Me gustaría deshacer el tiempo, volver a estos últimos días de toallas tendidas, caminar al borde de la arena, mareas, cangrejos y delfines, dormir en un habitación muy oscura, despertarme junto a ella. ¿Has visto? A través de la ventana se cuela un rayo de luz, un poco de esta aurora nuestra. Si vivimos a la contra, ¿por qué estas ganas de ir hacia detrás? Será porque delante, invisible, todo se deshace sin querer, todo escapa a este deseo de revivir para contarlo, entre mañanas de prisa y tardes frente al sol reflejado en una orilla preludio de la noche. Me gustaría tanto…
Me gustaría deshacer el tiempo para ver a la tía Marta decidir qué colores emplear. Un poco de rojo sobre un lienzo, un trazo de azul y de amarillo, una bailarina, o la montaña enmarcada fuera de sus sueños. Si alguien puede impregnar la nada con su vida, entonces yo podré desandar los pasos, invocar su mano, su mano y un pincel, su mano y sus venas, su mano que era la mano del abuelo, su manos, sus venas y un pincel en un gesto de aire ya pasado. Marta me pintó siendo yo apenas un niño, boca abajo, con las plantas de los pies muy juntas. Sigo siendo el mismo. La vida es otra.
Me gustaría deshacer el tiempo para evitar sentir el privilegio de ver cómo los días arden y se acortan, cómo el pelo se vuelve blanco o cae, cómo los amigos son distancia y las familias se renuevan de una forma tan sencilla y milagrosa. Primero niños, después adultos, luego viejos, después nada y otros niños. Así siempre. En realidad, me gustaría deshacer el tiempo porque cada verano que pasa me arrebata espacio. El tiempo deja de ser tiempo. Tampoco nosotros somos ya nosotros. Lo único que no cambia de nombre es el amor. Y está ahí delante.

Ilustración: Bo Barlett
