Cosas que me indignan

A veces hay que decirlo en alto o escribirlo (que es lo mismo), compartir la bilis y el veneno, verbalizar lo que nos sobra. Hay muchas cosas, quizás demasiadas, pero también hay muchas cosas que nos gustan, quizás escasean más. Así que, montado sobre un burro y envuelto en una nube de ceniza, ¡cenizo!, enumero las cosas que me indignan. En primer lugar: las maletas, en particular las MALETAS grandes tiradas por personas agotadas y sobrepasadas por el peso, incapaces de pensar en que es mejor viajar ligero y, si te lías, comprar por Internet y que te lo lleven a casa. Gente con maletas, ¡os deseo una vida sin obstáculos mientras bloqueáis el acceso al metro de Madrid y Tokio! Sigo.

En segundo lugar: los tápers que se utilizan en los parques (los otros no). Es abrirlos y el aire se llena de olores, el suelo congrega a las palomas, se produce una fiesta de jugos gástricos y mala hostia. En tercer lugar: la ropa de montaña, marca Quechua, de tonos marrones o silvestres, impermeable, muy fea, ideal para ser enterrado bajo el musgo. He visto a gente en Santillana del Mar vestida de esa guisa. Debería estar prohibida, también la ropa de ciclista, la ropa de maratoniano por ser la moda, la ropa que expresa claramente el extravío del que la lleva con orgullo y suda y está cómodo.

En cuarto lugar: los conductores que pitan en un atasco. Lo hacen pensado en promover la fluidez del tráfico, como el que espera nada e insiste jodiéndole la vida al aire. En la misma categoría y sin distar mucho, la gente que pide sandwiches de ricotta, ri, co, tta. Dios, voy a por el quinto: bebedores de café en movimiento, están por todas partes y nunca se manchan o se queman los labios. En sexto lugar: el camarero que te pide lo que tú no quieres o lo que jamás habrías pedido y consumes por evitar líos. En séptimo: la música desprovista de ingenio, predecible, que te recuerda una y otra vez lo que ya eres. Ya estaría. ¿Me encuentro mejor? No. Pero está escrito y pesa un poco menos.

Ilustración: giselledekel.com

Volver, perder, vivir

Se acabaron los cuervos y el café de máquina expendedora, la casa de tres pisos levantada sobre un terremoto, las copas de los árboles dejando pasar hilos de sol hasta quemar mis ojos. He vuelto al lugar del que me fui, lleno de pájaros pequeños e invisibles, de luz entre las hojas de una monstera. Tenía que volver para asegurarme de haber dejado tras de mí un hueco alrededor de una mesa y un rastro de cama. Deshago la maleta, recupero ese hueco alrededor de la mesa, el lado de la cama, y dejo otro hueco y otra cama en otra parte. Volver da sentido a algo que no tiene sentido y es la vida.

Cuando estaba allí pensaba en los amigos de Segovia, en el olor a humo entre la ropa y los dedos, en las voces de la calle y las colillas en la acera. Ahora, aquí de nuevo, el mismo, otro, recuerdo a mis amigos japoneses, el olor a dulce de ese aire, el silencio de la gente roto por un tren hacia otra parte, el suelo limpio sin rastro de gente que lo limpie. No sé de dónde viene esta necesidad de ver un poco más de mundo y alimentar con palabras una boca que se cierra y vuelve a abrirse, igual que el hambre, peor porque se alimenta de nostalgia.

Escucho los sonidos de mi nueva ciudad, Madrid, un pueblo tan familiar como mi madre y regreso a Tokio, mon amour perdido, mi vieja vida y un poco mi tumba, el único lugar en el mundo donde se puede estar triste trescientos sesenta y cinco días al año y disfrutarlo. Hay algo en ese movimiento de atrás hacia delante y de un espacio a un recuerdo que nos desposee de todo, que nos hace sentirnos ligeros y abrumados, que nos hace ser conscientes de no tener ni puta idea. Volver implica dejar, dejar nos empuja hacia delante y delante ofrece muerte y flores. Allá voy.

Ilustración: Hiroshi Nagai

De la música

Ayer toqué con Mister Marshall en la sala El Sol. Fue un miércoles a la hora de la cena, uno de esos días en los que hay tantos saraos que Madrid parece una cola en cualquier parte. Tocamos, sin bises, rodeados de amigos y algún extraño que miraba al escenario entre asombrado y aburrido. Quizás las dos. Un concierto corto con un mes de promoción y malas decisiones, semanas molestando por mensaje,¡venid!, ensayos en un local caro, cargas y descargas, agujetas, cables, amistad, malos olores y cero beneficio económico. Pues bien, tocar música es, salvo raras excepciones, una continua pérdida y, probablemente, el acto compartido más bonito del mundo.

