasguño en las rodillas, la primera vez que montamos en bicicleta, el perfume de mamá, la salida de aquel concierto, sus ojos bajo el primer rayo de la aurora. Ni la rabia ni el miedo podrán arrebatárnoslos. Brillan, los llevamos puestos, y además nos salvan.

Ilustración: Leonardo Cremonini

Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.