Yo soy de Pfizer

Cito: «El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer». Con este axioma Frank Zappa hacía referencia a la única constante en el comportamiento humano desde que aprendimos a caminar prescindiendo de las patas delanteras. Partiendo del hecho de que todos ignoramos infinitamente más de lo que sabemos, creemos o desearíamos saber, los hay que no saben lo que deberían. De esta forma, políticos, periodistas y colaboradores televisivos en horarios de máxima audiencia demuestran que pasar por alto su propia ignorancia les asegura la empatía denegada a los expertos. El máximo exponente de esta tendencia, asentada en el 2021, es sin duda Tamara Falcó, una que que nada sabe por desprecio al conocimiento. Pero es que es tan mona…

Ojo que como ella hay muchos, tantos que la categoría de ilustres ignorantes se aplica a catedráticos y doctores, precisamente porque de poco vale el conocimiento cuando lo que prima es el alcance de la opinión vertida, los retweets, las visualizaciones, como si lo números legitimaran un contenido convertido en continente. En parte es debido al exceso de información como antítesis rara del conocimiento, a la fascinación que sentimos por los que, sin tener ni idea, prosperan en nombre de la mediocridad.

Si nos ceñimos a la definición de sabiduría, facultad para actuar con sensatez, prudencia o acierto, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que Tamara poco tiene de sabia. También que poco se diferencia de los supuestos dueños de una capacidad intelectual superior a lo que demuestran en sus vehementes intervenciones. Al final los cántaros vacíos son los que más ruido hacen y la estupidez es una cuestión de pereza. La que ella me produce es infinita, la misma que le genero a Tonino con mis artículos. Ella es de Pfizer, yo de Robin. Y así todo.

Ilustración: Phil Jones

Vecinos de Madrid: ¿de verdad os gusta la calle Ponzano?

Vivo horrorizado. Y no precisamente por vivir en Madrid, una ciudad que comparte muchos puntos en común con un pueblo tipo Zamarramala, con sus comercios de proximidad, sus paisanos de barra fija que saludan con la cabeza al pedir café con torreznos en el bar, sus aceras anchas y ese aire puro e inconfundible procedente de la Mujer Muerta.

Malasaña es un desfile de modernos clónicos y crónicos; el barrio de Salamanca una marca de dentífrico con efecto blanqueador extra; Moncloa un hervidero de hormonas en cuadriga y carpetas con fotos de Taburete; Vallecas el centro del Universo; Arganzuela, Chamartín y Tetúan ni idea porque nunca he ido; Retiro es ideal para el cruising y, sin embargo, todos ellos son maravillosos en comparación con la calle Ponzano, situada en el desmilitarizado barrio de Chamberí.

Venid a comprobarlo. En esta calle no solamente hay bares prefabricados en serie y un supermercado —con la excepción de “La máquina“, “El Decano” y “El Fide“—, sino todo un movimiento especulativo dedicado a la apertura indiscriminada (y diaria) de agujeros —se rumorea que el hijo de Aznar está metido en el ajo— que proporcionan mala música y entretenimiento todo a cien para gente de aspecto muy definido: no son pijos, ni de derechas, visten chalecos y buenos vaqueros, mocasines sin calcetines y perfumes de cuarenta euros, fuman en la calle, se tragan el humo y tiran las colillas al cenicero, hablan separando poco los dientes y entregan sus llaves al aparcacoches. Sin embargo, ninguno de ellos parece ser consciente de formar parte de un plan malévolo para saturar el mercado, desterrar las tiendas de toda la vida e implosionar, dejando tras de sí una estela de nada, un aro de humo, un cráter.

No lo sé, quizás sea la edad o que la palabra ponzaning me produce la misma grima que ver a Rivera, Abascal y Casado copulando juntos, pero no revueltos. En realidad yo quiero un barrio con gente un poco menos de mentira, lo justo para no perder la esperanza en el género humano, ese que se divierte, disfruta y se levanta con resaca sabiendo que las cosas de verdad merecen, si no mantenerse, al menos no ser olvidadas.

Santa Pereza, ¡que me devuelvan el dinero que nunca tuve!