leer es una forma de desaparecer

Las vacaciones de las vacaciones

No debería pasar. Cada vez es más habitual escuchar eso de «necesito unos días para recuperarme de las vacaciones». ¿Dónde quedó el descanso? En otra cama. Las vacaciones han dejado de ser un paréntesis en el ajetreo diario para convertirse en un proyecto. Se planean. Se optimizan. Se llenan. «Hay que aprovechar». Vuelos, reservas, recomendaciones, rutas, circuitos en la reserva natural y el spa. Descansar consiste en hacer muchas cosas todo el tiempo. Pasa.

Además, está la comparación inconsciente, o el infierno de los otros. Las vacaciones se miran. Primero la foto, luego el lugar. Después miras las visitas de la foto. En la imagen, tu novia te sonríe. En ese mismo lugar, otras parejas parecen hacerlo mejor. La evaluación es constante. Hay una distancia nueva. ¿Es posible estar tumbado frente al mar —la física no engaña— y, al mismo tiempo, descansado? El ocio como rendimiento.

Descansar implica dejar de hacer cosas. Incluso aburrirse un poco. No hace falta aprenderlo. Te tumbas y te dedicas a ver pasar el día, con sus moscas y sus claros, con sus sorpresas invisibles y sus siestas. Viajar cansa. Decidir agota. Bajar el ritmo exige una disciplina férrea. Y el cuerpo lo sabe. Te vas. El escenario cambia y, sin embargo, todo permanece: otro fondo, otra luz, otras costumbres. Probablemente más barato que Madrid. Al regresar a casa, caes en la cuenta: estás agotado porque nunca te moviste de tu sitio.

Escribo mucho.

No es para todo el mundo

(sin spam, sin frecuencia fija)

Ilustración: Simon Bailly

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