El tiempo será lo que queramos que sea

El verano se acaba el 21 de junio, justo en el momento en que es declarado oficialmente. Ese día comienza la cuenta atrás o la huida hacia delante, la irrefrenable necesidad de viajar como los otros, de pagar un amor adolescente, de dormir porque de adultos casi todo es trabajo y hacer ruido. Lunes. 1 de septiembre. Ya comienza a refrescar por las mañanas, la gente ha vuelto a una ciudad que odia y algunos celebran el inicio de un año de cuatro meses. Quizás la verdadera normalidad era esto, empezar y acabar cuando nos de la gana, hacer como que el tiempo solo sirve para ordenar lo que ocurre o nunca llegó a suceder.

Las convenciones han matado el tiempo, reducen el verano a unas fotos con un filtro retro. Porque la vida, eso que arde y duele, prescinde de artificios. Basta una enfermedad o un despiste para que las horas se disuelvan y el verano dure para siempre y un segundo se expanda por el universo. Nuestro nacimiento, la muerte de padre, aquella tarde en la que te dijo que te quería son, en realidad, acontecimientos al margen del tiempo y su mentira. Las marcas del bañador. Las grietas en el techo. Las cuatrocientas estaciones.

Así, de despedida en despedida, vamos discurriendo, con la sensación de haber sido estafados, contentos por tener a los mejores amigos del mundo. Como occidentales, el frío y la falta de luz marcan nuestro calendario. Por esa razón, el verano pasa tan deprisa, también la adolescencia, la vejez y el olvido. Para compensarlo, nos contamos historias, mentimos, miramos hacia atrás para tomar un impulso dislocado, nos inventamos formas de evitar el vértigo. Otoño, agosto, invierno… da igual, estamos vivos.

Ilustración: Gerhard Gluck

Por un mundo de conciertos sin móviles

Si quieres ser revolucionario deja el móvil. Equivale a votar a Vox, pero sin consecuencias nocivas para la salud. Y es que Bob Dylan —un señor de 82 años con bigote— canta para recordarnos que un concierto es un rato a solas con música y gente, el único espacio donde lo que ves y escuchas se perderá en la memoria y que, por esa razón, nunca debería ser grabado. Sucede en ti, en tus amigos borrachos, en una audiencia capaz de regresar a un tiempo quemado que vuelve a brillar para ser música. Muy a favor de todos los móviles dentro de una bolsa de plástico durante los conciertos. Es más, obligatorio a partir de siempre.

Porque el móvil nunca mejora la realidad. Puede llenarla de información, de vídeos y poco conocimiento, puede conectarte con otros y relegarte a las últimas filas de la vida, pero jamás servirá para vibrar, aunque te vibre en el bolsillo. Haz la prueba (por llevarte la contraria): toma las bayonetas y vive al margen de la pantalla un rato. El tiempo pasa pasando entre las notas, te cuenta una historia que podría ser la tuya sin serlo. Por esa razón te pertenece. ¿Quién quiere escucharla además de ti? ¿Quién quiere un vídeo de un viejo o un tío en chandal? La música nunca se dirige a nadie en particular. De ahí que le hable a todo el universo.

La revolución comienza con un pensamiento. Luego se pierde o lo olvidamos en Videos. Es más, la revolución fue un móvil incrustado en las horas, los minutos y los conciertos. Imagino a Dylan cantando mientras lo graban. Se preguntará para qué vinieron si no están o están de pie con un móvil entre la mirada y las canciones. Sucedió así. Hace siglos íbamos a los conciertos a escuchar. Luego fuimos a escuchar lo que otros no podían permitirse. Ahora vamos para estar en dos lugares a la vez, queremos el presente y el pasado. Y perdemos todo. A tomar por culo el móvil, Roberto.

Ilustración: Simon Bailly

Satélites en lugar de estrellas

Descubro en la última película de Steven Soderbergh que en 2019 fueron lanzados al espacio sesenta satélites, los primeros de una futura megaconstelación para suministrar Internet a todo un planeta al fondo de la imagen. El genio tras la idea, ese hombre bicentenario con la cara de un ciclista en un túnel de viento, rompía así una relación suspendida en el tiempo desde la noche en la que el hombre decidió mirar las estrellas para encontrar su brújula terrestre. La herencia del firmamento y sus figuras mitológicas se convertía, apretando un puto botón de poliuretano, en la mayor demostración de que nada está a salvo de nuestra garra suave, ni siquiera aquello que brilla a millones de años luz. De tanto concentrarnos en las cosas del más acá dejamos de mirar el cielo tal y como fue inventado. Bueno, dejamos no, nos lo birlaron ante nuestros ojos de gata.

Superado el trauma —no es fácil asumir que Homero, Cleopatra o Rutger Hauer fueron unos privilegiados por soñar despiertos bajo la luna luna— y leer por encima artículos sobre avistamientos de estos satélites, llegué a la conclusión de que así ha sido siempre, que las cosas ca-cacambian y los nacidos en 2020 —hace falta valor para ello— sólo habrán conocido una mecánica celeste en la que se mezcla Aldebarán con emisores de alta frecuencia, deshechos en órbita con el cinturón de Orión y claro, nuestros recuerdos serán, precisamente, esos cuentos para dormir, lágrimas en el telescopio del tiempo.

Quizás el romanticismo no se encuentre en preservar la realidad en formol, sino en la certeza de que otros vendrán para admirar con chandal un paisaje distinto, distorsionado por el progreso, pero todavía virgen en lo que a posibilidades se refiere, más que ayer, aún menos que mañana. Al fin y al cabo hay millones de galaxias esperando a ser descubiertas, el bonsái de Azuma Makoto sigue flotando en el espacio, y contemplar el universo sigue siendo, junto a la música y el amor, lo único que nos aferra a la vida en la Tierra.

Ilustración: Hiroshi Nagai