Los españoles vistos por un japonés

Los españoles entran en casa sin quitarse los zapatos, aparcan la moto en las aceras, cruzan la calle cuando el semáforo está en rojo. En el metro, los españoles se saltan los torniquetes, entran en el vagón antes de que los viajeros salgan, escuchan música sin cascos, tienen conversaciones a gritos. Los españoles tienen problemas con la educación obligatoria, para ellos los segundos son minutos y las horas son años, es decir, llegan tarde casi siempre y creen que el tiempo es algo suyo. Los padres españoles juegan con sus hijos en el parque, los llevan a hombros, demuestran su afecto porque el amor va de dentro a fuera y no se pide.

Los españoles critican por defecto, son envidiosos y se les ve en la cara, técnicos de sonido o conductores a los que les gustaría ser músicos o artistas. Los españoles beben alcohol temprano, comen tarde, cenan cuando deberían estar dormidos o en la cama, quieren salir de trabajar porque saben que el trabajo no dignifica a nadie y aún menos al trabajador. En la intimidad, los españoles expresan lo que sienten sin barreras, ríen, lloran, acompañan el dolor y el dolor de la muerte, abrazan con ganas, no se sueltan, se consuelan sabiendo que la vida consiste en tener buenos amigos y una familia con la que discutir cuando nieva por detrás de los cristales.

Los españoles visten regular, odian la lluvia, enseñan el cuerpo cuando florecen los almendros y la nieve se convierte en río y el río en playa, se perfuman con una mezcla de rosas y vainilla, son intensos como los perfumes, se cabrean cuando conducen e insultan a las madres de los otros conductores. A los españoles les gustan las sobremesas, que la tarde se junte con la noche y a veces con la madrugada y un vaso con hielo, creen en vírgenes y leyendas, mezclan vino con refrescos, se encomiendan a la suerte mirando al cielo, creen que los japoneses vienen de un planeta lleno de suicidios, arroz y kimonos. Ni los españoles ni los japoneses lo saben, pero todos son diferentes, todos se parecen, nacieron dentro de este sueño del planeta Tierra.

Ilustración: Yan Nascimbene

Ser uno mismo

Marco me lo confesó en voz alta: «Eres la hostia cuando eres tú mismo». Después pedimos más cerveza. Desde entonces la frase regresa cada vez que bebo. ¿Soy yo mismo cuando estoy a solas? ¿Soy el que soy frente al escaparate del Leroy Merlin? ¿Soy lo que creo ser? O mejor, ¿soy lo que hago? Nadie es uno mismo porque, con cada parpadeo, el mundo cambia. Quizás tenga que cerrar más veces los ojos antes de entender mis sueños, que todo lo que soy no será más que un recuerdo en el móvíl. Sé tú mismo, ¿qué coño quiere decir eso?

De pequeño quería ver la Tierra desde arriba, congregar multitudes, componer música con andamios. Ahora prefiero andar bajo la sombra, admirar los jardines de piedras, componer música como trabaja el alfarero. Si soy yo mismo no me gusto, si soy algo menos parece que me quede corto. Ayer por la noche salí solo de un teatro repleto. Cogí un taxi. Atravesé Madrid de noche. Pensé en María cuando se levanta. Solamente la gente que puede hacerme daño sabe cómo soy. La reconozco porque le mostré las manos llenas de aspiraciones que se van pudriendo.

Siendo yo mismo podré salvar aquello en mí sagrado e insignificante. Se trata de una luz que da sentido a lo que hago, a lo que siento todas esas veces que soy sensible, imbécil, amable, abierto, inaccesible, narcisista, inmaduro, confiado, ambicioso, inútil, ansioso, terco, hortera, generoso, sereno, tierno, un poco cursi, muy cerdo. Ser yo mismo implica cederle carne a los demás sin olvidar que los huesos están rellenos de un líquido viscoso para evitar el roce con las articulaciones. Lo esencial está oculto. Pocos humanos son dignos de serlo. En la máscara hay tanta verdad… Creo que es mejor ser lo que uno pueda y sonreír, Eso, sonreír como razón de ser.

