La gente rota

Te lo repiten tantas veces… «Disfruta de la soledad, elígete a ti mismo». Pero no. Le gente rota solamente quiere que deje de doler, un poco de paz frente a un pasado hecho pedazos, poder estar en el presente de las cosas. Y es que los nuevos comienzos, a veces, se originan en finales tristes, tienen el aspecto de una broma innecesaria. En esta orilla la comida sabe a tierra, las horas pasan como las nubes sin viento, la realidad parece tan ajena que darías cualquier cosa por dormirte y despertarte en otro sueño. Pero no. Estar roto supone convertir el tiempo en la eternidad del ausente. Porque hubo alguien que te quiso tal y como eres, que vivió en tu dermis y la casa de tu mente. La gente rota está por todas partes. Perdón, estamos.

La gente rota aspira a salir a bailar, quizás a encontrar una manta con la forma de un abrazo. Pero no. La música suena para los demás, la lana es una cama con ortigas. Tenemos los rotos un brillo en la mirada, como si la pena pudiera contagiarse, una marca después del nacimiento. Y dejamos rastro de pétalos sin olor, de pasos que querrían desandar sus pasos. La cura, para los que andan rotos, nada tiene que ver con el tiempo, sino con lo que se hace de él, que no es más que amar, amar una y otra vez. Sucede lo mismo con el daño: llega, hiere y se va. Recoge tus pedazos al salir, anda. La dignidad es eso y el silencio.

Dejar de fluir y aferrarte a lo que te hizo mal es el único mantra con sentido. Los rotos somos incapaces de decidir cuándo enamorarnos o dejar de hacerlo, nuestro yo carece de importancia, sabemos que el amor es la razón y nos hará libres, aunque no sea justo y mucho menos ciencia. Ahora, tú estás roto, amigo, el cuerpo intacto, la mente un fósil de cristal. Volver a empezar… ese destino inalcanzable. Pero no. Los pedazos van llenándote las manos. Quedan grietas en los puntos de unión, por ellas pasa el aire. Quizás la única razón para romperse sea reconstruirse algo mejor. Nada divide tanto como la verdad, nada une tanto como el amor. Y vuela con las alas rotas.

Ilustración: David Shrigley

No lo viste venir

Creías conocerle de memoria. Recorriste tantas veces su perfil, reíais juntos sin apenas intentarlo. Él sacaba la basura de tu mente. Sabías cuando había tenido un día malo, a veces sin hablar siquiera, a veces con gestos invisibles. Pensarle implicaba conocerte un poco, estar segura de que ya nunca estarías sola, perder el equilibrio sabiendo que, al levantar la mirada, te encontrarías con sus ojos, con una mano dispuesta, con una mano pequeña y firme, con una mano que no era una mano, sino la certeza de que los placeres sencillos son los únicos que dejan huella. Pudiste ver vuestro futuro juntos, un destello de domingo, una estrella que se va muriendo poco a poco y nunca. Lo que sucedió nadie lo vio venir. Y eso no te lo perdonas.

Porque el día que te dijo que ya no te quería pensaste que se trataba de una broma. Si todo estaba bien, ¿cómo era posible que todo terminara? Te miró como se deshace el hielo, mirando a través de tu cuerpo de sombra, de la misma forma que miramos el pasado. Pero tú estabas ahí, estabas viva y sentías tantas cosas que eras incapaz de sentir nada. «Así que el problema era yo», pensaste. Qué difícil es darse cuenta de que uno es obstáculo, qué cosa más triste es encarnar la vida como objeto, un cenicero azul, un diario sin hojas. Nos han utilizado, fuimos consumidos, creíamos que sería para siempre. Y se ha acabado.

¿Qué hacemos con el tiempo que no vemos? Llorarlo, escribirlo hasta convertir la pena en ficción, ir a terapia, alejarse del vino de oferta, ir al mar, planear ese viaje que nunca haremos. El problema es perdonarse por estar tan ciegos, dejar de ser esclavos de nosotros. El otro ha desaparecido y tú tienes que aparecer cada mañana en el trabajo, en la vida en el mal sentido de la palabra. Primero pides permiso para entrar, después te compadeces, culpas a la lluvia por aparecer de pronto, meces la vergüenza y caes en el miedo de ser tú. Puedes pintar un ojo sobre el párpado, de verdad se puede. Despacio. Primero al carboncillo, luego de colores. Un ojo primero, luego dos. Sin quererlo, queriéndote, te terminas perdonando. Y cuesta tanto…

