Los animales

Ya no se recluta a las bestias para la guerra. Se acabó eso de cargar muerte y suministros sobre elefantes y mulas, palomas y camellos. Ahora la munición y las noticias las transporta el hombre y la fibra, jóvenes con rodilleras en su defecto. Los gatos ven pasar lo trenes de la tristeza y siguen a lo suyo, buscando esquinas en la que dejar su olor, pidiendo comida detrás del cristal. Maúllan en un frío sólido, como de soga alrededor del cuello, ajenos a los límites fuera de su cerco de leche. Será por eso que mujeres y niños buscan hogar en camas de países vecinos. Extraña geografía del horror. Fieras nosotros.

Como un gato observo a los caballos desde la ventana de una casa de campo. Duermen, aunque podrían estar muertos. Un hombre agreste se acerca a la parcela y grita algo que no llego a entender. Así reviven las mal llamadas bestias, porque los verdaderos animales ocultan su vergüenza en uniformes, arrebatan a la fuerza lo que pertenece a los que ya se fueron, a los que resisten y a otros que vendrán con lágrimas y patria. Las únicas fronteras son montañas y valles, bosques y mar. Así lo confirma el perro a mis pies.

Levanta la cabeza, gira sobre sí mismo y me observa con cara de recién nacido. De alguna forma nos entendemos sabiendo que no hay por qué gustarse. Así comienzan las grandes historias de amor. Mientras, el sol sale de detrás de una nube y ellos, el gato, el caballo y el perro, los tres, respiran un aire de paz. Domésticos sí, pero también indomables. Entonces llego a la conclusión de que son los animales los únicos que miran de verdad, siempre al ventrículo, porque sólo ellos saben lo que está sucediendo, que es la vida en el mal sentido de la palabra.

Ilustración: とつかみさこ

Los papeles de Antonio López

Hace dos días, toda una eternidad en Twitter, una pareja de policías le pidió los papeles a Antonio López en la Puerta del Sol. El artista, con su gorra desteñida y los colores de Madrid en el lienzo, no tuvo más remedio que cumplir con la normativa urbana: «si usted quiere pintar con caballete en la calle tiene que pagar la tasa municipal y esperar la concesión del permiso». Después llegaron los comentarios sobre la incultura de los agentes, quedándose en el tintero la cuestión fundamental. Y es que la capital ha sustituido a sus vecinos por consumidores, la calle ha dejado de ser aquel espacio de encuentro y cruising para abrazar el corporativismo de las marcas. Es más, si esta ciudad fue siempre su gente, ahora el valor se concentra en sus carteras.

Solo hace falta darse una vuelta y observar la ausencia de coleccionistas, afiladores y música bajita. Por supuesto, los pintores se han borrado y ante la invasión del calor conviene refugiarse en la asistencia primaria, ahora desbordada por el libertinaje entre los más jóvenes, precisamente los herederos de las aceras que desembocan en terrazas y las fachadas con anuncios de cuerpos inalcanzables. De leds, claro.

No se trata de mirar a Madrid con nostalgia, sino de advertir que los parques se han vaciado al ritmo de los pueblos, los columpios chirrían lo justo desde la llegada del iPad y el carril bici lo ocupan tíos que corren en dirección contraria. Eso sí, las musculocas de la calistenia nos suben las endorfinas y el cartón se acumula como los perretes de las cunetas. Sorprende que seamos tan libres y los pintores tengan que pasar por caja. Será porque olvidamos que los cuadros se pintan contra el enemigo; las paredes, en cambio, se decoran siempre con ideas.

Ilustración: Antonio López

Prohibir está de moda: ahora los petardos

La única vez que estuve cerca de un petardo fue para asistir a un espectáculo de yemas y uñas volando por los aires. Despejada la humareda, lo único que quedó en aquella plaza de pueblo fueron los gritos del chaval y la certidumbre de que con ciertas cosas no se juega. Y menos con pirotecnia. Ahora llega a España esa tendencia iniciada en China en 2017, quizás porque los perros tienen ansiedad durante las celebraciones, quizás porque la sociedad es más permeable a ciertas historias cánidas que a los caídos en un combate de estruendo y pigmentos contaminantes (sin metralla). En Guangxi son un manjar y así no ladran.

