La edad de las enfermedades

Envejecer es una putada. Uno hace ruido al hacer cosas, las letras menguan y aquel mundo que conocimos deja de existir. A pesar de ello podemos observarlo de lejos, con una sorpresa antigua y mientras otros miran los restos del naufragio por un ojo de buey. En la superficie hay canas, arrugas, bíceps flácidos, calma y aceptación como forma de vida, un bienestar común y precario y la certidumbre de que mañana, pase lo que pase, todo será igual o parecido. Podemos ser jóvenes siempre en teoría, aunque conlleve un gran esfuerzo en la práctica. Eso sí, hay algo contra lo que nada podemos hacer. Se llama enfermedad.

Porque a partir de los cuarenta perdemos los miedos nacidos en la infancia. Quizás por esa razón surge la posibilidad de la muerte en forma de tumores e hipertensión. ¿De qué hablan los que se hacen viejos? De lo que les duele el cuerpo. Osteoporosis, problemas cardíacos, tartas de cumpleaños como la noche de San Juan…, recordatorios de que los años nunca vienen solos y de que nadie está completamente sano. La salud corporal se une a la maltrecha mente y nos aferramos a la vida con sus desayunos y su fiebre. No hay enfermedad sin esperanza.

Los enfermos bautizan a sus enfermedades con nombres familiares. Les dicen «el bicho» o «mi cosa», la sientan a la mesa y les ofrecen postre. Alrededor del enfermo surge el amor, una preocupación real en forma de caricias y hasta un ánimo de flores y ganas. La libertad consiste en estar sano; el resto son solo recetas escritas con letra de reguetonero. Hay un consuelo ante la enfermedad y es que, a veces, se trata de una palabra. Enfermedad, tienes un nombre de mierda. Desde aquí mi empujón para todos los enfermos; pronto dejarán de serlo.

Ilustración: Francesco Ciccolella

¿Cómo dormimos?

Vivimos, con suerte, ochenta y cinco años, un tercio con los párpados cerrados. Casi tres décadas sin contar las siestas. Un acto tan horizontal, tan nuestro. Todos saben cómo mienten; nadie cómo duerme. Puede que fuera un sueño y por esa razón algunos roncan o sujetan la almohada con firmeza antes de morir latiendo. Después se produce ese viaje al fondo. El cuerpo deja de ser lastre. Los malos recuerdos se desgarran y podemos volar, matar incluso, acostarnos con esa persona inalcanzable. El resto es un misterio.

Le pregunté qué hago mientras duermo. Quise saber lo que sucede cuando no hay consciencia y el mundo es una sábana. «De lado y con un cojín sobre la frente«, dijo. «Respiras fuerte, como si te ahogaras». Un espasmo. Esa es la llave al otro lado, el precio a pagar por apagarse. Después una mezcla de paz y movimientos sísmicos. Hay cierta estética en el sueño. Uno sueña como vive. Yo dejo soñar al que está cerca, no me entrometo en sus asuntos. Muevo las piernas con delicadeza y, algunas noches, pronuncio frases inconexas. Son mis sueños los que piden ayuda para no perderme. Al despertar, estoy solo; siempre acompañado en sueños.

Puede que los malos sueños sean malos porque se parecen a la vida. Al soñador no lo perdonan nunca. Es más, puede que la clave de soñar sea arrebatarle los sueños a los otros para que por fin hablen de uno. Yo no puedo. Prefiero dormir sin hacer ruido, serme fiel un rato, perdonarme, no despertar a los pájaros. Hoy me levantó la luz. Solo aquellos que te conocen saben cómo duermes. Pregúntales. Por eso el verano se parece a un sueño en el que no dormimos.

Ilustración: Simon Bailly

Esa edad en la que solo se habla de salud

Se encuentran por casualidad. Entre las dos suman más de ciento cincuenta años. La señora de la izquierda lleva una chaqueta de punto verde pistacho. La de la derecha acaba de salir de la peluquería. El tren se detiene frente a ellas, el andén como metáfora del tiempo. Hay dos besos. La mayor le acaricia el borde de la chaqueta a la más joven por poco, como diciendo que todo irá bien, que están aquí. De ahí el tacto. Luego hablan. De salud, claro, tema de conversación estrella de los mayores de cuarenta. Hablar es, desde ahora, una forma de cuidado.

