No todo es una mierda

La depresión aislada en niveles altos y la incompetencia han arrasado Valencia. Trump gana gracias a los votos de latinos, mujeres y no universitarios. Si quieres comprarte una casa lo mejor es soñarla. Los adversarios se han convertido en tiro al blanco. Los músicos que te cambiaron la vida están muertos. El estado del malestar. Intercambio de likes por víveres. Una botella de aceita de oliva cuesta 12 euros. La diferencia entre el cerdo y el acosador… Tiktokers e influencers: expertos en la materia, cualquiera. Rabia y miedo contra tiempo y razón. ¿Qué es la verdad si cada uno tiene la suya? Todo se hace sobre la marcha; pocos saben improvisar. Al mundo le falla la junta de la trócola. Recordatorio: no todo es una mierda.

Negación, ira, negociación, tristeza, aceptación, restablecimiento y volver a empezar con la inflación por las nubes (negras). Cada año se extinguen entre 18.000 y 55.000 especies de animales mientras los seres humanos proliferan, consumen, hacen cola, toman la primera línea de playa y la Gran Vía. Radiohead en el congelador y Taylor Swift aportando al PIB. La sociedad del desencanto. Los bancos nunca pierden; pierden los vecinos de Aldaia, Picanya, Catarroja, Massanassa, Alfafar, Paiporta y Albal. Siempre ante la enésima crisis de la civilización. ¿Qué es el agua?, le pregunta un pez joven a otro pez joven. Una mierda, responde el pez viejo.

Vivimos el peor momento de la historia. Lo hacemos mejor que nuestros abuelos en un planeta que, claramente, fue a peor. Tenemos sexo en todas sus variantes, libros de bolsillo, chocolate y buñuelos, tiempo para la vida y nuestra vida, el mar, la mano izquierda de Miles Davis, a Gillespy, Zappa, Mercury y Camarón, a Robe, el cine de Paul Thomas Anderson, a los amigos que te saben ver, una Milnueve o cinco, cualquier cuadro de Rothko o Frida, a Joan Didion, la sonrisa de Zendaya, un verso de Juarrón, otra esquina, una siesta con María, la voz de madre al otro lado del teléfono, guitarras y un piano, plástico, otro momento perfecto con Pablo, amor, un propósito, las ganas de seguir enumerando la alegría.

Ilustración: David Shrigley

Los hombres no lo entienden

La mayoría de los hombres no lo entienden. Algunos lo intentan. Solo ven denuncias de mujeres desilusionadas jodiéndole la vida a un hombre. Por un lado, hombres que sólo piensan en meterla. En otro vértice, mujeres hasta el coño. Todo está contaminado de roles y opiniones por ese empeño necesario de equilibrar las relación mujer y hombre, hombre y mujer. Los hombres comienzan a dejar de hacer pie, son hombres niño. Las mujeres reclaman su espacio en este cuarto oscuro, un mundo de hombres. Entre medias, busco el eslabón perdido, ¿qué ha hecho con mis ojos el patriarcado? Cegarme. O quizás los hombres seamos la peor versión de nosotros mismos cerca de una mujer, y no queremos verlo.

Insisto en seguir intentándolo. Algo se me escapa. Son muchos años de errores, lo que no me convierte necesariamente en una mala persona (eso espero). Necesito tiempo y ganas. Quizás me muera sin ser capaz de enmendar comportamientos atávicos que vi replicarse en el barrio, en el colegio y en el cine. Las mujeres al fondo, también en las paredes de mi cuarto, preparando meriendas, devoradas por la ausencia de los hijos. Los hombres, tipos duros, trabajaban mucho, lloraban poco y a escondidas. Padre siempre más cómodo entre mujeres. Madre pegamento y objeto de los hombres. Hay que cambiarlo todo, lógico, nada funciona si hay una sola chica por la calle, una sola, con miedo. Lo peor es el silencio. Eso es lo que delata a un grupo de hombres. El asco es patrimonio de mujeres.

