Llueve

La lluvia siempre es puntual por ser inoportuna. Mientras jarrea, la ciudad encoge el cuello para secarse pronto, despliega sus paraguas, flores a vista de pájaro mojado. Con el chubasco, mi calle se disuelve en gotas de tinta y carboncillo, el humo de los cigarros produce interferencias, el asfalto desemboca en riadas bajo los bordillos, todo se junta, empequeñece, se desborda. Dicen que el agua es buena para las lechugas, pero en Madrid el campo se cultiva en los balcones, con su escarcha de luz tenue y esos muros que hoy parecen tumbas. Llueve y todos lloran. ¿Y esto era marzo?

Descartada la primavera por razones evidentes nos queda este miércoles pasado por agua y uva moscatel, de tonos sombríos sin llegar a lúgubres porque promete tiempos mejores, al menos en lo que al pronóstico del tiempo se refiere. Las tormentas trajeron una música de filo de cuchillo, ahuecada y con las alas rotas. Hay un río en potencia en cada esquina y un barco de papel higiénico en las alcantarillas, y yo pinto un calendario sobre el cielo, una lavandería en cada estación de metro. Muchos se mojan, pocos caminan. La vida era un desierto.

Hemos perdido la primavera antes de que comenzara, como si últimamente todo naciera por defecto. Tiene que tratarse de un buen augurio, quizás una futura estación inundada de sol en las orillas y las comisuras de los labios. Más tarde, puede que pasado, el viento soplará llevándose la humedad hacia otras latitudes. Entonces desearemos que vuelva, querremos bailar bajo la lluvia, reconocer que sólo podemos vernos tal y como somos en el fondo de los charcos.

Ilustración: Guy Billout

Primavera

También los cisnes mueren en primavera. O eso decían los versos de Bukowski. Nunca vi morir a ninguno. Tampoco nacer. De hecho, desconozco las razones que llevan a un ave de tanta plasticidad —podría decirse que están llenos de helio— a vivir en las aguas del Manzanares con la de ríos entre los que elegir. Pero ahí flotan. Lo mismo le sucede al cambio de estación. Ha vuelto, muchos la esperaban y, sin embargo, se camufla bajo el mercurio, las campañas electorales y esa sensación de que el tiempo solamente pasa para hacernos más viejos y, por qué no decirlo, también más tristes. ¿Os acordáis de cuándo la primavera sabía a primavera? Espera que lo miro en el prospecto.

Es cierto que los almendros han decido estallar y a veces, al abrir la ventana del baño, se intuye la piel bajo las faldas, el ruido de los amantes, la mirada de los que llevan tanto tiempo solos que el dorso de una mano extraña es la excusa perfecta para caer en la tentación, la de Leda y Jesús, la de beber en la calle sin un calentador a mano, la de levitar, alejarse, quizás rasparse las rodillas sabiendo que a las once en casa.

Resulta que por cada paso dado un pájaro levanta el vuelo, y así vivimos en Madrid y por ende en el mundo, mirando hacia arriba con la esperanza de recuperar el cielo, tan cercano que parece tierra húmeda. Es el problema de la luz cuando se para, de las plumas que clavan en la carne, del eco y su vacío. Por eso me gusta la primavera, la única con la capacidad de anular las fórmulas de la ciencia y los cuchillos de la política. De repente, una lágrima es una flor. Y así el asombro vuelve a nuestros ojos cada año.

Ilustración: http://www.nzprintmakers.com