Queda claro que la edad viene con cargas que poco tienen que ver con las de la juventud. El grifo cierra mal, los órganos se secan, la vista necesita un telescopio. Cumplir años significa hacer punto con los días, mirar el cielo sin esperar amaneceres grises y convertir el deterioro en la mejor forma de pasar la vida. «Que si la cadera, que si le operarán en breve, que si se ha muerto Paz, la hermana de Gloria». Todo queda reducido a una catástrofe. Pero pueden contarla. Son bellísimas, las dos, tan mayores, tan niñas en el fondo y ese ruido de los años.

Ojalá llegar a eso, ojalá convertir las charlas en una sucesión de achaques y prótesis. Significaría que vivimos. La tragedia tiene poco que ver con la falta de salud y el exceso de nieve sobre los hombros, más bien con el hecho de sentirse joven a pesar de que casi todos tus amigos murieran sepultados. El tren reanuda la marcha con las dos señoras dentro. Cada vez más juntas, cada vez más risueñas gracias a este encuentro, quizás el último. Sí, ellas son casi ceniza y sonríen a pesar del aire acondicionado de este Cercanías. El tren gime, continúa por las vías dejando de sufrir por el pasado, por la salud entre paradas con un solo destino. Y es el nuestro.

Ilustración: Guy Billout

Tu salud

Tener salud es la única felicidad que cuenta. Porque el sano no solamente vive mejor, sino que se anticipa a la vejez en buenos términos con la soledad. Casi nadie sabe que la salud es un milagro, una oportunidad entre dos enfermedades —esperemos que curables— y a ella debemos consagrarle nuestro tiempo: dormir porque es gratis, duchas heladas al despertar para que el día tenga margen de mejora y comer quedándose con hambre. Todo sin olvidar la importancia de tener mala memoria y una mente que recurra a ayuda si hace falta. El resto, amor aparte, es facultativo.

Porque la gente que se va a morir quiere vivir más. Por su parte, el que agoniza nunca recuerda bienes acumulados o fungibles. En cambio, anhela esa tarde entre amigos sanos y con buena dentadura. Somos impulso, agua y huesos. Lo de ser polvo de estrellas implica parecerse a los atletas, los menos sanos entre aspiraciones de arder pronto y colgarse una medalla. La salud carece de rangos, velocidad y fronteras, es una y solo una, la misma para el pobre y el rico. La democracia era eso.

Digo todas estas tonterías porque lo vi en casa. Padre nunca pudo jubilarse. Hubiera dado todo lo que no pudo vivir por estar sano. Quizás fueran el tabaco y los disgustos. Tal vez su salud fue un truco de magia. Siendo joven lo ingresaron. A los pocos días fumaba a escondidas en el baño. Eso también era salud. Tuvo que ser mala suerte, mala suerte como antónimo de sano. Padre mantuvo el deseo de curarse durante un tiempo. Luego dejó de tocar la guitarra. La salud es la música que suena en casa. El que tiene salud tiene esperanza. Lo tesoros… para los faraones.

Ilustración: Guy Billout

Mi primer día de gimnasio sin mascarillas

Todo a buelto y sigue igual de raro, aunque lo recibamos con un entusiasmo de superación, virgen. Entre las novedades, el gimnasio sin mascarillas ni perímetro en las elípticas. Otro mundo de interiores, el mismo que se va ajustando con cada pedaleo y cada gota de sudor. En ese tránsito —dos años de parón activo— algo falla, como si la mitad de la cara, antes a medio tapar, se hubiese quedado atrás y el cuerpo siguiera a lo suyo, brazos para ellos, culo para ellas, físico contra el deterioro de la mente para todos. Se salvan los monitores, todavía enganchados a una mascarilla-lapa. El resto ha alcanzado la completud facial y, sin embargo, les queda una mancuerna para el kilo. Otra serie, mismos batidos asquerosos.

