La cultura contagia cultura

Desde Atapuerca el papel de la cultura ha sido ambivalente. Por un lado resulta necesaria para sobrellevar la existencia de muchos —generalmente implicados en su mágico entramado— y, sin embargo, siempre se aparca en los programas políticos por considerarse un divertimento ligado a vidas disolutas. Ahora, además de ser la última de la fila, es señalada como foco de contagio, precisamente cuando conciertos y obras de teatro optan por echarse al aire libre, con aforos limitados y protocolos que convierten la escena en áreas de acceso restringido y una promesa de vida potable.

A pesar de todos los esfuerzos del sector por hacerlo no solo bien sino mejor, otros se niegan a aceptar la evidencia de que es en los campos intensivos en mano de obra y las discotecas extensivas en alcohol donde los focos proliferan. En los primeros porque miran de reojo a la ciudad a la que abastecen; en los segundos porque con el pedo la máscara es un estorbo, como el condón y la responsabilidad.

Aceptemos que la cultura cuenta poco, nada o apenas renta, que jamás estará a la altura de aerolíneas y azafatas, que los toreros justifican la barbarie usurpando su nombre, que acota la memoria de un pueblo amnésico perdido, que es humilde y una suerte de belleza efímera, y su única forma de contagio a día de hoy es el miedo a desaparecer. Pueden quitarnos la vida y el arte, ¡pero jamás nos quitarán la playa y sus terrazas!

Ilustración: https://loladein.tumblr.com/

Por un viernes sin piropos callejeros

Desde hace semanas se ha instalado en muchos hombres la creencia de que la vuelta a las calles significará tres cosas que en realidad son dos: disfrutar del verano a tope de gama, el regreso de la piel y los escotes en aceras y terrazas y un montón de mujeres ávidas de sexo tras un tiempo de encierro y castidad P2P. Pensar en ese posible escenario les brinda la oportunidad de encontrar el paraíso perdido en la tierra, aunque ahora exija llevar mascarilla a todas horas. Incluso durante el coito.

Así es como en mis paseos vespertinos del despacho al Carrefour vengo observando determinados comportamientos entre la facción masculina que afloran con más fuerza que nunca. Los «oye, guapa, ¡cómo te quedan esos shorts!» se alternan con un «¡joder, qué bien hueles, reina!», y los viejos que se dan media vuelta y resoplan ante el paso de una estudiante de psicología proliferan al ritmo con el que las calles recuperan el aspecto de siempre, el de espacios comunes donde muchas mujeres no parecen sentirse nada cómodas.

Por fin es viernes. La promesa del fin de semana nos alegra un poco esta semana zombi y quizás sea el momento idóneo para recordar a todos esos usuarios del piropo callejero que se abstengan o utilicen las normas de distanciamiento, precisamente para dar rienda suelta al verdadero sueño húmedo de ellos y ellas: el halago siempre sobra y más si no es pedido; en la cama también se folla con palabras. No seas imbécil y cállate.

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