Fue un encuentro lleno de piel y jadeos, la mejor manera de acercarse cerrando ventanas al ruido de ahí fuera. Terminamos, que es lo mismo que comenzar otra vida en horizontal. Entonces la calidez de la cama se convirtió en balsa. Ella a mi lado y yo al suyo recorrimos con la mirada el claroscuro de una habitación que olía a sexo. Porque sólo desnudos y con la respiración entrecortada se habla sin las ataduras del orgasmo, una forma de confianza que en ocasiones desvela secretos, intimidades, cieno. Ella era ucraniana. Abrió los labios y giró el cuello. Entonces la luz del odio iluminó mi rostro al mencionar a Putin; «fuck Putin», para ser más exactos.
Hablaba con la calma del que se resigna. Asumir que familia, amigos y toda tu realidad cercana dependen de los imperios vecinos se digiere con dificultad. Ya incluir a Rusia en la biografía genera nauseas. Entonces afloran las hambrunas provocadas por Stalin, los intentos por repoblar el Donbás con soviéticos de ojos grises, las imposiciones del Este a la contra de una cultura propia lejos de la frontera. Entonces las fallas dan lugar a abismos. De ahí la furia.
Cuando terminó de hablar no supe qué decir. Tomé aire en busca del silencio en el silencio. Para la mayor parte de los occidentales, la guerra no dejaba de ser una palabra llena de significados huecos, como de rumor de bombas al otro lado y más allá. Hasta ahora. Me incorporé en busca de mi ropa. Sentí en la nariz aquel perfume de canela. Antes de salir de la habitación quise volver a mirarla, decir adiós para, quizás, volver a vernos. Ella lloraba. Y supe que no era por mí.
