El olor de los amores muertos

Imaginemos que el futuro es para los débiles, que todo el tiempo que tenemos retrocede, un parpadeo de cuadernos de rayas, de fruta podrida y soles como uvas sin hueso. Por una vez olvidemos el ahora, casi fin de año, el aliento de la gente con frío por la calle, los árboles de luces, la gente intermitente. Todo es posible, aunque sea mentira, parecer jóvenes en un horizonte de diamantes y una ciudad con los hombros al aire. Muy cerca, el amor del verano, todas las piscinas del mundo. Bajo el agua, ella o él. De fondo, nuestra nostalgia de siestas y campanas.

Una gota de agua viaja del pelo a la punta de la nariz, universos líquidos, del pecho al bañador y su cintura. En esa intersección palpita el sexo, cosas de jóvenes que se tocan y se hacen daño, que se abrazan como si el mundo fuera arena. Mareas, un viejo bronceado camina por el borde de los mares, otro espejismo, azul Bondi, azur, azul eléctrico, «ponme un poco de crema en la espalda, anda», «demos un paseo en bicicleta hasta el faro». ¿Lo hueles? Es el olor de los amores muertos. Solo la sal puede conservar nuestras caricias.

Fuimos felices en un paraíso de belleza virgen, de arrugas de expresión antes de las arrugas, de piel sin costras, de humedad bajo la luz de agosto, de algas a los pies de los niños, de belleza y más belleza sin daño. Podemos ser felices siendo viejos. Quizás de otra manera, presente, en un futuro que pasará por encima de nuestras cabezas, con el mismo sol y un mar de plástico. Volvemos a los amores muertos para regresar con un trofeo entre las manos, con las sienes blanqueadas y el corazón de las medusas, más solos, un poco más blandos. Vivir, nunca hubo un mejor propósito para este año tan joven.

Los amigos que dejaron de serlo

Los amigos de siempre construyeron una casa en el árbol. A ella volvíamos cada tarde, cuando la familia debilitaba nuestras aspiraciones, SOS, cuando la realidad giraba en dirección contraria. A los amigos de siempre se les dice familia, una elegida porque en ella el mundo nos desangra entre las flores. Son los amigos infancia, maquillaje y acné, pelo y posibilidad de crecer estando menos solos, quizás más felices. Imposible saber qué somos en su ausencia, imposible comprender al adulto sin esas fotografías de noches y fogatas. Pero, un día, los amigos de siempre dejan de dar sombra. La casa en el árbol se vacía. Y oscurece.

Los amigos consumieron nuestra juventud y ahora, calvos y con varices, se alejan. O quizás somos nosotros los que corremos hacia el sol del mediodía. Nada queda de aquellos niños jugando a ser mayores, solamente hay trabajo y poco tiempo libre, como si el tiempo no fuera libre y siempre nuestro. Entonces la política se convierte en un obstáculo insalvable, las ganas se reservan para gente que nos ve de otra manera y observa las cosas por una mirilla deformada por el tiempo. Cierto, algunos amigos de siempre lo serán para toda la vida, sin embargo, otros han muerto. Míralos, aún respiran. La casa del árbol se ha quemado.

«No reconozco a mis amigos». Hay tanta extrañeza en esta frase. Y es que, o cambiamos en los años o los años nos cambian sin pedir permiso. Entre medias, dejamos de quedar con los amigos de siempre y hablamos con sus padres. Ellos nos cuentan cómo andan, si sus hijos sonríen a menudo o si, en cambio, llevan mal la obsolescencia. Es raro hacerse amigo de los padres de los amigos de siempre, precisamente ellos que no nos entendían… La casa del árbol es ahora un árbol. El viento mece sus hojas. El sol brilla entre las ramas. No queda más consuelo que seguir viviendo.

