Las cosas que nunca decimos

Hay cosas que no se dicen porque uno no sabe cómo decirlas sin que raspen o hagan daño. Quizás se trate de una forma de ser un poco antigua típica de hombres reprimidos. Quizás se trate de una forma de respeto, un pacto silencioso entre el afecto y el pudor, otra manera de salvar lo nuestro. La última opción: un acto de cobardía. Sea lo que lo fuere, nos sucede con los amigos de siempre, con algún hermano, con gente a la que queremos y queremos tener cerca. Ellos no lo mencionan; nosotros pasamos de hacerlo. Los fantasmas existen, están por todas partes, dan miedo debajo de una sábana de indiferencia. Por eso nadie dice nada. Por si acaso.

También sucede con conductas que uno ve en los demás: decisiones incomprensibles, comportamientos de pareja… Se ven. Se cuestionan. Se apagan. Hasta mañana. Así durante meses, incluso años o toda una vida. Sugerirlo o comentarlo implica cuestionar al otro, colocarse en un posición de juicio, terminar con una pelea seguida de un silencio peor porque jode y hasta embruja. Resulta preferible tener un amigo equivocado o una familia a no tenerlos. O eso decimos.

Lo que separa a las cosas que nunca decimos del silencio puede resultar confusa. Pero hay un matiz, de la misma forma que se siente la tensión en el aire al entrar en un habitación donde se acaba de hablar de alguien que aparece de repente. Las palabras nunca pronunciadas esconden un propósito, señalan en una dirección, esperan su turno ahora o más tarde. Lo omitido conserva las amistades y el amor igual que se barniza un mueble viejo. Decirlo todo es un lujo. Así avanzamos mirando hacia otro lado, como quien no ve nada, y las noches siguen a los días y después las noches, con unas palabras o una frase atravesadas en mitad de la garganta.

Ilustración: Guy Billout

Dientes

No existe una parte del cuerpo que cuente una historia más precisa sobre todos nosotros que esos pedacitos de marfil, cemento, dentina y pulpa. Semienterrados entre la lengua y los labios surgen de la nada para recordarnos aquella caída en el recreo, el último grito en blanqueamiento bucal o nuestro consumo abusivo de café y rubios americanos.

Porque además los dientes, en su función de maltratadores de verduras, hamburguesas y fruta, deben de ser imperfectos para convencer. Si poseen el color de la nieve recién caída y la simetría de una cadena de montañas del fondo de pantalla de nuestro Mac entonces permanecerán callados, perdidos en una cinematografía que nos hace un poco más americanos, tres cuartas partes de carne y yeso.

Y es que lo primero que hace alguien cuando quiere verse más guapo es arreglarse la boca, primer síntoma de salud y vanidad, elemento indispensable para ser percibido como ciudadano de un primer mundo que ya no es único. En cambio, tus incisivos ligeramente separados o directamente rotos, ese colmillo redondeado frente a otro filoso, tus incisivos inferiores desordenados, esa pieza de oro regalo de un dentista derrochador o los molares desplazados hacia dentro que te muerden el trígono retromolar y que siempre terminan fastidiándote la comida… esas imperfecciones y no otras son las que te hacen especial, defectuoso, irresistible.

Los niños sueñan con que se les caigan, los viejos sueñan con no perderlos y algunos los esconden porque en una superficie tan pequeña se encuentra la raíz de nuestros más profundos secretos.

Cartoon mouths set. Smile

¿Qué tipo de personas envuelven su equipaje con film transparente?

No conozco a nadie cercano que, cuando viaje, envuelva su maleta en el aeropuerto. A nadie. Cuando observo a los pasajeros que lo hacen, perfectos desconocidos procedentes de una realidad aislada, no puedo evitar pensar en el tipo de persona que se «esconde» detrás de una práctica absolutamente incomprensible. Y no me vengan con el cuento de que el plástico garantiza que nadie introduzca drogas, armas o lubricante en nuestro equipaje, o que tu Louis Vuitton llegará sin un solo rasguño porque, si has pagado dos mil euros por algo que contiene calzoncillos y bragas sucias, entonces el dinero no debería preocuparte. Y mucho menos los arañazos ocasionados por la gravedad, ¡imbécil!

Si los hombres de negocios son, junto a las azafatas y pilotos, los que más se desplazan por el aire, ¿entonces por qué ellos nunca practican el deporte de embalsamar un armario portátil? Más si tenemos en cuenta que luego, cuando llegas agotado al hotel, tienes que pasarte una hora cortando un plástico con más capas que el cuarto oscuro del colegio Hogwarts.

Desconfío de la gente que lo hace. Me asustan. Creen estar a salvo de la realidad mediante un gesto giratorio realizado por personas muy capaces que cobran el salario mínimo. Será porque disponen de tiempo y poseen objetos de un valor incalculable, no solo en su interior, sino también en sus tersos cuerpos cubiertos por chándales de Asos y maquillaje a prueba de detectores de metal.

Supongo que dentro de esas maletas no hay lluvia, ni hambre en el mundo. Ni siquiera un rabo de nube o un buen vibrador, y que en realidad, se aseguran de que sus amores viajen a temperatura constante, sin humedades, lo más cerca posible el uno del otro, frescos y secos, tal y como se muestra en la foto de Haruhiko Kawaguchi. Mal viaje.