Y es que casi todo lo que importa en un concierto no se ve. Los técnicos; las horas con el instrumento; la frustración por aspirar a más cuando, en realidad, tocar con gente a la que quieres es sinónimo de éxito. La industria pone en valor al público (que paga), sin embargo, la música es una experiencia que va de dentro a fuera, nunca al revés, que está por encima de las redes y el ruido, que solo debe de tener en cuenta al que quiere descubrirla por sí solo. Resulta imposible imaginarse a nuestros ancestros sin cantar en torno a un fuego, sin convertir la pena en una fiesta o un baile. Luego, el silencio. Y ahí empiezan las canciones.

Recuerdo ser un niño con guitarra, nunca un niño solo. A partir de los doce años fue lo único que hice. Tocar para mí y para padre, tocar para la gente que venía a vernos en Segovia, luego Londres, después la rue de Maraîchers, Tokio en un piano. Nada cambíó. Poco público, muchas canciones, más años. Tenía que ser así. Porque la música da mucho más de lo que le puedes ofrecer, nunca defrauda, trata bien a los sordos y no penaliza la falta de talento. Por eso sigo tocando música con mi grupo y dando conciertos, para descubrir un mundo cada vez más lejano y recordarme que estará ahí, que pase lo que pase, la música estará siempre.

Ilustración: Guy Billout

Sayonara, Ryūichi

Es cierto. La vida es corta. En cambio, el arte es largo, sobrevive a las lápidas y el paso de las nubes. ¿Cómo es posible si no que podamos escuchar a Ryūichi Sakamoto mientras lo entierran? Qué mejor forma de decir adiós a un amigo al que conocimos por esas melodías llenas de formas y colores. Sí, soñamos su sueño y todavía lo soñamos. Al despertar solo hay silencio. Bajo tierra, sus mechones blancos. Ahora está muerto y podemos verle sonriendo tras sus gafas, sentado al piano, Tokio al fondo. Tal es el milagro de la música.

Ryūichi decía que «el mundo está lleno de sonidos, pero simplemente no los escuchamos como música». A él su padre nunca le miró a los ojos hasta ser adolescente. Si quería decirle algo a su hijo, se lo contaba a su madre. Quizás eso le empujó a hacer música, para evitar el mal trago de escoger palabras, para alejar la angustia de la razón e invocar ese sentir entre las notas. Ayer, al enterarme de su muerte, apagué todas las luces de casa y puse la banda sonora de «Merry Christmas MrLawrence» muy fuerte. Hay vida al otro lado de la música. Siempre.

Es raro asistir a la desaparición de todo lo que conocimos. Ya no están ni Shorter ni Hawkins, adiós a Lannegan y Newton-John. Todo pasa como si no pasara nada. Ellos se van y dejan un rastro de canciones en nosotros, paisajes, vida útil y el recuerdo de unos años que no existen. Nunca es tarde para descubrir esa música tan oriental parida en Nueva York, formas tan humanas de contar historias sin usar la boca. La emoción no sigue un orden fijo. Simplemente vuela, cambia de postura, regresa al cuerpo cuando otro corazón se para. Y nunca podrán quitárnosla, aunque haya un músico menos en el mundo. Sayonara, Ryūichi. Te debemos mucho porque nunca nos pediste nada.

Ilustración: Andy Warhol

Un divorcio

La vi alejarse por la Castellana, sola, con su abrigo rojo y ocupando el centro de la acera. Parecía triste, o eso me dije. A veces, la pena es una forma rara de optimismo. Ella entre bocinas (había manifestación), yo con el libro de familia dentro de un sobre. El divorcio estaba hecho, una salida firmada en cada página y bajo una luz de bar de tanatorio. Esta vez no hubo nada que repartir, ni hijos, ni casa, tampoco fotos porque hay pocas y aún decoran las paredes. Siete años y una noche en Tokio. Entre medias, la vida compartida, ya nada.