Ilustración: David Shrigley

De la necesidad de no hacer nada

Siempre me obsesionó hacer cosas, algo. Pensé que se trataba de un truco de la muerte, hacer para dejar un legado que me sobreviva. Hasta que este verano caí en la cuenta: hacía cosas, algo, por miedo a no hacer nada, como si levantarme, desayunar, vestir mal y pasear cuando el sol es una uva no fuera la mayor aspiración del ser humano. Algo tendrá que ver este sistema que nos fuerza a ocupar el tiempo, a buscar un hueco para nosotros cuando, en realidad, el hueco siempre está ocupado si late todavía. No hacer nada es muy difícil. Además, está mal visto. Uy, y mucho peor en vacaciones.

Hemos o han decidido que ocupemos las horas para descansar unas semanas al año. Se nos da tan mal que los efectos del parón duran un día. Después la rueda y la falta de aire. Porque la acción, ese hacer innecesario, implica un estatus. «Tiene que ser alguien importante, siempre con el móvil». «Viaja por todo el mundo». «¡No para, sólo corre!». Resulta que de tanto moverse terminó de abono para malvas o en la consulta del psicólogo. Años de intentar hacerlo todo para terminar no haciendo nada. Estaba muy ocioso ocupándose. Todos lo estamos.

Tiene que haber algo más importante que la velocidad. Una mañana de radiografía, un rato mirando a los pájaros posados en las antenas de televisión, una cama bajo un techo que encierra todos los satélites, todas las estrellas. No hacer nada, el descanso por el descanso, es una forma de conquista que sólo los más fuertes conocen. En el fondo, somos incapaces de reconocer que el estrés se corresponde con lo que queremos ser. La nada es todo lo que somos y seremos. Luego llegará el olvido. No haciendo nada suceden algunas de las mejores cosas en vida. Y que le den al invierno y al cargo de conciencia.

Ilustración: Guy Billout

Resistir

Resistimos todo este tiempo. Un mantra de oposición escrito en un cielo para niños. Nos limitamos a imitar lo que vivimos en casa. Padre resistía al despertarse muy temprano. Madre resistía en un trabajo fuera y otro entre paredes. A su vez, padre y madre resistían porque sus padres y los padres de sus padres resistieron. Pero ya no. La resistencia ha terminado. Hemos tenido suficiente. Ahora es momento de dejarse ir. Nada que ver con la derrota. Hace falta valor para admitirlo: que resistan los fuertes. Nosotros dejamos de resistir para evitar rompernos. Fuimos débiles, nunca nos rendimos.

El que resiste no gana, solamente resiste. Y sopla un viento que duele y el sol calienta menos que una estufa y el invierno es largo. Los animales lo despiden aletargados bajo un manto de nieve. Resistir, dormir, tal vez soñar. La palabra resistencia trae un aire de guerra entre aquellos que nunca quisieron ser soldados. Hasta los soldados aspiran a vivir en paz y agradecidos. Muchos conocieron el amor, atestiguaron el poder de la música y el tabaco, vieron un atardecer de fuego por detrás del bosque. Se acabó resistir a toda costa. La única resistencia que sirve se erige en contra de la muerte.

Podemos crecer, ampliar horizontes lejanos, aprender y progresar sin tener que resistir dentro de las horas, las estaciones, los años. Hoy se acaba. Hoy hay un compromiso de vida para resistir sin oponer ninguna resistencia. Este compromiso implica aceptar el lugar que ocupamos con la certeza de que la felicidad nunca es una aspiración que va a la contra, que los abrazos poco tienen que ver con los límites del cuerpo. El dolor desaparece cuando deja de encontrar obstáculos, barricadas. Hay calor sin resistencia, hay Sol. Lo juro.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la paciencia

Estaba escrito en Google. Lunes, 12 de diciembre de 2022. 08:28. Salida del sol. Me levanté y esperé frente a la ventana. Tejados, bruma, sueño. Quería comenzar el día con el amanecer dentro de las pupilas, ese destello blanco que precede al nacimiento del mundo, acoplar el ciclo solar a mi reloj interno. Esperé hasta y media. Tuve que conformarme con las luces del edificio más próximo y una espesa capa de nubes levemente iluminada. El lunes nunca trajo sol. «Paciencia», me dije. El que tiene paciencia nunca obtendrá lo que desea.