Me pierdo en la presunción de inocencia, los juicios antes del juicio y la línea que separa al guarro del acosador. A juzgar por las noticias, la línea es clara. Y no la reconozco. Por esa razón discuto con los amigos de siempre, más alejados del mundo de lo que creía, llenos de un machismo que señalo en ellos y no en mí. Si seguimos siendo amigos no pueden separarnos tantas cosas, me digo. Después sigo mirando ahí fuera, me miro por dentro, leo chapas sobre feminismo, borro fotos de mi polla, me sorprendo con la reacción de muchas mujeres demasiado buenas con los hombres. Qué necesidad de entender, qué necesidad de resistir. Vuelvo a la música hecha por hombres y mujeres llenos de ternura, por hombres tóxicos o mujeres crueles. En ese lugar nada malo puede suceder, ni siquiera el ser humano.

Ilustración: Line Hachem

La pesadilla en la que te queda una asignatura

Regresa cada semestre, como si el subconsciente fuera sensible a los cambios de temperatura. Encienden las farolas, cierras la persiana, conectas la alarma del móvil, te tumbas en el lado bueno de la cama. Te apagas con tres respiraciones fuertes. Y sueñas. Entonces las tareas de memoria y aprendizaje se consolidan, el pasado, el presente y el futuro feroz hacen piña dentro de los párpados, todo sin verle los calcetines al psicólogo. Sueñas con tu yo en aquel pasillo de cemento y luz artificial, con las espaldas y las mochilas de los compañeros, frente el tablón de notas. Da igual si tienes treinta, cuarenta, sesenta años… te queda una asignatura para sacarte la carrera. ¡Mátame, rector!

¿Qué sucede en esta cabecita loca para regresar cada dos por tres al colegio o la universidad? Los dientes se te caen, muy bien, pero ¿qué necesidad de revivir la angustia académica? Maldito cerebro reptiliano. Ni un solo psiquiatra se atreve a establecer una verdad universal respecto a los sueños de cada uno, así que repites pautas y comportamientos que encuentran su contrapartida al cerrar los ojos. El sueño como drama para todos. Repetición, castigo y culpa, o como decía Freud: «los que fracasan cuando triunfan». La desconexión entre la vigilia y el somnífero es total. Al despertar eres consciente del impostor en ti. Eres legión.

Quizás nunca aprobaras el examen del sueño y te dieran el título por pesado. Puede que al profesor de inglés le hiciera gracia tu acento de Paco Martínez Soria al recitar a Shakespeare. Tampoco es que aprendieras nada en la carrera (excepto a jugar al mus y beber cerveza). Tienes pesadillas mucho peores al ver a tu jefe en el curro. Nunca se te olvida que no estás a la altura, por eso te echas una siesta. Las metáforas recurrentes te alivian de los problemas reales y los esguinces, te dan fuerzas para seguir durmiendo, representan ese cerco de orina en el colchón. Y los sueños, pesadillas son.

Ilustración: Quint Buchholz

Parar

El miedo se parece al ruido. Contra el ruido, movimiento. El sistema, la ciudad, las redes, quieren su dosis de flujo diario, de ganas y expectativas, es decir, de lo que creemos que nos pertenece. Cuando todo se va a la mierda nos quedan dos alternativas. Una, recoger los trozos por el suelo y señalar a los otros. Y dos (la más difícil), parar, ese miedo más antiguo que la humedad porque implica ir contra el instinto de supervivencia. Si no te movías, el tigre de los dientes de sable te devoraba. Si no te mueves, la gente se olvida de ti. Es posible el olvido, sí. Más importante es la salud.

Observo a la gente que para. Está agotada de intentarlo. Le resulta muy difícil saber en qué momento dejó de divertirse. Simplemente ocurrió, se dedicó a hacer para estar, a componer para exponerse, a vender para propulsarse hacia un no lugar. Nada peor que conseguir tus sueños. Nada peor que renunciar a ellos. Hay muchas formas de borrarse, pero la mejor es decir: ¡que os follen! Luego sigues, más despacio, por un camino hecho por y para ti. El fuego es movimiento hacia los otros. Parar es movimiento alrededor de uno y la gente que te quiere.