La mayoría pasa por alto este detalle y prefiere entrar corriendo por la puerta grande. Por fin les reconocen en la entrada. Muy bien. Es más, alguno lo celebra y se desenamora de la chica de las mallas y las pajas, antes una diosa de carne y piedra… hasta que llegó el presente. Resulta que la belleza se concentraba en unos pocos centímetros. Otros, igual de cortos, son felices y respiran fuerte en una cara más pequeña de lo normal y a la que le falta trabajo. A las 17:05 comienza la clase de zumba. Ni rastro de la rehabilitación facial y las neuronas.

Tampoco faltan los que se atragantan con el agua, los que se suenan los mocos y esas chicas que hacen un FaceTime sin caer en la cuenta de su error. ¡No, por favor! ¿Y qué decir de la hostilidad que reciben los que siguen llevando mascarilla? El asco era eso. Tan sólo los mayores pueden darse el lujo y ducharse con un neopreno de barbilla. Será porque la edad provecta trasmite más ganas de vivir a pesar de la falta de humedad. Ahora que la filosofía desaparece de las aulas podemos retomarla en el gimnasio. Así, la cara a pelo aporta intimidad, delata, prescinde de diálogos, acapara chismes y «se convierte en un pez que trepa por error al nido de un pájaro». Raro.

Ilustración: Guy Billout

De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

Si te caes no te levantes

Si te caes no te levantes. Quédate a ras de hierba y su cemento. ¿Por qué ese empeño en la reconstrucción inmediata? Cada mañana, la aurora pone en pie las ruinas de la noche. Tú no. Tú quédate donde estás, entre las sábanas con olor a epidermis, en el ángulo muerto del latido, bajo los cristales de la carne. Y escucha, sí, tú. Pero no a mí, sino al dios de las pequeñas cosas susurrando a los agazapados. Entonces el pulmón se hincha, las burbujas ascienden hacia la superficie, la luz se precipita al fondo abisal… todo un logro de la apnea sin piscinas. Sí, reconócete; aún respiras, aunque sea de espaldas.

Estar mal es un derecho y el héroe sólo es héroe cuando lo pierde todo; todo menos la vida, claro. A vista de hormiga el dolor se hace más pequeño, quizás porque sanar deprisa cura poco, incluso resta. Luego, en el afán de los días quietos, recurrir a alguien en nada se parece a la derrota. Nos tienden la mano, percibimos el tacto de una palma tibia y vamos incorporándonos. Así, despacio, vas muy bien. La otra opción, hacerlo en solitario, también vale pues no hay nada escrito en esto de ir mejor. En ambos casos la fuerza de la gravedad se hace patente en el ascenso, más que en la caída. Paciencia y tiempo contra fuerza y pasión. Y te levantas.

Ilustración: Belhoula Amir

Presbicia

De entre todos los males relativos a hacerse mayor hay uno que sucede rapidísimo y además no avisa. Quizás Darwin propuso ciertas pistas (que ignoramos): hacer ruido al agacharse, acostarse siempre de noche, resacas que inutilizan para todo menos para morirse estando aún vivos, echar la mañana cocinando y buscar «planes alternativos». Y de pronto, una tarde de sol te enfrentas al drama existencial: ayer veías. Punto. Es algo que va más allá de la metáfora. Quieres leer un mensaje y ahora todo se borra en tu mente y la pantalla. Fuerzas, incluso frunces el ceño al considerarlo un problema pasajero, ¡pasará seguro! Y no, está aquí para quedarse, se llama presbicia e implica que todos los universitarios de tu barrio te parecen niños.

Cumplir décadas implica un endurecimiento y una pérdida de elasticidad del cristalino que imposibilita enfocar imágenes cercanas. Las que están más alejadas (los jóvenes) se libran del hachazo porque ya se sabe que el futuro y la vejez se llevan mal, de ahí que el presente sea un borrón. ¿Cómo reaccionamos todos? En lugar de pasar por el oftalmólogo nos comportamos como adolescentes airados de experiencia demostrable, buscamos subterfugios en letras tamaño 18 y teléfonos que no caben en el bolsillo. Lo contrario implica ser un viejo, es decir, usted.

