Vecinos de Madrid: ¿de verdad os gusta la calle Ponzano?

Vivo horrorizado. Y no precisamente por vivir en Madrid, una ciudad que comparte muchos puntos en común con un pueblo tipo Zamarramala, con sus comercios de proximidad, sus paisanos de barra fija que saludan con la cabeza al pedir café con torreznos en el bar, sus aceras anchas y ese aire puro e inconfundible procedente de la Mujer Muerta.

Malasaña es un desfile de modernos clónicos y crónicos; el barrio de Salamanca una marca de dentífrico con efecto blanqueador extra; Moncloa un hervidero de hormonas en cuadriga y carpetas con fotos de Taburete; Vallecas el centro del Universo; Arganzuela, Chamartín y Tetúan ni idea porque nunca he ido; Retiro es ideal para el cruising y, sin embargo, todos ellos son maravillosos en comparación con la calle Ponzano, situada en el desmilitarizado barrio de Chamberí.

Venid a comprobarlo. En esta calle no solamente hay bares prefabricados en serie y un supermercado —con la excepción de “La máquina“, “El Decano” y “El Fide“—, sino todo un movimiento especulativo dedicado a la apertura indiscriminada (y diaria) de agujeros —se rumorea que el hijo de Aznar está metido en el ajo— que proporcionan mala música y entretenimiento todo a cien para gente de aspecto muy definido: no son pijos, ni de derechas, visten chalecos y buenos vaqueros, mocasines sin calcetines y perfumes de cuarenta euros, fuman en la calle, se tragan el humo y tiran las colillas al cenicero, hablan separando poco los dientes y entregan sus llaves al aparcacoches. Sin embargo, ninguno de ellos parece ser consciente de formar parte de un plan malévolo para saturar el mercado, desterrar las tiendas de toda la vida e implosionar, dejando tras de sí una estela de nada, un aro de humo, un cráter.

No lo sé, quizás sea la edad o que la palabra ponzaning me produce la misma grima que ver a Rivera, Abascal y Casado copulando juntos, pero no revueltos. En realidad yo quiero un barrio con gente un poco menos de mentira, lo justo para no perder la esperanza en el género humano, ese que se divierte, disfruta y se levanta con resaca sabiendo que las cosas de verdad merecen, si no mantenerse, al menos no ser olvidadas.

Santa Pereza, ¡que me devuelvan el dinero que nunca tuve!

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