Sólo nos preocupa el fin de las vacaciones

A estas alturas todos lo habremos sufrido de manera directa o de perfil: las vacaciones se han acabado. No contentos con asumir el drama, parece que estemos abocados a compartirlo, como si eso supusiera un consuelo. Y así pensamos en lo poco que nos apetece volver a una vida elegida, al menos en parte, pero que se aleja considerablemente de la idea original. Porque así funcionan las cosas del afán. Empeñados en alejarnos del presente, ahora el futuro se cubre de nubes y resurge el mar del mes pasado, ese tiempo muerto entre dos siestas de arena. Lo hace como una maldición, con cada paso de zapato en la calle, en un metro refrigerado mal aposta, en la oficina con compañeros que pierden el moreno al segundo café. ¿Cómo va a importarnos que el precio de la electricidad alcance cada día un máximo histórico? Que nos dejen con nuestras mierdas.

La razón para este trauma poco a nada tiene que ver con las responsabilidades del mundo viejo. De hecho, somos capaces de lidiar con ellas todo el año y durante décadas a base de ojeras y ardor de estómago. Sólo el asueto posee la rara capacidad de retrotraernos a la infancia muerta y enterrada, el único atisbo de vida libre. Ahí están papá y mamá cogidos de la mano, tu hermana con la cara cubierta de Frigopie y las tardes en las que mirar el atardecer frente al océano se parecía extrañamente al dedo de tu hermano señalando el cristal del acuario.

A los seres humanos nos interesa volver cuando queremos, nunca por imposición, y eso sucede de manera escalonada, inevitable. Y claro, uno se pregunta si nos sentimos mal porque se acabó el descanso o si se acabó el descanso porque nos sentimos mal. Curiosamente, el precio a pagar por el regreso es el mismo, tanto si lo gozaste al máximo como en el caso de desprenderte de racimos de lágrimas frente al agua salada. Resulta que la mayor parte del tiempo queremos estar en otro lugar; el fin de las vacaciones viene a confirmarlo.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris Bliss

El miedo al avión

Entre tanta fotografía de playa con atardecer, furgoneta ‘camperizada’ carísima y la constante sensación de que aquí de que lo que se trata es de desvelar el verano —de lo contrario no existe—, a nadie se le ha pasado por la cabeza hablar del desplazamiento. Puede ser con gente rara y en coche, autobús de línea o Vespa…, da igual. Nada comparable al viaje en avión de hélices, de esos con dos filas de asientos-roca y azafatas que flotan por encima de un pasaje de clase media. Porque en ese punto comprendido entre las nubes de tormenta y la tierra vista desde muy arriba tiene lugar el peor de los terrores, uno invisible, inodoro y con el poder de sacudirnos como si fuéramos un origami del chino. Sí, amigos, las putas turbulencias.

Y da igual que se trate del medio de transporte más seguro (Javier, piénsalo: cada día mueren cientos de abuelas atropelladas por un patinete), que el capitán agradezca nuestra confianza en inglés de Parla (¡Dios mío, ¡cómo se mueve esto!) o que la estabilidad positiva permita a los aviones regresar por sí solos a su posición inicial después de un meneo (eso tiene que ser mentira, seguro; igual que el coronavirus). ¿Quién es el gilipollas que incluye viajar entre sus grandes pasiones? Yo me tiro en el despegue.

Cierto; se trata de un miedo irracional. Sin embargo, poco tiene que ver con la oscuridad, las arañas o un pitbull sin bozal amarrado a un quinqui, canguelos inscritos en nuestro ADN desde tiempos en los que volar era una actividad exclusiva del pteranodon y algún pájaro carnívoro. Dicen que puede superarse con sesiones y Orfidal con rioja. No me lo creo. Sobre todo cuando los pilotos también lo sienten en cabina. La clave, al parecer, consiste en guardárselo muy dentro y pensar en qué haría Buddy Holly en estos casos. Al menos él ya lo superó hace tiempo.