Ilustración: David Shrigley

Arrepentirse de lo que no hicimos

La pregunta «¿te arrepientes de algo?» viene con un truco y dos cepos. Porque el arrepentimiento alimentado por errores, un gesto o aquello que hubiésemos hecho de otra forma poco tiene que ver con la fístula crónica que provoca lo que pudo haber sido… y nunca fue. Sí, muchos aspiraron a terminar Caminos, perfeccionar el regate con la zurda y el plié, que su matrimonio fuera otro, sin embargo, a todos nos atraviesa el rayo del pasado en 2022 por culpa de aquel momento de la verdad en el que no hicimos absolutamente nada. Bueno, seguir dándole vueltas a la misma mierda años después. ¿Por qué, Dios mío, por qué?

Pues bien, las acciones tienen consecuencias. El arrepentimiento y su pesar llegan segundos después de haber invertido todos los ahorros en Bitcoins o haber perdido el domingo viendo «Cobra Kai». La velocidad actúa en dos sentidos: primero el latigazo y poco después el consuelo que mitiga el dolor que desaparece pronto si nos perdonamos o somos perdonados. Las secuelas de una acción suspendida en el tiempo —aquel chico que te sonrió de perfil o esa oportunidad perdida— son infinitas para nuestra psique, sobre todo porque vienen asociadas a un viaje frustrado, un destino de arena, quizás prosperar en el presente.

Así la inacción nos martiriza antes y después de la Semana Santa, de ahí que los recuerdos relativos a procesos dejados a medias se almacenen mejor en la memoria. Vamos, que los mortales amamos el suspense, las espinas y el misterio, aquel mundo en el que pudimos reinar y acabó como Pompeya. El consuelo pasa por tener algo muy claro: el miedo que nos frena es temporal. En cambio, ciertos arrepentimientos duran una vida que pudo ser soñada de otra forma, quizás con los ojos abiertos, aquí y ahora, nunca.

Ilustración: https://thomasdanthony.com

Nuestras imperfecciones

Con la tiranía de las imágenes de nuestra imagen (aquí sólo cuenta lo que se mira en un segundo y se comenta) apenas queda tiempo para (de)mostrar todo el potencial de las imperfecciones. Y no se trata de una cara libre de polvo suelto, es decir la verdadera faz que nos despierta tras el sueño sin ser luna llena. Tampoco de los defectos que señalan la cadera o restan partes a la anatomía, una pierna más corta, la imposibilidad de ver más lejos sin recurrir a las puntillas, el amarillo del esmalte o la forma convexa de la boca, grasa, cicatrices, piel de desconchón y todos los supuestos males que lastran el cuerpo-cárcel, por dentro y también por fuera.

Porque esas trampas o camisas de fuerza mustian frente a la imperfección que nadie observa, excepto uno. Son ganas de encontrarnos con lo otro, eso que falta, de pegar los trozos de nosotros cada vez menos nosotros, hacer énfasis en ocultar lo que define a las especies. Ignorando las fracturas del tuétano damos aire a esqueletos con la consistencia del vidrio recién nacido. Ser perfectos, ¡qué aspiración tan hueca, tan terriblemente perfecta!

Logros, esguinces,¡levántate y corre, Lázaro!, sueños, dietas y coronas de flores y espinas. De esta forma tan extraña marcamos el paso propio frente al infierno de la mirada y la aceptación, aquella que se nos niega al originarse en ojos de un extraño. La perfección existe al convertirnos en inadaptados a lo defectuoso, a la tara, al vicio y la falla. En ese punto, alcanzaremos a ver «más allá de lo que nos muestran, a escuchar más allá de lo que nos lo dicen». Y la imagen, de pronto, nos descubre lo que somos por primera vez.

Ilustración: http://www.cecile-gariepy.com

Cuando te gusta alguien que te cae mal

Pasa mucho. De pronto, conoces a alguien que te hace perder la cabeza. Es mirarle y te pones como una moto de polígono, física y química nuclear a punto de caramelo, y claro, boca, subconsciente y genitales necesitan echarle un polvo salvaje que genere el hongo de Hiroshima en La Mancha. El único detalle es que te cae mal. No sólo eso; te parece gilipollas, insoportable. De hecho, jamás se te pasó por la cabeza acercarte a un tío así ni por asomo. ¡Aj! Representa la reacción a todas tus aciones, lo contrario de lo que quieres ser. Y ahí estás, tumbada en la cama junto a ese desafío, fruta prohibida invadida por gusanos… y ya estás lista para echar otro, y otro, y otro. ¡Qué asco, pero qué rico!