Nunca tuve valor para dejar de tocar música a pesar de haber diseñado un orden lógico nunca consumado: escribir, grabar, salir a dar conciertos y ganar dinero. Bien las tres primeras. Las cosas están vivas si se mueven, le repetía a mi guitarra. El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes, decía el sabio. Los dos teníamos razón y, sin embargo, nos olvidamos de lo importante: estar tranquilos, ver el mar una vez al año, rodearse de gente maja, limpia y elegante a poder ser, cuidar de las plantas, dormir hasta las diez, llamar a madre, ver películas, hacer el amor y compartirlo, trabajar en algo para vivir en todo. El resto es facultativo.

Ilustración: Jeffrey Smart

Ese ex que aparece el día de tu cumpleaños

Se trata de una figura recurrente en todas las pantallas. Mezcla de animal al acecho y marcha atrás, utiliza el calendario como arma subrepticia para desearle, normalmente a ella, un feliz cumpleaños, y ojalá estés bien, y a ver si nos vemos un día. Ya lo habréis adivinado. Efectivamente, hablamos del ex que reaparece el día en que naciste para recordarte no que le importas mucho, sino que está disponible, algunas veces cachondo, probablemente nostálgico. La cosa cambia dependiendo de si la cosa terminó regular, muy mal o como el culo. Si fue la C, entonces la única razón de su presencia es que al cumplir un año más estás más cerca de tu muerte. O de la vida sin él.

Existen múltiples teorías respecto a este comportamiento tan fieramente masculino. Cito de menos a más plausibles. Cuestión de respeto o cortesía hacía ti, tú, persona por la que siente un cariño impermeable al paso de los años y las décadas (improbable, aunque, ¿por qué no?). Ese mensaje representa un intento de reconstruir una mierda seca, quizás intentar esa forma de amistad tan especial que algunas parejas experimentan cuando cada miembro ha rehecho su vida con otro (probable, aunque raro). Autorreflexión. Quiere cerrar heridas que chorrean cuando se toma cinco copas (muy probable, habitual).

La cuestión de fondo la plantea Laura: «Si el tío ha sido majo hablaremos el 12 de marzo, el 15 de julio y el 1 de enero. Si llevo sin contestarle a los mensajes desde que lo dejamos, ¿por qué habría de hacerlo el día de mi cumpleaños?». Una lógica aplastante que muchos deciden ignorar e insistir, e insistir, para nada. Así se pasa el tiempo, entre el narcisismo y una memoria emocional muy cabrona, ese olvido que seremos, las posibilidades nunca consumadas, una novia sin memoria y un novio psicópata. Por favor, nunca confundirlo con el amor. Feliz jueves.

Ilustración: Rob Browning

Un bebé

Un bebé representaba todas las posibilidades de futuro de los padres. Hasta su grito, el tiempo estaba fragmentado: ocho horas de trabajo, unas cervezas, el fin de semana en casa de los suegros. Ahora, aquí, los padres experimentan un continuum sin después, un presente de pecho, leche, contacto y piel rosada. «Mira, ha abierto los ojos». Entonces, el tiempo del bebé es el nuevo tiempo de los padres, de los amigos que traen flores, de Madrid convertido en una cuna. Tanto poder en un ser tan indefenso, una garantía de que no todo está perdido. Vendrá el insomnio, el problema de crecer. Será después. Un bebé representa todas las posibilidades del presente.

Cincuenta centímetros y cuatro kilos de peso con la capacidad de romper cualquier mandíbula. Los mayores, con hijos o sin ellos, se detienen alrededor de este planeta nuevo y sonríen, hablan en voz baja, comentan el tamaño de las manos, se detienen a observar algo perfecto. Una cabeza haciéndose, un cuerpo y unos pies envueltos en un hatillo azul. Nada extraordinario, otro milagro y una baja de maternidad. Quizás sean necesarios muchos más bebés para detener la sinrazón del día a día, la falta de frenos.

Al bebé le compré una maceta con un lirio. Nunca llegará a verlo porque las flores duran poco y un bebé tiene toda una vida dentro, un puesto de trabajo asegurado y un corazón como el hueso de un albaricoque. Dejé la maceta encima de la mesa del salón donde comía asido a su madre, con su padre cerca y una amiga de los padres en ropa deportiva. Hay tanto latido en una cosa tan pequeña… Cerré despacio la puerta de la casa. En la calle no había ni niños ni perros, solo gente fea en las terrazas hablando del pasado.