Resulta conveniente evitar la gafas de farmacia (opción patrocinada por este artículo) y andar por el mundo extendiendo el brazo a tope cada vez que suena el móvil. La ceguera viene de la mano del misterio, un nuevo mundo interior más solitario, la antesala de lo que nos espera (en el mejor de los casos) cuando seamos mayores de lo que ya somos, ancianos, momias, muebles. Cierto, nacemos ciegos y al vivir con miedo la invidencia aumenta, sin embargo hay algo peor que la presbicia: ver algo que no es. Y no lo veo.

Ilustración: Michiel Schrijver

Simone dice: «si no puedes más… para»

Así somos. Parece que tenga que retirarse Simone Biles de unos Juegos Olímpicos para que el resto de mortales priorice la salud mental, hasta hace poco ‘cosas de gente sensible’. Y es que en el gueto de la gimnasia, deporte demoledor para el cuerpo y la escala de daño, la desconexión entre cuerpo y mente —algo que sucede tras miles de piruetas— ha permanecido acurrucada. También el bloqueo, la ‘carcasa’ o la ansiedad de aquellas que aspiran a la perfección. Si a eso le añadimos una búsqueda constante y desesperada de historias de superación y modelos de conducta, el resultado es la mejor gimnasta de todos los tiempos echándose a un lado. El éxito viene siempre detrás de la vida. Repetimos; siempre.

Observando sus acrobacias en contra de la gravedad nos olvidamos de lo más importante. En los entrenamientos prima el error; por cada doble-triple clavado hay veinte fuera de pista; para noventa segundos de ejercicio se emplean niñez, adolescencia y restos de vida adulta, tiempo en el que, paradójicamente, sólo las más fuertes de cabeza aspiran a las medallas. Simone es culpable de una cosa: hacer fácil lo imposible, y eso tiene graves consecuencias para la ficción en la que parecemos habitar.

A pesar de las presiones, Simone dice: «si no puedes más… para, cuídate». El mensaje va a la contra de lo viejo conocido. ¿Dónde queda el espíritu de competición? ¿Y el récord y la historia? ¿Qué sucede con las esperanzas depositadas en ella? Sencillamente que esa mierda se acabó. A partir de ahora, los aspirantes al podio deberán tener en cuenta que el deportista de élite entra en la pista cuando se siente bien por dentro y por fuera, de lo contrario, saldrá en una camilla. Y de pronto, el mundo es un lugar menos extraño.

Ilustración: www.erickrasco.photoshelter.com

Adiós a las mascarillas

Queda claro que el mundo ha intentado doblegarnos. Así, después de un año y medio conviviendo con el miedo, el olor de encías y el suspense, se acerca el momento de decir adiós a las mascarillas como el que se despide de un enemigo. Y hay jarana, una alegría incontenible porque por fin los feos podrán seguir siéndolo y los guapos más guapos serán. Pero cuidado, sólo en exteriores, lo que significa que a partir de ahora todos aquellos que trabajen en el Zara, bares sin terraza y carnicerías se enfrentarán a una clase de amenaza instaurada desde mucho antes del virus: los que no se enteran de nada.

Y comenzarán las excusas: me la ha dejado en el coche; si es sólo un momento y además estoy vacunado, payaso; no respiro y me vendes un paquete de Marlboro… Pero también las quejas desde dentro: ¿por qué esperar al 26? ¡Esto es injusto! ¿Por qué yo no y los demás sí? Y entre medias muchos pondrán de moda ponerse la mano en la boca a modo de y el del estanco mirará con envidia a los viandantes que espiran el humo frente al escaparate. Y luego nos preguntamos que por qué hay que explicar las campanadas cada año.

Está por ver qué será de aquellos que la llevaron puesta en la barbilla o a modo de gorra para los días soleados. Quizás ellos sepan algo que el resto ignora, clase de elegidos que lo hacen todo a medias, es decir, mal. La única certeza es que las mascarillas cumplieron su función, nos irritaron la piel de detrás de las orejas, cubrieron los océanos con su manto de plástico, salvaron millones de vidas. Ahora, ¿quién nos salvará de nosotros?

Ilustración: Steffen Kraft aka Iconeo