Ilustración: http://www.bannaitaku.jp

Los cajeros no son para el verano

El futuro era esto. Llega agosto y hay que sacar dinero para comprar yogures griegos y porros. Si eres de los que todavía resisten en la ciudad, lo tienes más o menos fácil… en el caso de necesitar cantidades tipo Bizum. De lo contrario, puedes intentarlo en una de las pocas sucursales abiertas que mantienen en plantilla a una becaria llamada Laura y a una jefa detrás de una mampara opaca. Se la intuye, pero su mente bucea en alguna playa de Mallorca. En cuanto a los residentes de los pueblos, la cosa adquiere tintes de drama. Hay ahorros en la cuenta, tiempo para gastar y, sin embargo, los billetes permanecen a buen recaudo en el ordenador del banco hasta septiembre, ¡inaccesibles ceros y unos! El futuro es, en el campo y la urbe, un timo.

Pocas fotos se ven de la gente mayor haciendo cola junto a los inmigrantes. En lugar de un letrero de Primark sobre el dintel de la entrada pone La Caixa, BBVA, Bankia y Banco Santander, nombres exóticos con dividendos históricos cuyo ritmo viene impuesto por la innovación. «Hecho el ordenador, echamos al trabajador», lo que implica también eliminar de los planes de dominio mundial a todos los que perdieron la oportunidad de nacer en el interior de un iPad: ancianos, parados sin conexión a Internet y trabajadores nocturnos. Ahí están, ajustándose al horario de caja de 08:30 a 11:00. Más tarde, sólo una respuesta entre el hartazgo y la impotencia: «vuelva usted mañana o utilice el cajero, señora».

Antes, en tiempos del paraíso perdido, los bancos parecían encantados de joderte. Sus trabajadores te miraban con ojos de piscina, te prestaban dinero en caso de poder demostrar que no lo necesitabas e incluso se levantaban para despedirte con la mano formando un número de cinco cifras. Ahora que hace calor y una parte de la población amanece permanentemente asfixiada prescinden de representación humana. No podemos vivir sin bancos; tratar con ellos se parece mucho a malvivir lejos del mar.

Ilustración: Uchida Masayasu

Sonríe, terminaron las vacaciones

Y de pronto, Madrid ya no es el sueño húmedo del verano. Su gente deja atrás el mar arrastrando consigo un ruido propio, el de los cafés a la carrera y la frecuencia circular de los trenes; las pieles, cuidadosamente bronceadas durante semanas, pierden su lustre, única coartada de un entretiempo que, año tras año, parece más corto, como si la velocidad de rotación de la tierra se incrementara con cada vuelta alrededor del sol.

Porque septiembre tiene el calor de aquello que se acaba, la forma de un examen y cientos de mails sin leer, con sus días más cortos y sus noches de luna eléctrica repletas de buques sin gente y playas en la memoria, quizás París en otoño y “New York avec toi“… y entre medias algunos ya piensan en el año que viene.

Pero no todo es nostalgia en el noveno mes, el séptimo para los romanos, el primero para los judíos. Los pantalones cortos y las chanclas se guardan en el último cajón; se marchan los ingleses y su lugar es ocupado por ramos de petunias, violetas y un par de gardenias en el ojal; las vírgenes suicidas se cruzan con los hábitos de las monjas, y los actores preparan las funciones de la próxima obra, de la siguiente gira, de una posible tormenta.

Suena la canción de Sinatra al ritmo de “September of my years”, el mismo de una muchedumbre ebria de pan y circo que celebra un gol en el Bernabéu, pero también en las barras de los bares, encrucijadas de estudiantes perpetuos y veganos, de youtubers y aficionados a los deportes de invierno.

Ahora montar en bici es más peligroso que nunca y la lluvia amenaza con llenar los pantanos, sedientos después de un verano que se apaga, precisamente porque queremos que arda con nosotros dentro. Sonríe; terminaron las vacaciones… pero estás vivo.