Ilustración: Geoff McFetridge

Yo ya no

Es muy difícil establecer límites en el trabajo, más aún con una pareja convertida en enemigo crónico. También ocurre con desconocidos en progreso de ser de confianza. Los límites parecen existir para saltárselos y, al mismo tiempo, existen por una razón que el universo ignora. Quizás tenga algo que ver ese mantra de superación que muchos arrastramos, como si el reparo implicara falta de carácter. A veces, hace falta valor para quererse, incongruencia cuando implica decepción para los otros. Así vivimos, entre la duda y la necesidad de saber hasta donde llegar. Y ese momento llega. Comienza y termina con un «yo ya no».

«Yo ya no», tres monosílabos que representan la victoria de nuestra individualidad más sana. Normalmente se escriben, aunque en alto imponen algo más. Últimamente abundan, puede que porque vamos aprendiendo a defender los derechos propios, tan universales, tan de todos. Los límites no implican cercar los sentimientos, simplemente los colocan donde deberían ir: el latido en las sienes, la pasión entre los ojos y el respeto como única forma de sentir al otro. Todo lo que se salga de estos términos queda descartado. Los límites, amigo, los límites.

El cielo ha hecho mucho daño, tanto que los humanos ven en Marte la solución a los males de la Tierra. Los límites tienen que ver con el cuidado y a ellos debemos encomendarnos cuando vemos ondear banderas rojas. Reconforta saber que las palabras sirven para algo. El receptor debe acatarlas y cambiar de rumbo, reconocer que los límites antiguos dejaron de servir en el presente. Si queremos un trabajo que nos represente, si aspiramos a un amor hasta la eternidad, tenemos que aprender a comportarnos como si todas las cosas infinitas fueran a acabarse. Con un «yo ya no» se puede conquistar el universo, esa estrella pequeñita que todos contenemos bien adentro.

Ilustración: David Shrigley

Ante la adversidad

Hay una lección grabada en cada adversidad, como si el mundo a la contra fuera el único momento de vida en carne viva, peldaño, montaña. Tiene que ver con la percepción del tiempo, puro presente continuo, la única forma de estar en nosotros porque otros lugares ya no existen. Entonces uno actúa como cree que debe o cree poder, levanta la cabeza, renuncia a su corona bajo la mirada de íntimos y familia. Porque no nos engañemos, nunca estamos solos, y menos dentro de la tragedia. La televisión encendida, ese «¿cómo estás, querido?» de Elena, pequeños gestos que acompañan a un dolor saludable porque implica ir dejando atrás lo que pasará tarde o temprano. De ahí eso de saber sufrir.

Durante el incendio, toda felicidad parece decorado. Y es que de desconsuelo están hechos los huesos, también de calcio y fósforo, fémures que pueden soldarse imitando la cocción de la sopa de cocido, a fuego lento, un poco menos hoy, irá mejor mañana, creo. A veces, aquellos que parecían caminar con armaduras se deshacen ante el peso de la desgracia, y otros, frágiles y delgados, aceptan la promesa del duelo sin levantar la voz, cocinan, levan velas. Y la montaña va perdiendo altura en el ascenso.

Solamente podemos apreciar la flor del gozo si alguna vez fuimos engendrados por la muerte y la ausencia, única prueba de estar verdaderamente vivos o despiertos. Aquí nadie sueña, nadie. Se trata de encontrar las fuerzas en alguna parte, un poco de médula escondida al otro lado. Ante todo olvidar la vergüenza de las lágrimas, añadir carne al esqueleto de lo frágil y observar la vida en el planeta Tierra. Nada de espejismos; la montaña era lo que era, eso, un peldaño.

