Contadme el final del «Juego del Calamar»

Sucede que a veces interesa lo que rodea a la «obra». La «obra» en sí misma pues eso, pchhh. El mecanismo de promoción abarca más de lo que desaloja y relega la historia a una excusa para mantener el interés de lo que, de pronto, es un producto de consumo masivo, manta y iPad mediante. En este caso coreano y con una fotografía donde los verdes parecen azules y los rojos sangre. Luego está lo del éxito; millones de fanáticos con máscaras y las uñas mordidas. Entonces no es para mí, como si lo viera. ¡Y encima subtitulada! Con todas estas premisas, prejuicios de gente que dice no tener tiempo, lo mejor es que alguien me destripe el final. Gi-hun gana el premio y la madre muere. O algo así. Porque hay series con las que uno no puede. Sucede también con las personas.

Y aquí entran cuestiones sociológicas. Los hay que la verán para tener tema de charla, formar parte de algo más grande que el universo mental concentrado en un cuerpo de carne. Integración lo llaman. Tú te aburres, muchísimo, pero sigues manteniendo a los amigos. Además, ¿hay algo mejor que quejarse de lo poco que te gusta «El juego del calamar» y verla entera? Bueno sí, decir que aguantase dos capítulos y te sobraron dos, mi caso. Otros, en cambio, lo consumen todo y por todos lados, se trata de un deporte con la información —nada que ver con el conocimiento— como meta. Deseando que llegue la segunda temporada. ¡Pero si no te gustó!, le espetan. Ya, y qué.

Resulta que la cosa mejora a partir del tercer capítulo. Claro, debe de ser como «The Wire» con ciertas limitaciones en el argumento propias del Este. Ya está el hater en mí. Tendemos a coger cariño a los personajes, descastados, solitarios y adictos al juego, viva imagen de los telespectadores. Mejor piel, eso sí.. Ante tanto revuelo con los menores mirando un juego de niños por dinero cada vez siendo más simpatía por la gente que lo dice: «no veo series». Silencio incómodo. Luego les llaman mentirosos por lo bajo, incluso «uy, ese va de interesante». Lo dicho. Contádmela. Me importa tanto como a muchos que tenga nuevo disco con Mister Marshall.

Ilustración: Josh McKenna

La pregunta que nos deberíamos hacer

Su cuerpo forma parte del subsuelo y los gusanos y, sin embargo, Michael K. Williams sobrevive en la memoria. Porque algunos dejan cicatriz, y son a esos a los que volvemos cuando la duda se hace costra. De alguna manera un poco extraña sabía que escribir sobre su muerte el día del deceso no le hubiera hecho justicia. Eso hubiera supuesto añadir una esquela más en la lista de este mundo-cementerio siempre en búsqueda del titular que intercambia verdad por oportunismo. Hay que dejar a la gente marchar en paz, sin palabras que sólo hacen ruido y entierran el silencio. Precisamente, gracias a ese tiempo prudencial, ahora descubro la pregunta que Michael hacía al inicio de cada temporada de «The Wire». Así se desvela a la persona cuando el personaje muere.

¿Por qué hacemos esto?, espetó a un perplejo David Simon, responsable de la serie. Podría parecer que simplemente respondía al interés del actor por acaparar líneas para Omar Little, el maleante que robaba a otros maleantes que robaban a personas decentes. «Corre la voz, querida. Omar ha vuelto», decía antes de desaparecer entre las sombras. A medida que el hilo de la conversación se estiraba, Simon se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Williams: pensaba en la historia en su conjunto, en la generosidad como ofrenda que uno se hace a sí mismo olvidándose de uno.

Es curioso que la pregunta que todos deberíamos hacernos (en algún momento) parezca condenada a un olvido consciente. Será porque tendemos a apartar del camino todo eso que cuesta, será porque la vida es «la mierda que ocurre mientras esperamos momentos que nunca llegan». Es verdad, da miedo descubrir que lo que hacemos carece de sentido. Levanto la mirada. Dejo de escribir. Miro dentro de los ojos de Michael. Regreso de las profundidades para apuntalar el último párrafo. Desconozco por qué hago lo que hago, pero ando cerca, lo intuyo. Y sonrío bajo un cielo plomizo que anticipa el fin del verano, el fin del mundo tal y como lo conocimos.

Fotografía: Jesse Dittmar