Todo sucedió muy rápido, también el final. Yo la miraba al otro lado de la mesa del notario, a ella, la misma que se alejaba por la acera al rato. Llegamos juntos en un taxi. Bajamos por la misma puerta en busca del número 171, hablando sin levantar la voz, con casi todo por decir en gestos romos. Si poco o nada se cuenta duele más, porque no existe un lugar hacia el que dirigir la rabia, excepto uno mismo. Quizás fue por eso que nos hicimos daño, por no decirlo y solamente pensarlo. Poco importa.

El libro de familia viene a nombre de los dos, en cursiva y a boli Bic, espejismo. Esos nombres están ahora disueltos, un trámite que, por lo que dicen, permite ser feliz por separado. Lo fuimos muchas veces, nosotros, muchas noches bajo la ventana con vistas a la luna. Queda claro y por escrito que nadie tiene la culpa, ni de la felicidad primero ni de la separación después. Todo eso me vino a la cabeza. Cuando me giré para mirarla una vez más, ella había desaparecido. Entonces supe que ya lo había hecho hace tiempo.

Ilustración: Guy Billout

Una separación

Cuando murió mi padre pude entender el significado de la pérdida, realidad que lo consume todo. Su lado de la cama quedó intacto. Había fotos de él en nuestra casa, también la estela de una guitarra en el sofá y sus ojos verdes amarilleándose bajo el sol. Aquel silencio invadió las noches, las mías, también algunos sueños, fue extendiéndose como el cáncer que acabó con él. Asistí al entierro como los pájaros del tendido eléctrico, fui testigo del calor de los amigos y alguien de la funeraria me preguntó si quería despedirme. Apenas pude mantener la mirada. En el féretro había un rostro frío lleno de todo lo vivido, de todo lo que no pudo vivir. Pensé que no podía haber algo más triste. Estaba equivocado. Con la separación se reproducen los síntomas, misma ausencia. La diferencia se encuentra en el asombro.

Aceptarlo consuela más bien poco. Ella se ha ido, pero sigue respirando en otra parte. Y está bien, precisamente porque ya no está conmigo. Puedo intentar acabar con aquel rastro. Pelo, zapatos debajo de la cama, un trozo de jengibre que guardo en la nevera como si de un relicario se tratara. ¿Qué hay de los lugares que eran nuestros? El restaurante de la plaza del Descubridor Diego de Ordás, la acera de la izquierda, la mirada de sorpresa de los que te preguntan cómo está. «Pues mejor», respondo delante del espejo. Óscar, el peluquero, me está mirando como yo miraba a padre el día de su entierro.

Lo sé, todo lo que necesito es tiempo. De padre me acuerdo cada día y ella volverá como la lluvia. Será fugaz, luego mi mente pasará a otra cosa, aunque nunca deje de asombrarme: mismo dolor con resultados tan distintos… Donde hubo costumbre ahora hay anhelo, donde hubo amor una forma extraña de estar lejos. Mientras tanto, ando despidiéndome de Tokio, de sus calles llenas de gente sola y el gemido de los trenes. Ella se lo llevó todo en una maleta azul. Resulta que yo también estaba dentro.

Ilustración: Guy Billout

El sonido de Tokio

Suena así, lejos de guías, sake y samuráis. Cerrad los ojos, oled. Y es que Tokio es la ciudad del aire entre las copas de los árboles y el cemento, todo viento racheado y apuntando alto, cerca de las luces bajo el vientre de un avión que pasa, y pasa otro. Será que el halógeno y los LED traen sonidos en el pelo. Y un cuervo grazna a modo de advertencia. Porque en Japón puede comprobarse que el estruendo, sonido articulado sin ritmo y armonía, falta a su definición. De ahí que todas las ciudades se parezcan, excepto una al Este de un jardín secreto, casi en Marte. Ella sigue siendo una urbe del medievo entre ondas a la modernidad. Tanto, tanto Tokio.

Y te despistas y un deportista vuela corriendo raro por el lado contrario al de la apuesta por el Sol. Tap, tap, plaf. Están el mar y los gemelos gordos. Entonces llegan las conversaciones de comida, muy altas las de ellas, más graves las de ellos que andan con los hombros por delante, por delante tañen. Nada comparable con el silencio del papel higiénico en cualquier baño. La propia palabra, TO-KIO, vibra, rebota en su eco para regresar más joven, quizás porque fue Kioto la primera de todas las capitales del mundo.