Hace tiempo que la ciencia estudia este fenómeno de andar por casa (en pelotas). Los hombres con personalidad más desagradable, extrovertida y que optan por cambiar de pareja cada dos días suelen ser los mas codiciados. La razón se resume en la curiosidad por lo desconocido y el odio, el mejor catalizador para que el sexo trascienda el intercambio de fluidos y bombee litros de hormonas y azotes por todo el cuerpo. Ojo, nada que ver con amar.

Así surge una forma de rencor, un odio pasivo que explota al roce porque ese tipo de sentimiento, aunque sea turbio, concentra una forma de conexión a la que resulta imposible resistirse, formas crueles de alcanzar aspectos de tu personalidad que permanecen enjaulados o en hibernación y, sin embargo, te representan. Y mucho. Lo más curioso de todo este despliegue de fuegos artificiales, cohetes despegando y aspersores a la máxima potencia es que terminan hundiéndote, incluso por debajo del tío en cuestión. Cosas de los humanos.

Ilustración: http://www.championdontstop.com

Escribe tus emociones diarias

Durante estos días y mientras se produce el regreso a la ‘vieja anormalidad’ es muy recomendable escribir en una hoja todas las emociones por las que transitamos desde que nos levantamos sin alarma hasta que soñamos raro. Entre medias, el mismo pijama y la cólera, dos gramos de desesperación, la euforia de saber que mamá sigue bien, el asco al cubo, la incertidumbre y el miedo, un vaso de lágrimas y la apatía convertida en risa floja. Un total de 250 sentimientos en 17 horas.

Paradójicamente, ahora que el tiempo fluye más deprisa que nunca, lo más interesante —además de comprobar que escribimos como el culo— es integrar a los demás en nuestras emociones, darle cuerda a un motor que se ha parado por culpa de la confrontación extrema, esa nueva forma de violencia que prescinde de nudillos y navajas, pero igualmente corrosiva y letal. Porque como estamos distanciados socialmente la agresión se articula con mentiras. insultos, posts e intervenciones en Zoom. Cada día.

Es muy sorprendente comparar esas listas y cerciorarse de que, más allá de ideologías y saltos generacionales, todas incluyen las mismas palabras, dejando al descubierto la única evidencia en tiempos de hambre: nos unen las mismas necesidades instrumentalizadas de formas diversas. De pronto, el eterno «es que la gente es gilipollas» deja paso al «bueno, vamos a preguntarles por qué». Y la cooperación es movimiento social sin nadie al mando.

La indiferencia

De todos los males que acechan nuestra civilización, con sus escenas diarias protagonizadas por la que es —supuestamente— la generación más preparada de la historia, hay una que brilla por encima de todas las demás con una luz trémula propia, grisácea, casi mate, tanto que ni siquiera somos conscientes de que ilumine nuestras propias sombras, precisamente porque no nos importa. Señores y señoras, con todos ustedes: la indiferencia.

Y da igual si los niños de San Pedro del Pinatar dibujan con sus menudos cuerpos un SOS para salvar el Mar Menor, o si con cada segundo de más nos acercamos a un Apocalipsis planetario sin obsolescencia programada aquí, un poco más allá y en la Australia ardiente, o si una inmensa minoría de miembros de la SGAE y las televisiones locales se llenan los bolsillos mientras el resto de músicos apenas saca sesenta euros por concierto —en el mejor de los casos—. Y si ayer murió Jose Luis Cuerda y solo se lamentan los que se cagan en el misterio, ¿quién guardará en la memoria el 24 de Kobe si a nadie parece molestarle que la peña lleve camisetas de grupos que no escucha?

La indiferencia, una forma fieramente humana de crimen psicológico, representa el naufragio invisible, precisamente porque en ese juego de contrarios en el que nos debatimos, con tan ilustres aspirantes como el amor y el odio, la belleza y las uñas de Rosalía, Madrid y Barcelona, la fe y el porno, la vida y la muerte, es la reina indiscutible en contra de toda acción. Bajo su mandato algunos resultarán heridos, otros celebrarán la victoria con champagne, caerán más torres, saldrá el sol y con un poco de suerte el virus será frenado… todo ante nuestra más absoluta indiferencia.