¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

El coño, ese gran misterio

Ayer, por esas cosas que tiene la familia, descubrí algo que hasta entonces había permanecido oculto tras un padrenuestro, cientos de tabúes y una maraña de pelo patriarcal. Resulta que un gran porcentaje de mujeres cis, heterosexuales y de cualquier edad nunca han visto otro coño (de cerca) que no sea el suyo. De hecho, mantienen en su imaginario personal e intransferible una idea de vulva asociada al sentido de la vista y el tacto de sus propios genitales y que comprende el monte de Venus, los labios mayores y menores, el clítoris, la uretra, el vestíbulo, la entrada vaginal y el perineo; vamos, todo un universo concentrado en otro universo de pétalos, alma y emoción.

Así nos encontramos con tantas formas y tamaños como mujeres pueblan la Tierra. Algunos desafiantes como alas de mariposa, otros integrados en un surco de piel y flor, de tiralíneas, tímidos, cordillera a vista de pájaro, capotes al viento, gajo de limón, media luna y media entera, pero todos desafían lo que se considera normal y bonito porque todos ellos son perfectos a su manera. ¡Qué menos que observarlos o devorarlos sin pestañear, aplicando la cadencia justa de la palabra unida al sexo!

Es por esa razón que este descubrimiento abre vías de diálogo y pone sobre la mesa una cuestión tan absurda como los cánones de belleza, construcciones desapegadas de la realidad más visceral, la única que puede hacernos sentir bien o profundamente desvalidos. Es el momento de poner la concha en el lugar que se merece, habida cuenta de la inutilidad de su homólogo fálico y la deriva de la humanidad. Simplificado el corazón nos queda el coño. Siempre.

Ilustración: Georgia O’Keefe, “Pink Tulip”.

Coca-Cola contamina más que Vox

Escribió Jorge Guillén: «Todo lo inventa el rayo de la aurora». Los versos no continúan, pero podrían hacerlo, de la siguiente manera: «Ya se encargará el hombre de extinguirlo». Así hemos pasado el año, oxidando los meses, incapaces de ver luz al final del túnel, precisamente un tren de lejanías dirigiéndose hacia nosotros a la velocidad de una luciérnaga. Y claro, llegan las estadísticas del año. Las de Spotify y el Ministerio de Sanidad primero. En los hilos de Twitter, y haciendo el ruido de un pájaro chocando contra un cristal, planean los niveles atmosféricos de dióxido de carbono, superiores al máximo alcanzado en 2019, sin pandemia y con expectativas de futuro. Le siguen varios récords infames: el incremento de 1 (en)coma 2 grados de la temperatura global y Coca-Cola convertida en la estrella que más contamina con sus plásticos. Así funciona la mecánica celeste en un lugar llamado la Tierra.

Muy cerquita, a apenas unas miles de toneladas de basura, le siguen —y cito por orden necrológico— Pepsico, Nestlé, Unilever y Mondelēz International Inc., todas ellas empresas dedicadas al mal comer y el peor beber además de a la higiene corporal que no corpórea. Por supuesto, mencionar de lejos los incendios que han arrasado más de un millón y medio de hectáreas en California, Australia y un pulmón canceroso —por lo de que querer extirparlo— llamado Amazonas. Y claro, China vuelve a superar a los Estados Unidos en su lucha por ser menos sostenibles, lo que significa que, durante los meses de encierro, lo único que hicimos fue limpiar más la casa y ensuciar un poco más el más afuera.

Añadía Neruda aquellos versos, los de «el río que pasando se destruye», y lo hacía mucho antes de otear el 2020. Mientras tanto, aquí nadie dice nada por si acaso. Será porque tenemos que pensar en darle cuerda a la rueda del consumo sin cuidado, colmar a la familia con regalos sin presencia, olvidarnos un año más de que sin aire no hay vacuna. Supongo que esas son preocupaciones de vates y jipis. Sí, el mundo está bien hecho, querido Jorge, y nosotros vivimos atrapados fuera de él. Un año menos.

Ilustración: https://www.lilypadula.com/