Una pausa. En cada paso de cebra cruza un mundo y el hilo musical recita un mi y un do. Luego freno. Mucho tiene que ver que las aceras no pertenezcan a las motos, sino a los humanos con música de koto, taiko y shamisen. A pesar de todo, Bad Bunny sale del cristal de los escaparates y, al volver a casa, rendido por la belleza de una ciudad-susurro, los trenes gimen como una niña o una porno, que es lo mismo. Nada que ver con mi casa de papel. Y uno arde en su ruido, el más fuerte de todos los silencio juntos. La furia queda fuera, entran los sentidos. Absolutamente nada, absolutamente todo ruido.

Ilustración: Guy Billout

Simone dice: «si no puedes más… para»

Así somos. Parece que tenga que retirarse Simone Biles de unos Juegos Olímpicos para que el resto de mortales priorice la salud mental, hasta hace poco ‘cosas de gente sensible’. Y es que en el gueto de la gimnasia, deporte demoledor para el cuerpo y la escala de daño, la desconexión entre cuerpo y mente —algo que sucede tras miles de piruetas— ha permanecido acurrucada. También el bloqueo, la ‘carcasa’ o la ansiedad de aquellas que aspiran a la perfección. Si a eso le añadimos una búsqueda constante y desesperada de historias de superación y modelos de conducta, el resultado es la mejor gimnasta de todos los tiempos echándose a un lado. El éxito viene siempre detrás de la vida. Repetimos; siempre.

Observando sus acrobacias en contra de la gravedad nos olvidamos de lo más importante. En los entrenamientos prima el error; por cada doble-triple clavado hay veinte fuera de pista; para noventa segundos de ejercicio se emplean niñez, adolescencia y restos de vida adulta, tiempo en el que, paradójicamente, sólo las más fuertes de cabeza aspiran a las medallas. Simone es culpable de una cosa: hacer fácil lo imposible, y eso tiene graves consecuencias para la ficción en la que parecemos habitar.

A pesar de las presiones, Simone dice: «si no puedes más… para, cuídate». El mensaje va a la contra de lo viejo conocido. ¿Dónde queda el espíritu de competición? ¿Y el récord y la historia? ¿Qué sucede con las esperanzas depositadas en ella? Sencillamente que esa mierda se acabó. A partir de ahora, los aspirantes al podio deberán tener en cuenta que el deportista de élite entra en la pista cuando se siente bien por dentro y por fuera, de lo contrario, saldrá en una camilla. Y de pronto, el mundo es un lugar menos extraño.

Ilustración: www.erickrasco.photoshelter.com

La verdad sobre Japón

Existen cientos de guías de viajes, webs, consejos enlatados sobre qué hacer y ver en Japón. Tokio y Osaka, Okinawa o Tokunoshima, katsudon casero o minicreps de plátano y nata en el metro… Al final, el viaje se hace demasiado corto como para saborear a duras penas la eterna lucha entre la oscuridad más garajera del samurái beodo y el respeto más absoluto por el otro, por lo otro, por lo de más acá. Porque esta es la verdad, no un consejo de bloguera: el país del neón naciente es todo lo que aspiramos a ser y salió mal.

Aquí los turnos de trabajo van desde las 9 a las 25 horas y el currito cumple con su cometido diligentemente, de manera robótica y magnética, como si el hecho de saber que en los baños hay siempre papel y jabón diera cierta tranquilidad al local y al extranjero. Uno cabezón, el otro bailarín con ojos de conejo al que le dan las largas. Y es que el visitante primerizo no sabe que en Japón la vida sucede a pie de calle y, sin embargo, el premio espera en la décima planta. Cuando no toca solamente hay que hacer tiempo hasta las 11, prórroga etílica en la que ellas florecen, gimen como ratoncitos ciegos y ellos hablan tan alto como un siciliano viendo el fútbol. Por cierto, si eres negro o hirsuto te hincharás a follar en las saunas.

No es tan caro —a excepción del tren bala y el champagne de Ginza—; la acera huele a caldo, rosas pisadas con pies del 36 y soledad; mueren por atropello —con el móvil en la mano—; la presión social es tan axfisiante que pixela el alma y los genitales; no saben decir que no y cuando por fin les sale convierten su cabeza en bola de demolición; la comida arde y los gatos son personas; el cielo es de peluquería, el sol un vidrio color manzana Fuji y pisar los charcos en kimono una obra de arte. Ahora bien: ¿por qué los japoneses que se van nunca regresan? A esa verdad debemos aferrarnos, ahí radica el secreto del mundo flotante.