Ilustración: Joaquín Sorolla

La nostalgia es una enfermedad

La nostalgia es una enfermedad. También un derecho. Lo sabía Johannes Hofer al resumirla en dos palabras: nostos (regreso) y algos (dolor). Desde 1688, la nostalgia asola las vidas de treintañeros y provectos empeñados en rememorar el pasado con los mimbres de un presente negro a todas luces. Esta mezcla de recuerdos inconexos, morriña y nubes místicas se hace viral con la vuelta de Oasis, un grupo de himnos y Adidas que convertía el aburrimiento de sus conciertos en bises. Eso sí, nadie lucía las parkas como ellos. Pues bien, ahora todos quieren verlos. ¿Por qué? Porque las tendencias van y vienen, pero la nostalgia lo petará siempre.

Somos los que hemos sido. De ahí el empeño por mantener en un lugar fresco y seco los recuerdos de aquella playa de Galicia con padre y madre de la mano, las tardes en la casa del pueblo, tu primer viaje por Europa en tren. Si no duele se olvida. El paso del tiempo también distorsiona hechos y espacios, dulcifica los sabores más amargos. Haciendo honor a la verdad, aquella playa de Galicia estaba sucia, al caer la tarde, el pueblo olía a los purines de las granjas cercanas y en Amsterdam te robaron el dinero para todo el mes. Sin embargo, intercambiarías la actualidad y tu presente por volver a esa vida quemada, por volver a casa.

La memoria y sus trampas. La música como máquina del tiempo. Oasis son una mentira en 2024, una ficción creada por la industria para intentar revivir lo que éramos, adolescentes llenos de futuro que, años después, dejan de mirar atrás. Es doloroso recordar los días felices. El precio del recuerdo sale a la venta en Ticketmaster mañana. Seres irremediablemente nostálgicos, un wonderwall de carne, cuentos y canciones, eso somos. Me quedo con lo próximo y la certeza de que «no hay nada más moderno que la nostalgia porque no hay nada más antiguo que el futuro». Vivir es echar de menos todo el rato, todo el puto rato.

Ilustración: David Hockney

Belleza y monstruos

Muere Alain Dellon, viejo misógino y fascista. La mancha se extendió por las redes y su cara hasta desvelar a un monstruo de facciones perfectas y moral reprobable. Alain, ese oscuro objeto artístico y natural. Para algunos, la perfección junto a Paul Newman, un goce estético que perdurará en las humedades de millones de personas. Para otros, está bien que esté muerto porque, de esta forma, las ganas de vomitar (generadas por una emoción) se diluirán como lágrimas en la lluvia. En cualquier caso, la mancha sobre el personaje nos hace cuestionarnos si, a partir de ahora, podremos disfrutar de sus películas.

La belleza causa un placer difícil de explicar. Se encuentra en Night Ride Home de Joni Mitchel (que abandonó a su primera hija) o en cada solo de Miles Davis (maltratador confeso). Hay belleza en los fotogramas de Roman Polanski (presunto violador) y en la Jane de Joan Crawford (abusadora infantil). Lo bello nos hace pensar en algo bueno, verdadero y simétrico. En definitiva, combina los pensamientos, los sentidos y los símbolos y supera el día a día, es decir, nos conecta con nuestra intimidad. Sin belleza no podríamos sentirnos bien. Todo sería indiferencia, el antónimo de la cara de Alain Dellon.

Entonces, el día de su muerte nace el monstruo. Y ahí, en esa capilla ardiente, renovamos los votos por el arte y la belleza. Se trata de una experiencia única, intransferible a pesar de los intentos de la industria por congregar a las masas. O sientes que Alain Dellon era una criatura irrepetible o escupes sobre su cadáver tibio. Me cabrea que Alain fuera un indeseable, pero también que mucha gente no vea lo que yo vi en su cara aquella tarde. Estaba solo y triste en una habitación iluminada por la pantalla de un portátil. El actor interpretaba a Jef Costello. Sentí amor hacia un hombre. Entonces, no era un monstruo. Hoy, de manera consciente, decido guardar ese recuerdo. Que nada lo empañe. Ni siquiera la mancha. Los demás pueden hacer lo que les apetezca.

