¿Dónde estabas tú el 11M?

Fue hace 20 años. Yo estaba en un coche con mi banda camino de un concurso. Pensábamos en las canciones y el segundo premio. Antes de llegar, alguien de la organización nos llamó al móvil. Entonces todo se detuvo. También el vehículo. Desde la carretera se divisaban las torres KIO. Los cinco sentimos el aire procedente de Madrid, la desgracia retransmitída por la radio. Cuando la muerte llega de esa forma, la vida deja de tener sentido y, si lo tiene, no es el mismo. Regresamos a Segovia en silencio. Aquel día hubo gente que perdió a familiares y amigos, una pierna, la vida. Desde entonces, los 11 de marzo traen frío.

Antes del 11M todos creíamos estar a salvo. Los fundamentalistas mataban en el nombre de Dios, también los americanos y la gente que aspira a dominar el mundo. Aquí teníamos nuestra propia lucha, algo doméstico, cosas de autodeterminación y nucas. Poner bombas en trenes ampliaba el círculo y España se convertía en un objetivo lejos de Nueva York o Londres. «Así que la globalización era esto», pensamos. Mientras las vías del tren parecían cementerios, en los despachos había más interés por ganar las elecciones. ¿Cómo le explicas a una madre que su hijo estaba en aquel tren? El infierno y el asco son los otros. Y los políticos.

Pocos recordarán dónde estaban el 11 de marzo del año pasado. Sin embargo, puedes preguntarle a cualquiera por el 11 de marzo de 2004. Sucede con algunas fechas. Está el día de tu nacimiento, la noche que te despides de tus padres, el 11M y alguna más. Puede que lo que nos defina sean esos momentos de tristeza y la posibilidad de transformar las heridas en una cicatriz o un nuevo camino. Todos los que en 2024 recordamos aquel 11 de marzo pudimos estar en alguno de esos trenes. Y no se me ocurre nada mejor que estar agradecido.

Ilustración: Camille Deschiens

La era de la incoherencia

«Relación lógica entre dos cosas o entre las partes o elementos de algo de modo que no se produce contradicción ni oposición entre ellas». Esta es la definición de una palabra que ya no es que estuviera en peligro de extinción, sino que gracias al empeño de dirigentes, cantontos y una gran parte de la población, se ha convertido por derecho propio en una forma de hacer política, un modo de vida pedestre, la única manera de digerir que todo lo que nos rodea dejó de avanzar en el sentido de las agujas del reloj este 2020 cabrón. Y la coherencia se transformó en el sueño húmedo de los que ambicionaban el futuro.

De esta forma un tanto extraña, somos testigos de cómo primero se piensa en el deporte y, a apenas una semana del inicio del curso escolar, padres, profesores y alumnos ignoran el protocolo de actuación en lo relativo a las clases presenciales. Y lo mismo con los linchamientos de toros y la música cancelada al aire libre; y trenes, puticlubs y aviones sí, pero bares no; y lo de aumentar las plantillas sanitarias ya para la tercera ola; y un juez considera un derecho fundamental fumar en la calle, pero olvida garantizar el suministro de gas y la electricidad en invierno. Vamos, un sindiós con trino.

Así, y además cada día, nos amanece por el lado contrario, aunque termine clareando, y el misterio no es saber que todos estamos hasta los cojones del puto virus y de ese vecino al que nunca vemos porque tiene un casoplón en el campo. Más bien se trata de mantener un pequeño trozo de cordura en este corazón con forma de calabaza. ¡Quién quiere coherencia cuando el absurdo está al volante y departe cada día con el humorista Miguel Bosé! ¡Viva Franco!

Imagen: James Turrell