A la paciencia siempre se recurre para evitar el daño de la espera. Esperamos más de lo imposible, horas despiertos por culpa de algo o alguien que no llega o llega cuando somos otros. Sucede con los pájaros. Sobrevuelan el paisaje desde el cielo, lejos de este amanecer sin sol ni lunes. Atraparlos implica matar un sueño libre, un sueño que al dejar de soñarse nace muerto. La paciencia como subterfugio para la esperanza. Lo lógico es que no llegue. De ahí el arte de la espera.

La naturaleza conoce la paciencia. Es más, la inventó ella. Nosotros hace tiempo que huimos al fondo de las ciudades. Quizás por esa razón fuimos perdiendo una y otra. Queda demostrado que ser paciente implica una acción hacia delante sabiendo que delante hay tejados, bruma, sueño. Entonces me alejo de la ventana. Me preparo un vaso de leche de soja con cereales. Esquivo la penumbra. Me siento frente al escritorio y enciendo la lámpara de mesa. A veces el amanecer brilla en cualquier parte. «Paciencia», me repito. Habrá que vivir, escribo.

Ilustración: Guy Billout

Llueve

La lluvia siempre es puntual por ser inoportuna. Mientras jarrea, la ciudad encoge el cuello para secarse pronto, despliega sus paraguas, flores a vista de pájaro mojado. Con el chubasco, mi calle se disuelve en gotas de tinta y carboncillo, el humo de los cigarros produce interferencias, el asfalto desemboca en riadas bajo los bordillos, todo se junta, empequeñece, se desborda. Dicen que el agua es buena para las lechugas, pero en Madrid el campo se cultiva en los balcones, con su escarcha de luz tenue y esos muros que hoy parecen tumbas. Llueve y todos lloran. ¿Y esto era marzo?

Descartada la primavera por razones evidentes nos queda este miércoles pasado por agua y uva moscatel, de tonos sombríos sin llegar a lúgubres porque promete tiempos mejores, al menos en lo que al pronóstico del tiempo se refiere. Las tormentas trajeron una música de filo de cuchillo, ahuecada y con las alas rotas. Hay un río en potencia en cada esquina y un barco de papel higiénico en las alcantarillas, y yo pinto un calendario sobre el cielo, una lavandería en cada estación de metro. Muchos se mojan, pocos caminan. La vida era un desierto.

Hemos perdido la primavera antes de que comenzara, como si últimamente todo naciera por defecto. Tiene que tratarse de un buen augurio, quizás una futura estación inundada de sol en las orillas y las comisuras de los labios. Más tarde, puede que pasado, el viento soplará llevándose la humedad hacia otras latitudes. Entonces desearemos que vuelva, querremos bailar bajo la lluvia, reconocer que sólo podemos vernos tal y como somos en el fondo de los charcos.

Ilustración: Guy Billout

Paralizados por la electricidad

Un genio dijo que «cuando te haces mayor te das cuenta de dos cosas: el queso es muy caro y todo el mundo se droga». En términos de rabiosa actualidad sustituiríamos el queso por las nuevas tarifas eléctricas y la luz se haría. Y es que, de pronto, a la psicosis de puertas para afuera se le añade la ansiedad de los tramos del día en que debemos planchar, ducharnos con agua fría o leer un libro bajo el flexo del Ikea. Éramos reyes, de nuestra casa y nuestro balcón, hasta que tuvimos que abandonar las cenas con los amigos para poner una lavadora. La libertad era eso; pasar de la discriminación horaria.

Más allá del IVA, las tasas y el precio del kilovatio en el país de las terrazas, llama la atención la cronología. Justo ahora que las cosas arrancaban e íbamos de cabeza hacia la transición verde libre de carbón, justo en la hora en que los anuncios de coches eléctricos acaparan los carteles antes destinados a los conciertos, llega un gobierno socialista y genera una ansiedad rara porque no va por dentro, sino por cable de alta tensión.

