Deshacer el tiempo

Me gustaría deshacer el tiempo, volver a estos últimos días de toallas tendidas, caminar al borde de la arena, mareas, cangrejos y delfines, dormir en un habitación muy oscura, despertarme junto a ella. ¿Has visto? A través de la ventana se cuela un rayo de luz, un poco de esta aurora nuestra. Si vivimos a la contra, ¿por qué estas ganas de ir hacia detrás? Será porque delante, invisible, todo se deshace sin querer, todo escapa a este deseo de revivir para contarlo, entre mañanas de prisa y tardes frente al sol reflejado en una orilla preludio de la noche. Me gustaría tanto…

Me gustaría deshacer el tiempo para ver a la tía Marta decidir qué colores emplear. Un poco de rojo sobre un lienzo, un trazo de azul y de amarillo, una bailarina, o la montaña enmarcada fuera de sus sueños. Si alguien puede impregnar la nada con su vida, entonces yo podré desandar los pasos, invocar su mano, su mano y un pincel, su mano y sus venas, su mano que era la mano del abuelo, su manos, sus venas y un pincel en un gesto de aire ya pasado. Marta me pintó siendo yo apenas un niño, boca abajo, con las plantas de los pies muy juntas. Sigo siendo el mismo. La vida es otra.

Me gustaría deshacer el tiempo para evitar sentir el privilegio de ver cómo los días arden y se acortan, cómo el pelo se vuelve blanco o cae, cómo los amigos son distancia y las familias se renuevan de una forma tan sencilla y milagrosa. Primero niños, después adultos, luego viejos, después nada y otros niños. Así siempre. En realidad, me gustaría deshacer el tiempo porque cada verano que pasa me arrebata espacio. El tiempo deja de ser tiempo. Tampoco nosotros somos ya nosotros. Lo único que no cambia de nombre es el amor. Y está ahí delante.

Ilustración: Bo Barlett

Los papeles de Antonio López

Hace dos días, toda una eternidad en Twitter, una pareja de policías le pidió los papeles a Antonio López en la Puerta del Sol. El artista, con su gorra desteñida y los colores de Madrid en el lienzo, no tuvo más remedio que cumplir con la normativa urbana: «si usted quiere pintar con caballete en la calle tiene que pagar la tasa municipal y esperar la concesión del permiso». Después llegaron los comentarios sobre la incultura de los agentes, quedándose en el tintero la cuestión fundamental. Y es que la capital ha sustituido a sus vecinos por consumidores, la calle ha dejado de ser aquel espacio de encuentro y cruising para abrazar el corporativismo de las marcas. Es más, si esta ciudad fue siempre su gente, ahora el valor se concentra en sus carteras.

Solo hace falta darse una vuelta y observar la ausencia de coleccionistas, afiladores y música bajita. Por supuesto, los pintores se han borrado y ante la invasión del calor conviene refugiarse en la asistencia primaria, ahora desbordada por el libertinaje entre los más jóvenes, precisamente los herederos de las aceras que desembocan en terrazas y las fachadas con anuncios de cuerpos inalcanzables. De leds, claro.

No se trata de mirar a Madrid con nostalgia, sino de advertir que los parques se han vaciado al ritmo de los pueblos, los columpios chirrían lo justo desde la llegada del iPad y el carril bici lo ocupan tíos que corren en dirección contraria. Eso sí, las musculocas de la calistenia nos suben las endorfinas y el cartón se acumula como los perretes de las cunetas. Sorprende que seamos tan libres y los pintores tengan que pasar por caja. Será porque olvidamos que los cuadros se pintan contra el enemigo; las paredes, en cambio, se decoran siempre con ideas.

Ilustración: Antonio López