Ilustración: Guy Billout

¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

El coño, ese gran misterio

Ayer, por esas cosas que tiene la familia, descubrí algo que hasta entonces había permanecido oculto tras un padrenuestro, cientos de tabúes y una maraña de pelo patriarcal. Resulta que un gran porcentaje de mujeres cis, heterosexuales y de cualquier edad nunca han visto otro coño (de cerca) que no sea el suyo. De hecho, mantienen en su imaginario personal e intransferible una idea de vulva asociada al sentido de la vista y el tacto de sus propios genitales y que comprende el monte de Venus, los labios mayores y menores, el clítoris, la uretra, el vestíbulo, la entrada vaginal y el perineo; vamos, todo un universo concentrado en otro universo de pétalos, alma y emoción.

Así nos encontramos con tantas formas y tamaños como mujeres pueblan la Tierra. Algunos desafiantes como alas de mariposa, otros integrados en un surco de piel y flor, de tiralíneas, tímidos, cordillera a vista de pájaro, capotes al viento, gajo de limón, media luna y media entera, pero todos desafían lo que se considera normal y bonito porque todos ellos son perfectos a su manera. ¡Qué menos que observarlos o devorarlos sin pestañear, aplicando la cadencia justa de la palabra unida al sexo!

Es por esa razón que este descubrimiento abre vías de diálogo y pone sobre la mesa una cuestión tan absurda como los cánones de belleza, construcciones desapegadas de la realidad más visceral, la única que puede hacernos sentir bien o profundamente desvalidos. Es el momento de poner la concha en el lugar que se merece, habida cuenta de la inutilidad de su homólogo fálico y la deriva de la humanidad. Simplificado el corazón nos queda el coño. Siempre.

Ilustración: Georgia O’Keefe, «Pink Tulip».

Coca-Cola contamina más que Vox

Escribió Jorge Guillén: «Todo lo inventa el rayo de la aurora». Los versos no continúan, pero podrían hacerlo, de la siguiente manera: «Ya se encargará el hombre de extinguirlo». Así hemos pasado el año, oxidando los meses, incapaces de ver luz al final del túnel, precisamente un tren de lejanías dirigiéndose hacia nosotros a la velocidad de una luciérnaga. Y claro, llegan las estadísticas del año. Las de Spotify y el Ministerio de Sanidad primero. En los hilos de Twitter, y haciendo el ruido de un pájaro chocando contra un cristal, planean los niveles atmosféricos de dióxido de carbono, superiores al máximo alcanzado en 2019, sin pandemia y con expectativas de futuro. Le siguen varios récords infames: el incremento de 1 (en)coma 2 grados de la temperatura global y Coca-Cola convertida en la estrella que más contamina con sus plásticos. Así funciona la mecánica celeste en un lugar llamado la Tierra.

Muy cerquita, a apenas unas miles de toneladas de basura, le siguen —y cito por orden necrológico— Pepsico, Nestlé, Unilever y Mondelēz International Inc., todas ellas empresas dedicadas al mal comer y el peor beber además de a la higiene corporal que no corpórea. Por supuesto, mencionar de lejos los incendios que han arrasado más de un millón y medio de hectáreas en California, Australia y un pulmón canceroso —por lo de que querer extirparlo— llamado Amazonas. Y claro, China vuelve a superar a los Estados Unidos en su lucha por ser menos sostenibles, lo que significa que, durante los meses de encierro, lo único que hicimos fue limpiar más la casa y ensuciar un poco más el más afuera.

Añadía Neruda aquellos versos, los de «el río que pasando se destruye», y lo hacía mucho antes de otear el 2020. Mientras tanto, aquí nadie dice nada por si acaso. Será porque tenemos que pensar en darle cuerda a la rueda del consumo sin cuidado, colmar a la familia con regalos sin presencia, olvidarnos un año más de que sin aire no hay vacuna. Supongo que esas son preocupaciones de vates y jipis. Sí, el mundo está bien hecho, querido Jorge, y nosotros vivimos atrapados fuera de él. Un año menos.

Ilustración: https://www.lilypadula.com/