Sorprende aún más que en el bloque ruso y chino la electricidad casi se regale y aquí, con millones de personas en situación precaria tengamos la tercera tarifa más cara de Europa. Miento, no me sorprende en absoluto. Si la electricidad sirve para cambiar el estado de la materia, dar impulso a la mecánica de las puertas giratorias y los capós, acercarnos a países exóticos, ¿por qué nadie sale a su barrio a bailar y quemar contenedores? Será porque el verano llegó antes.

«Flyin’ like a bird. Like electricity. Yeah, like electricity».

Tomar el sol en el ano no es bueno

De todos es conocido —y si no ya es de dominio público— que tengo una fijación extrasensorial por el ano y sus derivas. Lo considero un órgano básico a la altura del pelo y la amistad, un elemento relegado a espacios que no le corresponden, entre el calzoncillo de oferta del Springfield y el pudor a asumir que está más cerca del corazón de lo que en principio podríamos creer. Así es como, gracias al tiempo extra cortesía de Bill Gates, esta mañana he decidido incorporar a mis baños de sol una nueva práctica: el saludo al astro con el culo en pompa.

Tengo que reconocer que la experiencia ha sido muy decepcionante. Dolor lumbar al situar mis piernas en uve minúscula y mi barbilla sobre un esternón convertido en cilicio, movimiento errático del helicóptero de la Guardia Civil y la sensación de que la luz no puede penetrar allá donde la penumbra palidece. No sé, según Ra of Earth, gurú de las terapias absurdas, la luz solar posee excelentes cualidades germicidas… y yo soy un aventurero.

Por lo demás nada de lo que preocuparse. He tomado precauciones para evitar convertir el perineo en un asado argentino y con practicarlo una vez me da para toda la vida. Eso sí, quería aprovechar estos momentos de confusión generalizada para recomendar a los usuarios de vitamina D que lo hagan tumbados sobre la hierba, montando en BiciMAD o simplemente siendo responsables diez minutos en un mundo que cada día se parece más a un agujero negro. Feliz día mundial de la lucha contra la desertificación y la sequía anal.

Ilustración: https://www.kineandersen.com/

Zahara y la inexplicable pasividad de los que toman el sol

Se acerca el verano y con él decenas de tiras de bacon en bañador alrededor de piscinas azul esmeralda a estrenar. Yo las miro desde el ventanal, encaramado a la bicicleta estática con la cantante Zahara sudando mucho a mi vera… y me dejo llevar. Agarro el manillar como si se tratara de una cabra montesa embistiendo y viajo, un poco más lejos, cerca del mar, y juego a las palas bajo los rayos del objeto oscuro del deseo de la luna, saboreo la parte más amarga de una Estrella helada o paso las páginas de un libro cubierto de aventuras y granos de arena brillantes, casi invisibles.

Los que toman el sol, cuerpos inertes con las piernas ligeramente separadas y la cabeza sobre el césped, se empeñan activamente en permanecer quietos, a merced de alguna racha de viento y el chapoteo de unos niños con manguitos.

Voy a beber agua. Cuando regreso siguen ahí, con la misma expresión moribunda y la melatonina burbujeando bajo una epidermis con el aspecto de un filete muy hecho.

Lo paradójico de todo esto es que no es nada fácil soportar el azote de esa estrella ardiente durante tantas horas. Es más, solo los más fuertes pueden encontrar placer en una actividad semejante a un Iron Man del parasitismo y la inacción, una especie de meditación al desnudo donde sus pensamientos se concentran en pares de párpados cerrados en cuerpos brillantes.

¿Por qué? ¿Qué tipo de satisfacción obtienen más allá de parecerse a la mujer de Jesús Gil en un cuarto oscuro?

Miro a la cantante de nuevo, tan nívea, tan virginal, tan santa y me alegro de que los pálidos estén tan bien representados, no por su color de piel, sino porque ella flota más allá de un sol que no quema, en un mundo al rojo vivo en otro espacio.

La vi en la tierra. Se llamaba Zahara.