Ilustración: Ibrahim Rayintakath

Cosas nazis

El chico de barrio aficionado al fútbol, el hijo del relojero… cualquiera puede ser nazi. Porque un nazi es el que hace cosas nazis, es decir, aquel que ejerce la banalidad de la violencia. Basta con subirse al escenario y pegarle una hostia al cómico de turno, amenazar a un escritor que firma ejemplares en su caseta o reírse al presenciar la escena. Nada extraordinario, nada alejado de las múltiples manifestaciones con las que el mal nos pervierte cada mañana. Aquí no hay un culto a la estética ni minorías perseguidas. Cualquiera puede ser el objetivo porque el nazismo gana el juego de la democracia con defectos. Ellos están por todas partes, pero nadie parece verlos. ¿Quiénes son ellos? Nazis que ejercen el terror físico contra el individuo y las masas.

Suele ser habitual que, cada vez que un nazi actúa, la respuesta de las autoridades sea tibia. «Vamos, circulen», dice el policía indolente mientras el nazi se aleja sin pensar en hacer el bien o el mal. Desde fuera percibimos la asimetría con la que se reacciona ante este tipo de conductas. Nazis intocables, nazis en las instituciones, nazis marcando los tiempos de la calle, nazis. Frente a la inacción, los ciudadanos recurren al señalamiento y la denuncia en redes. Debemos equiparar la palabra nazi al «¡fuego, fuego!», utilizar el dedo como arma. De lo contrario, ganará el matón.

En mi instituto había nazis. Llevaban la cabeza rapada, chaquetas bomber y cruces de hierro sobre camisetas blancas. Su ideología era la de amedrentar a los estudiantes, pegar al guarro, utilizar los puños como forma de expresión impune. Yo les veía pintar esvásticas en las paredes y beber latas de cerveza después de los partidos. Supongo que fui cómplice por no juzgarlos. Mi valor era inversamente proporcional al efecto de sus botas con punta de acero. Nada ha cambiado. Los nazis a lo suyo, destruyendo; nuestro silencio como el peor de los fracasos.

De la confianza

Confiar implica asumir riesgos. Siempre. Confiar en tu pareja, garantizar la buena vida de un hijo o una planta, encomendarse al Domo de Hierro. Nada de eso existiría sin la presencia de amenazas, a veces externas, a veces procedentes del centro de uno mismo. Confiamos en un presente que no es nada más tarde, que será migas sobre la mesa y un poco brisa. ¿Cómo protegerse otorgándole un poder al otro? A confiar se aprende confiando, asumiendo una deuda que nunca debe de ser saldada. De lo contrario, la confianza se confunde con el interés. Nada que ver con interesarse por la persona a la que nos confiamos.

Padre y madre fueron los primeros que confiaron en nosotros. Así crecimos, creyendo en su amor sin límites y la posibilidad de hacerlos sonreír volviendo a casa. Padre y madre, cuando mueren, son los primeros en traicionarnos de verdad. El resto de traiciones pueden doler igual al principio, pero no resisten el paso del tiempo. Fue tal la confianza depositada en ellos que perderlos implica dejar de confiar en uno mismo, caer, equivocarse en el buen sentido de la palabra.

Algunos confiamos en la gente como confiamos en algunas canciones. Se trata de crear un espacio sólido y al mismo tiempo frágil e invisible, un espacio en el que todo cabe, la muerte o la pérdida, también las flores y dormir a su espalda. Con los ojos cerrados también pueden hacernos daño, sin embargo, decidimos abrirlos para honrar el riesgo de vivir como una vez imaginamos. Confiar en alguien desnudo que nos ofrece una camisa… Solo podremos hacerlo conscientes de que, en cualquier momento, el frío llega. Y confiamos sabiendo que, hoy, ahora, nos quieren.

Ilustración: https://www.viviangreven.de/