La cuestión de fondo, iluminada por destellos arácnidos es que, poco a poco, sin que nos demos cuenta, entre fiesta y taquicardias, asistimos a una moda de prohibiciones caracterizada por la aleatoriedad. Porque en Tokio se prohibe fumar en la calle, pero no en bares y restaurantes y, mientras tanto, en el mundo está previsto alcanzar los 500 millones de muertes por nicotina para el 2050. En Barcelona los únicos trajes de luces son los del Bagdag y en Madrid cada agosto el albero se tiñe de aorta, el alcohol es droga blanda y Budweiser patrocina la Liga de Fútbol Profesional. Por cierto, la ciudad de Trapani saltó a la fama porque en sus idílicos rincones no se puede comer helado, en Eboli se multan los besos en descapotable y los nazis, allá por los años treinta, prohibieron sentarse en los bancos públicos a los judíos mayores de sesenta y cinco años.

La reacción lógica ante cualquier obstáculo legal contra la libertad individual es rebelarse, por eso las tabacaleras lo promulgan, la Iglesia condena a los gays por guarros, el Estado castiga según la billetera. Es una realidad: prohibir adquiere tintes de broma infinita, si no es difícil entender el clamor popular en torno a la muerte de un perro sensible que precede al accidente silencioso de Joana Sáinz, cantante de la Orquesta Super Hollywood atravesada por un cartucho durante un concierto. Mirad, pero no toquéis, tocad pero no probéis, probad pero escupirlo después. ¿Recordáis la oscuridad invadida por fuegos artificiales de aquellas noches de verano? Despertad. En 2020 solo será un sueño con olor a “progreso”.

El tiempo que le lleva a un perro olvidar a su dueño

Ahora que llega el verano, tiempo de sudores, festivales y algo cercano al sueño de la clase trabajadora, el abandono de perros y gatos se hace más evidente porque claro, durante la estación fría mantienen la casa y el corazón caliente, pero papá, ¿por qué en el resort de Torrevieja las mascotas se quedan fuera del «menú todo incluido»? Silencio y ladridos.

La escena es desgarradora: el perro en la cuneta, solo bajo un sol blanco, muerto de sed, esperando a que su amo regrese a buscarlo, porque seguro que vuelve, ¡guau, guau! Y el coche se aleja hasta perderse de vista sobre el asfalto líquido.

El año pasado esta escena se produjo más de 138.000 veces.

Entonces si el dueño es un desalmado hijo de mil putas con triquinosis, ¿cuánto tarda el animal en olvidarse de él? Resulta que el tiempo necesario para que suceda oscila entre cinco minutos… o cinco años. El motivo se debe a que los perros no recuerdan por la sencilla razón de que no olvidan y que, aquí surge el elemento milagroso, viven en el ahora, una línea continua en la que no piensan o echan de menos a nadie que no esté presente si no hay nada que les recuerde a ellos.

Sorprendentemente, los perros tampoco tienen conciencia del pasado. De esta forma si les dejamos solos a la salida del súper, durante cinco minutos o cinco años, permanecerán impasibles hasta que regresemos o se reproduzca una escena familiar para él, un olor, un lugar, el elemento que desencadene una emoción idéntica e inmune al desgaste del tiempo. De hecho, la reacción ante la vuelta es análoga, sea cual sea el intervalo de la ausencia. Cosas de la vida en manada y el hábito como impulso vital.

Ahora que lo sabes, piensa cinco minutos o cinco años antes de dejarlo en un pinar o un contenedor. Hacerlo implicaría abandonar el mundo, soltar la correa que te hace fieramente humano, desprenderte del poco corazón que ya tenías.